
Históricamente, una de las familias nobles más antigua de Francia es la de la Casa de Cominges. Ya entre los siglos X y XII gobernaban como príncipes en tres de los veintisiete grandes principados en los que se dividía Francia para esa época. Por sus raíces e importancia, sus orígenes se encuentran dentro de la casa ducal de Gascuña, emparentados con la casa ducal de Aquitania, con los duques de Normandía, y las casas condales de Astarac, Rouergue y Toulouse.
Jean Louis Saint-Lary era el último descendiente varón de esta dinastía, razón por la cual sus parientes estaban desesperados. Naturalmente y como cabía esperar, Jean Louis había recibido una esmerada educación, pero por algún motivo que nadie alcanzaba a comprender, el muchachito aquel parecía cualquier cosa menos lo que se suponía que era, es decir, el heredero y futura cabeza el imperio Saint-Lary.
Emil, el padre de la criatura, y su abuelo Bertrand, más el segundo que el primero, en realidad, lo habían intentado todo, e incluso habían considerado la terrible posibilidad de que el pequeño Jean Louis hubiese heredado la condición mental de uno de sus antepasados, mismo que había sido borrado de los archivos familiares y nadie hablaba del tristemente olvidado Pierre Saint-Lary, que había terminado sus días encerrado en la habitación de una de las propiedades más anodina de los Saint-Lary.
En cierta forma, ya Bertrand había pasado por una situación similar con Emil, pero al final su hijo se había, si no enderezado del todo, porque a sus más de cincuenta años, Emil aun iba por ahí vestido como un chico, con el cabello indecentemente largo, en opinión de Bertrand, y parecía que todo el tiempo olvidase peinarse, pero al menos había aprendido a repartir bien su tiempo entre el trabajo y sus muchas mujeres.
No obstante, y como Bertrand se negaba a aceptar que su nieto se negase a entrar por el aro, había buscado diversas alternativas para atraerse la atención del chico que parecía evitar en forma diligente cualquier clase de compromiso. Jean Louis había iniciado varias carreras universitarias y no parecía probable que fuera a concluir ninguna, y en la actualidad dedicaba sus días a viajar y a los autos veloces. Esto era algo que preocupaba mucho a los Saint-Lary, pues el niño ya había sufrido incontables accidentes a causa de esto. Sin embargo, nada de lo que habían hecho hasta la fecha había logrado hacer que Jean Louis se enseriase y francamente ya habían perdido casi toda esperanza.
En estas circunstancias, Bertrand comenzó a pensar en otras opciones y fue así como su nieta menor y hermana de Jean Louis, Genevive, se convirtió en su as bajo la manga. Con lo que no contaba Bertrand, era con que la dulce Genevive no resolvería de ningún modo sus problemas, y en realidad, si hubiese puesto un poco más de atención, habría notado lo equivocados que habían estado todos siempre con relación a los dos pequeños Saint-Lary.
Casi todo el mundo se refería a Jean Louis como el menor de su dinastía, pero, en realidad la menor era Genevive, aunque el resto de la humanidad pareciese ignorarlo debido a que Genevive había sido el accidente de Emil. Emil Saint-Lary era uno de esos hombres considerados intocables, pues pertenecía una familia poseedora de lo que es llamado nobleza inmemorial, de manera que hiciese lo que hiciese y aun suponiendo que esto fuese el crimen más horroroso de la historia, jamás sería juzgado por ello ni nadie, fuera de quien interesaba, se enteraría del hecho. Por lo anterior, cuando el príncipe heredero del imperio Saint-Lary se enredó de lo más inconvenientemente con la hija del presidente de un país de Europa oriental, a pesar de estar casado con una Vasiliev, Bertrand montó en cólera ordenándole finalizar de inmediato con aquello, y como en realidad Emil no tenía intenciones de ir mucho más allá puesto que ya había conseguido lo que quería, no le supuso ningún inconveniente obedecer a su padre. Sin embargo, cuando los Saint-Lary aun festejaban el nacimiento de Jean Louis, recibieron la noticia de que la indiscreción de Emil había puesto en camino a otro heredero, mismo que llegó con una diferencia de una semana con relación a Jean Louis.
Bertrand Saint-Lary era en todo punto y medida un autócrata acostumbrado a manejar las vidas de todos a su alrededor, tenía el suficiente poder para quitar de su camino o del de su retoño a cualquiera que lo incomodase, pero en aquel caso y tratándose de otro posible heredero, y siendo que lo más importante para aquel individuo, y otros como él, parecía ser asegurar la perpetuidad de su apellido, ordenó a Eugene Lamar, su hombre de confianza, hacerse cargo del asunto y así lo hizo.
Con lo que no contó Bertrand fue con que no se trataría de un niño, sino de una niña, pero aun así la bebé fue separada de su madre al nacer y puesta al cuidado de Olga, la esposa de Emil quien recibiría la orden de tratar a la niña como si fuese suya, mientras que el tren legal de los Saint-Lary le dejaba expresamente claro al señor presidente y abuelo materno de la criatura, que su carrera política se iría por la borda al igual que posiblemente su vida si en algún momento alguien se enteraba de aquello.
No obstante, y si bien los posibles problemas legales, o el conflicto internacional que habría podido causar aquello, fueron resueltos, los que no podrían resolver nunca fueron los de índole emocional, pues, aunque Olga no tenía más alternativa que obedecer a su suegro y a su propio progenitor, lo que no podría hacer sería ver a aquella niña como suya. Con las cosas así y si bien Genevive creció como correspondía a una Saint-Lary, y pensando que su hermano y ella eran gemelos, lo que nunca tuvo fue el cariño de la que creía su madre, pero sí su constante descalificación y descuido. Sin embargo, Jean Louis era otro asunto, pues él adoraba a su hermana y fue por ello que a raíz de escuchar a Olga llamarla error de la naturaleza, dejaría de hablarle a su madre para supremo horror de ésta que naturalmente amaba a su hijo, pero no hubo nada que pudiese decir o hacer para modificar la posición de Jean Louis que a la fecha llevaba más de diez años sin dirigirle la palabra.
Editado: 04.02.2026