Sombras en Suiza

Capítulo 1

Me tumbé exhausta sobre mi cama. De nuevo, sin éxito. ¿Tan difícil es encontrar trabajo en Palermo? Me presioné la cabeza con ayuda de mis manos. A este paso, siento que voy a quedarme sin cabeza. Solo soy una chica de 20 años que busca cumplir su sueño.

Por suerte, mamá siempre está para tranquilizarme.

—Emma —tocó la puerta de mi habitación—. Te he hecho tu postre favorito.

Nada mejor que un pastelillo de zarzamora para olvidarme del mal día que he tenido. Si no fuera por el bastardo de papá, ahora estaría estudiando una carrera universitaria.

Papá nos abandonó cuando apenas tenía 5 años. Él encontró otra familia, dejándonos sin nada. Mamá tuvo que ingeniárselas durante mi infancia. Ahora que ya he crecido, se nos hace más fácil todo. Casi.

—Será en una próxima —me dio un beso en la frente—. No desesperes.

—Mamá —llevé una pequeña porción de pastelillo a mi boca—. El dinero se está terminando, y no es como si papá viniera y nos diera algunos de sus millones para poder comprar hasta lo innecesario.

—Entiendo esa parte —tomó asiento—. Pero créeme que he intentado ahorrar lo más que puedo.

—Lo sé, mamá, pero no podemos hacer mucho con el poco dinero que nos queda.

Me levanté de la cama y me dirigí hacia mi mesita para tomar la laptop y seguir buscando algún trabajo. Quizá con algo de suerte, esta vez pueda encontrar uno.

Después de buscar por varias horas, por fin encontré uno. Olvidé que había empezado el día con el pie izquierdo; esperaba mucho de este día. Justo cuando iba a presionar el botón de “enviar currículum”, la laptop se puso en mi contra y decidió fallar. Le di unos cuantos golpes para que siguiera haciendo su trabajo, pero ya era demasiado tarde. Estaba a punto de poder conseguir un trabajo, pero el tiempo para enviar el currículum había terminado en el momento en que la laptop se congeló. ¡Vaya chatarra!

Aún más exhausta, decidí descansar un rato para tranquilizar mi mente. El ruido de unos niños hizo que despertara intentando recordar en dónde me encontraba. Me levanté y seguí ese ruido. Tal y como lo imaginaba, era mi tía Antho, junto a sus pequeños monstruos. Ella nos ha ayudado muchísimo desde lo que pasó con papá.

—Emma —dijo casi gritando.

Podía ver lo feliz que se encontraba. Me pareció extraño que mamá le siguiera la corriente. A ella no le gusta el ruido, pero esta vez parece no importarle en lo absoluto.

—¿A qué se debe tanta felicidad? —pregunté confundida.

—Resulta que a tu tío le dieron la oportunidad de ir a Suiza, pero como él no puede —me tomó de los brazos—, va a darte esa oportunidad a ti.

No podía creer lo que estaba escuchando. Justo en el país que siempre quise. Por fin, el mundo vio lo mal que me había ido el día de hoy y decidió consolarme de la mejor manera. La felicidad desapareció al momento de recordarme de mamá. ¿Qué pasará con ella? ¿Qué hará con el dinero? Por más que quisiera ir a cumplir mi sueño a Suiza, no podía dejarla en estas circunstancias.

—Gracias, tía Antho —demostré mi tristeza—, pero no dejaré así a mamá, en estas condiciones.

—No te preocupes por tu madre —me dedicó una sonrisa—. Tu madre se quedará conmigo.

—Tía, pero…

—Sin peros. Ahora —me tomó por los hombros y me guió hacia la puerta de mi habitación—, ve a empacar, que el vuelo sale en la noche.

No sabía qué hacer. Me senté a tratar de procesar lo que pasó recién. Por una parte, mi sueño siempre fue ir a Suiza, pero por otro lado, no quiero dejar a mamá. Tenía que tomar una decisión lo más rápido posible.

Empecé a empacar. Sabía que si me iba, encontraría un trabajo y podría enviarle dinero a mamá. Ese era otro de mis sueños: poder darle a mamá lo que quisiera. Después de terminar de empacar, salí a despedirme de mamá y mi tía. Fue muy difícil salir por aquella puerta no tan angosta y ver cómo mamá aguantaba las ganas de llorar.

—Ve y cumple tu sueño. Recuerda que aquí te estará esperando mamá con los brazos abiertos.

No quise girar a verla porque cambiaría de opinión y me quedaría sin importar qué. El viaje no fue tan largo, o fue lo que sentí porque me quedé dormida. Depende del lugar a donde vayas. En mi caso, voy a Zúrich.

Realmente es hermoso. No pude evitar las lágrimas. Desde pequeña, siempre ha sido mi sueño venir a Suiza. Tratando de encontrar la habitación en donde iba a quedarme, me di cuenta de que se podía venir en tren fácilmente. Mi tía me mandó un mensaje de texto explicándome el pequeño detalle. Debió haber esperado tres días para decírmelo. Lo digo sarcásticamente, por supuesto.

Estas calles son muy hermosas, pero hacen que me den miedo. Claro, para alguien que recién llega por primera vez, es de escalofríos. Pero eso no me detuvo para seguir buscando la ubicación de mi habitación. Eso me llevó a caminar por varias horas sin parar; bueno, solo lo hacía para poder descansar un poco.

Se hizo de noche y yo no pude encontrarla. Me senté en una banqueta a punto de darme por vencida. Pero justo de una tienda salió un hombre: de tez blanca, como de 1.85 de altura, cabello castaño claro, lacio y con una vestimenta que te hacía dudar si preguntarle o no. No es como si estuviera vestido de vagabundo; al contrario, se veía como un mafioso. No iba a dormir en la calle, así que le hablé decidida.

—¡Ey, tú! —dije levantándome.

No hubo respuesta a mis palabras. Ni siquiera giró a ver. Así que lo volví a intentar.

—Tú, el de saco largo y negro —lo señalé como si pudiera verme.

Demonios, ¿cómo puede ignorarme así? Es un grosero. Quizá tuvo un mal día, pero eso no le da el derecho a ignorar así a las personas que necesitan ayuda. Claro que no sabía que lo necesitaba, pero no le quita lo grosero.

Me quedé en el mismo lugar esperando ver a una persona que no sea grosera para poder preguntarle la ubicación. No pregunté antes porque estaba segura de poder encontrarla sola. Ahora vi que por eso terminé perdida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.