Estamos a días de las fiestas navideñas, el frío, aún más helado, nos lo hacía saber.
Quise olvidar lo que había pasado con Noah hace algunos días y seguir como si nada. No había visto a Karine por unos largos días debido a su trabajo, y ahora que por fin tiene descanso, se irá de viaje para desestresarse. Preparé algunos bocadillos para que se los pudiera llevar y poder degustar una de las delicias de Palermo.
Al salir de mi habitación me encontré a Noah sentado, viendo hacia la nada.
—Hola —me senté a su lado.
—Ah, hola —dijo sin ninguna expresión.
—Ya se acercan las fiestas navideñas —dije emocionada—. ¿Qué harás?
—No me gusta celebrar ese tipo de fiestas. No haré nada, la pasaré como cualquier noche —dijo seguro.
—Ya veo —dije en voz baja.
Supongo que Noah había notado lo frío que me había respondido, así que me hizo la misma pregunta para no hacerme sentir mal.
—¿Y tú? —preguntó esta vez con un tono más suave—. ¿Qué planeas hacer?
—Iré a visitar a mamá —dije feliz—. No la he visto por varios días y eso me pone triste.
—Ya veo —se notó lo desanimado que se encontraba.
No sabía cómo hacer que se animara, así que le seguí sacando conversación con cualquier cosa que viniera a mi cabeza.
—Esta es la primera vez que veré la nieve —sonreí.
—¿Qué? —abrió los ojos de lo sorprendido que se encontraba—. ¿De verdad no has visto la nieve?
—¿Te sorprende, no? En Palermo casi no nieva. Poderla ver ahora me hace muy feliz.
—Espero que la disfrutes —se levantó para entrar a su habitación.
Al ver que Noah había desaparecido, me dirigí a la casa de Karine para darle sus bocadillos; no quería que se fuera sin ellos. Al llegar, me encontré a una chica demasiado estresada, iba de un lado a otro.
—¿Te encuentras bien? —pregunté, dejando la pequeña canasta sobre su mesita de noche.
—No sé qué llevar ni por dónde empezar —dijo, tomándose de la cabeza.
—Tranquila, quizá sea por los nervios —tomé la canasta—. Nada mejor que cannoli siciliani para calmarte.
—¿Canno qué, sici qué? —Karine se notaba confundida.
—Son tubos crujientes fritos, rellenos de ricotta de oveja endulzada —sonreí—. ¡Ah! Con pistacho, chocolate, fruta confitada o chips de chocolate. En Palermo los rellenan al momento para que no se ablanden.
—Sabrá Dios lo que sea, pero voy a probarlo —dijo, tomando uno.
Veía cómo lo saboreaba y disfrutaba. De un momento a otro no dejaba de tomar de la canasta.
—Tranquila, deja algunos para el viaje —reí.
—Esto es realmente delicioso —apenas se le entendió porque tenía la boca llena.
Después de casi terminárselos, por fin tenía las maletas hechas. Se dedicó a observarme por algunos minutos.
—¿Qué sucede? —sonreí nerviosa.
—Es una lástima que no puedas ir —hizo pucheros.
—Ya sabes cómo es mi jefe —hice notar mi tristeza—. Será para una próxima; mientras tanto, disfruta todo lo que puedas.
Acompañé a Karine a la estación. Tan pronto como el tren llegó, ella entró. Regresé caminando, no quería tomar el autobús, solo quería despejarme un poco. Iba metida en mis pensamientos. Noah, que se encontraba cerca de mí, hizo que volviera a la tierra.
—Si vas de esa manera, van a pensar que eres una zombi —se encontraba sobre su motocicleta.
—¿Desde hace cuánto tiempo estás aquí? —tomé conciencia.
Aunque hubiera sol, no era suficiente para entrar en calor. Necesitaba algo más que eso, y como buena olvidadiza que soy, dejé mi chaqueta en la casa de Karine.
—Desde hace unos cinco minutos, quizá —se bajó.
—¿Por qué estás aquí? —mi cuerpo se sacudió por el frío.
—¿Quizá por cosas como estas? —alzó ambas cejas.
Noah se quitó la chaqueta y la dejó sobre la motocicleta para poder quitarse la sudadera también.
—Es normal en mí —intenté que me creyera.
—Lo raro es que no lo habías hecho estando conmigo, hasta ahora que estamos a -8 °C —me dio la sudadera—. No es de mucha ayuda, pero de algo servirá.
—Me queda gigante —le di un último vistazo.
—Peor es nada —se subió de nuevo—. Anda, sube.
—¿A dónde vamos? —estaba confundida.
—A donde el destino nos lleve —dijo sin más.
Noah es un tanto extraño: a veces se muestra dulce y atento, y otras parece distante, casi frío. Esa dualidad me desconcierta; aun así, hay algo en su mirada que me hace querer descubrir qué esconde detrás de su silencio.
—Confiaré en ti —me subí.
—No te arrepentirás.
Noah empezó a manejar sin rumbo, a donde el destino nos llevara, tal y como lo había dicho.
—¿Qué es esto? —dijo, frenando lentamente.
—¿Por qué me preguntas como si supiera en dónde nos encontramos? Es la primera vez que vengo a este lugar —fruncí los ojos.
—También puedo hablar solo, ¿sabes? —intentó no reírse.
—¿Te estás burlando de mí? —me crucé de brazos.
Mala decisión: el cruzarme de brazos hizo que me tambaleara sobre la moto y cayera al suelo. Noah se bajó de inmediato; claro, no lo pudo evitar, se echó a reír.
—Pero qué tonta —se puso a mi altura.
—Ayúdame, idiota, me lastimé el tobillo —me quejé.
—¿De nuevo vamos a jugar a la princesa y al príncipe?
Clavé mi mirada en la de Noah, haciéndole saber el disgusto que me dio escuchar eso.
—Solo bromeaba —me tomó entre sus brazos—. Por suerte hay una banca.
—Gracias.
—Disfruta del momento, usaré esto para evitar problemas —se puso sus auriculares.
¿De qué momento habla? Solo hay monte por todas partes, además de árboles. Me dediqué a observar el lugar muy detenidamente. Noah tenía los ojos cerrados; parece disfrutar mucho lo que sea que estuviera escuchando. Decidí averiguar por pura curiosidad.
—¿Qué escuchas? —le quité uno y me lo puse de inmediato.
El ritmo mezcla suavidad con explosiones súbitas. Su simplicidad hace que cada golpe tenga peso, reforzando el carácter vulnerable de la canción.