Finales de verano, 1896. Amadeo Andrews volvería a estudiar.
Amadeo era un muchacho de 16 años, viviendo con sus padres. En su campo, se encargaba de cuidar animales como los caballos, gallinas y vacas. Su padre cuidaba la huerta y su madre hacía los deberes del hogar.
Otto, el perro pila argentino, era gran compañero del chico. Casi siempre lo seguía. Con entrenamiento adecuado, había comenzado a pastorear las gallinas. Perfecto ante los avisos de que algo estaba ocurriendo. Tras toda esa disciplina, el animal fue muy querido por la familia a pesar de sus defectos.
Aquella noche del 12 de febrero, la familia cenaba con calma. Deo, a escondidas, le compartía pedazos de carne a Otto. Pero por más silencioso y discreto que fue, su papá lo descubrió.
—Deo, déjalo —Le dijo cuando lo descubrió.
Amadeo se volvió a recomponer rápidamente en la silla, con una pequeña risa. Su progenitor solo suspiró y volvió a agarrar el tenedor para seguir comiendo.
Su madre ya había acabado de comer. Entre ellos comenzaron a hablar sobre el trabajo de las ventas de verduras en el pueblo. Al muchacho, éstos temas no le llamaban la atención. Por lo que, sin decir nada, se levantó y se dirigió hacia afuera, seguido por su fiel compañero.
Otto movía su cola algo contento de los momentos que podía compartir con su dueño. Deo fue a sentarse en el pasto, para luego acostarse mirando la estrellas. El perro hizo lo mismo, pero sin saber lo que su mejor amigo pensaba.
—¡Qué linda noche, por Dios! —Exclamó suspirando.
Otto bostezó, apoyando su cabeza en el hombro de su dueño. El chico pelinegro siguió observando aquellos puntos luminosos de las distancias. Sonrió suavemente, con la mirada tan alegre que no se podía describir con palabras. Pensaba en lo que sería del mañana, su futuro. Cerró los ojos, fantaseando con aquello. ¿Se volvería abogado como quiere papá? ¿Será dueño de una tienda, según dice mamá entre murmullo y murmullo? No tenía idea, pero él necesitaba ser algo. Debía hacer quedar bien a su familia, convertirse en lo que piden.
Pero, ¿Y Otto? No, él nunca le había pedido tales cosas. Obviamente el perro no podía hablar, aunque en verdad sentía que lo hiciera con sus acciones. Otto lo quería así como era, no fue exigente con él y eso apreciaba. No le gustaba la presión, y el animal parecía dejar que se suelte, que sea Deo del campo. Dejaba de ser Amadeo, hijo de los Andrews.
El llamado de su mamá lo despertó de todos los pensamientos.
El perro quedó afuera, custodiando los alrededores. El muchacho, con cabito de vela, fue a su cuarto.
La habitación era espaciosa, paredes marrones y muebles de algarrobo pesados. Una ventana grande en la pared del frente, para que pudiera mirar si algo ocurría fuera. La mesita de luz al lado de la cama, hecho de quebracho, con un libro de tapa dura. Apoyó la vela en la mesita y se acostó en la cama con colchón de plumas. Tomó el libro entre sus manos y lo abrió en una de sus majestuosas hojas. Trataba de romanticismo, con escenas bastante bien redactadas. Amaba la escritura, quería escribir algo real para el mundo, pero ese sueño se veía frustrado. Sus padres no les agradaría la idea, y a la vez no sería el hijo perfecto que esperan. Aunque, guardado entre el armario, tenía varias hojas escritas. Improvisar era lo suyo, escondía de forma rápida sus historias.
Los párpados comenzaron a pesar del cansancio. Dejó el libro en la mesa de luz y apagó la vela. Se acostó en la cama e intentó dormir.
Los ladridos frenéticos de Otto lo despertaron de forma repentina. Se levantó de la cama, dirigiéndose hacia la ventana. No supo si fué producto del cansancio o era real, pero había visto a dos figuras correr; tenían garras y cabellos negros como los humanos pero no lo eran. Uno era de un rojo opaco, y el otro de un blanco brillante. Las caras no las vió pero no quiso dar tiempo a eso. Salió corriendo hacia afuera mientras sus padres comenzaban a reaccionar.
Por la dirección de ambas figuras, se dió cuenta de que iban al establo. Se apresuró hacia allí, sin perder el tiempo. Otto siguió ladrando como loco. Él no fue con Amadeo, no se decidió a eso. Se veía asustado, demasiado.
El chico llegó al establo y entró con rapidez. Vió que todo estaba supuestamente "normal". Jadeó, recuperando el aire. Miró hacia uno de los caballos, de ojos y cabellos negros de pelaje castaño con manchas blancas. Ese caballo había sido nombrado "Relincho", el cual también lo miró con una sonrisa macabra en su hocico. Deo lo observó, creyendo que era el cansancio que lo hacía ver cosas.
—Deo, ¿Los caballos están bien? ¿Qué ocurrió? —Preguntó su padre al llegar al establo.
—Están bien, solamente Otto se alteró.
Ambos dieron media vuelta. Amadeo pensó en lo que observó. Pensó en la fatiga, total ésas cosas no existen ni ocurren. Caminó con su padre hacia la casa, pero...
Risas horripilantes se escuchaban en el establo, como relinchos de caballo...
Editado: 02.07.2026