Otro día normal para ir a trabajar. Esta vez iba más temprano de lo normal. Cinco minutos temprano, lo considero bastante tiempo si no quiero ser regañada de nuevo. Como era de costumbre, limpié la cabaña para recibir bien a los clientes y que tengan una buena perspectiva de la panadería.
2:30pm y ninguno se asomaba por esa puerta que hacía tintinear la campana. Me apoyé sobre la vitrina encondiendo mi rostro entre mis brazos esperando a que alguien se dignara a venir. Pero no fue así hasta que dieron las 5:00pm. Levanté el rostro al escuchar la campana tintinear y la puerta cerrarse.
—Hola, bienve…
Me detuve de inmediato al darme cuenta que se trataba de mi vecino gruñón.
—Un burebrot y butschella por favor —dijo serio.
A este punto, dejó de molestarme lo serio que se podía comportar conmigo. Ni me molestaré en sacarle plática. Simplemente lo atenderé.
—Un burebrot y butschella en seguida.
—Gracias —respondió sin ninguna expresión.
Al darle la bolsa con el pan, la campana volvió a tintinear dejando ver aquel hombre de 1.83. Era Toms que entró con una sonrisa de oreja a oreja. A comparación de mi vecino, no tengo que rogarle para que hable conmigo.
—Ey, Emma —me saludó desde la puerta con su mano.
Imité lo que hizo dejando la bolsa de pan de mi vecino en el aire. Por un momento había olvidado que estaba en la panadería hasta que aclaró su garganta haciendome saber que él también estaba presente.
—¿Vas a darme mi pan? —preguntó serio.
—Ah, si —le di la bolsa—. Lo siento.
La tomó haciéndose ausente dejando su oloroso y delicioso aroma. De inmediato logró captar mi atención ignorando por un momento a Toms.
—¿Emma? —pasó varias veces su mano frente a mi rostro.
—Ah —dije volviendo a la tierra—. Lo siento.
Era como si su perfume fuera un tipo de encantamiento, un lazo invisible que me envolvía y me arrastraba sin remedio hacia él. Cada inspiración me sumergía más en aquella extraña sensación, mitad ternura, mitad peligro, como si en cualquier momento pudiera perderme para siempre en sus ojos.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado al ver que no reaccionaba del todo bien.
—Si —sacudí varias veces la cabeza—. Lo estoy —sonreí—. ¿Qué te trae por aquí?
—Vine por ti —sonrió.
Claro, la hora de salida es a las 5:00pm. Bueno, más bien es un cambio de turno porque la panadería estaba abierta 24/7. Mi jefa lo ha decidido el día de hoy al ver que compran más de noche, y vaya elección eh. Con lo mal que me ha ido el día de hoy a comparación de otros días. Al entregarle turno a la nueva chica y explicarle algunas cosillas, salimos dejando una campana tintineando detrás de nosotros.
—¿Cómo te ha ido?
—¿Quieres la verdad? —pregunté sin ánimo—. Del asco, mi único cliente fue mi vecino gruñón con el que apenas cruzamos palabras.
—Mmm, pero eso no tiene que afectar el resto del día —me tomó de la mano guiándome hacia algún lugar.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
Corrimos por varios minutos entre callejones hasta que… Oh Dios mío. ¿Qué es este lugar tan hermoso?
Un bosque frondoso de árboles de distintos tonos de verde, que enmarca el paisaje y le da profundidad. Al fondo se alzan imponentes montañas. El sol está justo en el horizonte, detrás de una de las montañas, tiñendo el cielo de tonos dorados, naranjas y suaves grises por las nubes que lo cubren parcialmente. Los rayos de luz se abren paso dramáticamente entre las nubes y la cima de la montaña, iluminando la escena de forma mágica.
Se extiende un campo lleno de flores blancas y amarillas, formando una alfombra viva y colorida. Estas flores aportan frescura y alegría a la escena. Era como si estuviera metida en uno de los paisajes de un cuento de hadas.
—¿Qué es este lugar tan hermoso?
—Desde este lugar, se puede apreciar mejor el cielo lleno de estrellas —sonrió.
—¿Vamos a quedarnos hasta que se haga de noche? —pregunté sorprendida.
—Por supuesto —dijo viendo hacia el cielo—. Que mejor que ver las estrellas con la persona que en tan poco tiempo le tomaste cariño y se volvió espercial para ti —giró a verme.
—¿Tú crees? —pregunté tratando de esconder mis mejillas ruborizadas.
Él sonrió sin decir nada devolviendo la vista hacia el cielo. Por más que traté de olvidar lo que Toms dijo, no podía porque provocó un eco en mi mente que estoy segura, me perseguirá en todo momento. Fue así como esperamos en silencio hasta que se hiciera de noche, no es como si hubieramos tenido que esperar varias horas para estar sin decir ni una sola palabra.
—Tenías razón —dije sin despegar la vista del cielo.
—¿Es hermoso no?
—Lo es —sonreí.
Contemplamos acostados sobre el césped por varios minutos el cielo estrellado que iluminaba todo el bosque haciéndolo ver mejor que un cuento de hadas. Cuando por fin logré tomar conciencia de la hora, me paré de un salto.
—¿Sucede algo? —preguntó sentandose.
—Ya es tarde —me sacudí la ropa—. Creo que es momento de salir de este hermoso lugar, aunque, es complicado salir de él.
—Descuida, podemos venir algún día que tengas libre —se levantó sacudiendose también.
Esta vez optamos por tomar el autobús para llegar más rápido. Al llegar, Toms se despidió porque tenía cosas que hacer. Me puse la pijama y salí a la azotea a pensar un poco sobre lo que había pasado este día. Tenía razón, las palabras que Toms me dijo mientras veíamos el cielo, me persiguen en todo momento. Es evidente que le llamo la atención para coquetearme de esa manera, pero yo, ¿qué es lo que siento? Recien lo conozco, pero el hecho de que se comporte así conmigo, deja de importarme que tanto tiempo lo conozco.
Estaba tan metida entre mis pensamientos que no me di cuenta que desde hace exactamente ocho minutos, mi vecino estaba junto a mi, viendo como no estaba en mis cinco sentidos.
—Dios, que susto —llevé una de mis manos hacia mi pecho—. ¿Desde hace cuánto estás aquí.