Por la mañana, Amadeo se fué a la cocina. Su madre se encontraba lavando platos, mientras que en la mesa estaba el desayuno preparado.
—Buenos días, ma —Dijo Deo sentándose en la mesa.
—Buenos días —Respondió ella sin quitar la vista lo que lavaba.
Eran unos panes caseros recortados en rodajas con un frasco de dulce de leche. Tenía servido un té en una de aquellas tazas de cerámica que solo se utilizaban para ellos. Las demás eran para las visitas. A cucharadas, metió el dulce de leche al pan.
Pronto, notó la falta de su padre en la mesa.
—¿Y papá? —Se dió vuelta en la silla, mirando a su madre.
—En el huerto, se salteó el desayuno. —La mujer se secó las manos.
El muchacho, al oír aquello, se levantó rápidamente de la silla. Salió disparado hasta afuera. Otto lo vió correr hacia la huerta y sin pensarlo lo persiguió.
Llegó, allí se encontraba. Arrodillado, sacando verduras. Las ponía en dos cajas de madera. El chico no necesitó que se lo dijeran, hoy era día de comercio. Irían al pueblo a vender verduras del huerto, y eso le desagradaba.
—¿Qué hacés acá? —Le preguntó su padre al verlo.
—Ah, emm... Yo he visto que no estuviste en la mesa y mamá me dijo que estabas aquí mismo. —Esa pregunta lo había sobresaltado pero se explicó.
—Andá, yo después te llamo —Dijo.
-¿No querés que te ayude? -Amadeo quiso ser amable.
—Más ayuda necesita tu madre. Andá con ella y hacé lo que te digo.
Deo no insistió ni se quejó. Junto a Otto se fueron adentro.
—¿Y? —Su madre lo miró.
—¿Necesitás ayuda en algo?
—¿Podés ir hacer tu cama? —Preguntó su madre con una sonrisa.
—No se diga más. —Deo marchó hacia su habitación.
El perro quiso seguirlo, pero la mujer lo detuvo y lo sacó fuera con delicadeza. El animal se quejó un poco e insistió, pero la madre de Amadeo no lo dejó.
El muchacho tendió su cama, lo mejor que pudo. Vió el libro en la mesa de luz, pensó en seguir leyendo unos momentos más. Una idea usurpó su cabeza. Sacó hojas y tinta, comenzaría a escribir. Con la pluma mojada en ese líquido negro escribió con cuidado sobre el papel:
Tu destello lejano que yo quiero ver. Tus rizos castaños que deseo acariciar. Te anhelo por cada suspiro que doy cuando a paso lento te alejas. Destinado a cierto sufrimiento de no poder tenerte siempre cerca, el miedo de morir sin tí. Sentir abrazos tuyos y tus palpitos oír. Ser el que te hace sonreír, el que te haga creer que el amor en verdad existe. Ruego a Dios el hecho de poder algún día dejar un suave beso en tu delicada frente, tener que agarrarte la mano para pasear.
Quiero amarte, dar lo mejor de mi para tí. Besar tus cálidos labios aunque fuera pecado. Y qué tú puedas demostrarme que amar está bien, permitirme ser especial en una noche bajo la luna mientras te declaro mi amor.
Dejó de escribir. Leyó lo del papel y se dió cuenta que otra vez había escrito recordando a Charlotte Goelet. Dejó la tinta en la mesa junto la hoja. Se recostó en la cama, cubriéndose la cara. La mirada perdida en el techo. Estaba pensando en ella, llevaba enamorado desde el año pasado. Pero no podía, el padre de Charlotte era algo estricto con ella; no la dejaba estar con cualquier chico y menos en una relación. Se cubrió la cara con las manos mientras un gruñido de frustración era amortiguado por ese movimiento.
La puerta se abrió muy pronto. Sobresaltado, se sentó en la cama.
—Vamos —Escuchó decir a su padre apenas.
Se levantó de la cama y fue con él. Se fueron al establo, en busca de los caballos. Amadeo montó a Relincho, el cual parecía estar de lo más tranquilo. Era anormal aquello pero no le prestó atención.
Durante el camino, ninguno de los dos se hablaron. Deo iba pensativo sobre esa escritura que hizo. Y su papá estaba más concentrado en el sendero.
Después de un kilómetro ya estaban pasando por la parte de los cultivos de los Goelet. Allí se encontraba Adal, el hijo más chico de aquella familia. Trabajando en la cosecha con tanto esmero a pesar de sus 8 años. Los vió pasar y saludó con tal educación que demostraba de que era un niño de buen corazón. Amadeo también lo saludó con la misma cortesía, y a la vez, viendo como Charlotte se acercaba.
—Adal, mamá te llama —Dijo la muchacha hacia su hermano menor, para luego mirar al pelinegro con el hombre -. Buenos días señor Andrews, buenos días Amadeo -Saludó a Deo con una sonrisa, lo que hizo que el muchacho sintiera algo de nervios.
—Buenos días Charlotte. ¿Cómo ha amanecido? —El chico trataba de ocultar su nerviosismo, evitando contacto visual y disimulando que se acomodaba su característico sombrero de campesino.
—He amanecido de lo más bien. —Ella volvió a dirigirle otra sonrisa acompañada por su ojos grises que emanaban algo de alegría de verlo —. ¿Y usted?
—Sí, sí, también, ya debo irme , hablamos después —Respondió apurado.
Ya sé fueron marchando hacia el pueblo.
Allí, se separaron para vender, como era costumbre. Y luego deberían encontrarse en determinado lugar, ésta vez la plaza.
Amadeo se sentó en la vereda, tranquilo. Dejó la caja de verduras a su lado. Relincho atado a uno de los árboles cercanos y la calle en silencio. Solo pasaban caminando muy pocos, los comerciantes a ésas horas recién comenzaban con sus ventas. Sentía que vendría suerte, pero el tiempo pasaba y parecía que nunca ocurriría lo esperado. Sin darse cuenta, iba quedando dormido.
Dormitaba sentado, no sabía cuánto tiempo pasó pero una voz familiar lo despertó.
—El que duerme trabajando no gana nada. —Esa persona lo sacudió un poco.
Deo se sobresaltó un poco, miró hacia la cara del muchacho de mechones dorados y ojos verdes que jugueteaba con monedas en su mano.
—Oh, ya despertaste —Dijo el chico rubio al verlo.
Era Arthur Rogerson, un compañero de clase y a la vez un amigo. Los Andrews no se llevan bien con los Rogerson. El padre de Arthur era un estadounidense, por eso su apellido. Aunque Amadeo tenía un abuelo de allí, su padre y él si eran argentinos. Ambas familias tenían sus desagrados hacia la otra, porque según, los Rogerson eran unos engreídos y éstos decían que los Andrews eran unos egoístas.
Editado: 18.07.2026