Sonrisa de Caballo

|Una Tarde Extrañamente Perturbante|

Merienda serena. Una semana antes del nuevo comienzo de clases. Amadeo estaba sentado en el pasto junto a Otto, quién estaba echado boca arriba.

El sol se escondía, muy de a poco y silencioso.

—¡Qué bonita tarde! —Exclamó acostándose en el suelo.

Los minutos pasaban tan rápido, desapercibidos. Cuando eso ocurre, uno pierde la noción del tiempo que está llendo frente a sus ojos, no sabiendo la hora ni el día. Eso mismo pensaba Deo, que no comprendía aquello. Tan velozmente iba en los momentos felices y tan lento en tragedias.

Otto estaba menos preocupado por ello, pues es un perro común y corriente. No tiene ocupaciones en su vida diaria. Relajado se encontraba, sacando la lengua para afuera.

Y Amadeo, era un muchacho con ocupaciones de comercio además del estudio. Con sus aprendizajes no tenía problema, mejor si los ignoraba a veces; el problema era su trabajo de comercio. Detestaba aquello. ¿Pero qué podía hacer? Tenía un sueño de verdad, querer cumplirlo era su meta.

A lo lejos oyó un relincho y al mirar vió que los caballos salieron del establo. Se levantó de sopetón, corriendo disparado hacia allá seguido por el perro. Llegando, miró a cada uno de los animales, viendo en sus miradas el terror. Notó que faltaba Relincho entre todos, pronto escuchó un ruido extraño dentro del establo.

Entró, Otto no quiso estar a su lado para mitigar su miedo. Amadeo miró dentro, sus ojos divagando por cada rincón. Tenía miedo de cruzarse con algún animal salvaje o cosas por el estilo. Observó una silueta de alguna figura no-humana, de eso se aseguraba. No podía verlo bien, capaz por la poca luz o quizás también su temor a analizarlo. Esa cosa tenía ojos brillantes, como un gato en medio de la oscuridad, moviéndose en cuatro extremidades. Se oían los ruidos de garras rasgando el piso cuando se trasladaba de lado a otro.

Amadeo sentía la respiración cortada. Reaccionó, agarrando uno de los fierros tirados por ahí y se lo revoleó. La figura solo se echó a reír siniestramente, como hace días escuchaba de Relincho. Deo salió afuera del establo lo más rápido posible. Cuando salió fuera ahí sintió que volvía a inhalar.

—¿Qué te pasó? —Preguntó la voz de su padre, alarmado.

—¡Papá, hay algo allí adentro! ¡No sé qué es pero estoy seguro que no es ni un animal! —Se apuró a decir Amadeo, agarrándole la mano.

Lo guió dentro, esperando que pudieran hacer algo al respecto. Pero, para el desconcierto de Deo, solo estaba Relincho dentro. El caballo estaba sereno, como si nada hubiera sucedido. El padre de Amadeo se cruzó de brazos, mirando a su hijo en busca de explicaciones.

—P-pero en verdad había una cosa allí. No tengo idea de qué era pero era de verdad, ¡Lo juro! —Quiso explicar el muchacho, aunque su padre se estaba marchando —. Hay... ¡Hay rasguños allá en el suelo! Eso es de verdad —Señaló los lugares donde los había visto, pero nada.

Ya su padre se había ido. El chico suspiró, dirigiéndose afuera para meter a los caballos de nuevo.

Luego de eso, observó a Relincho. El animal solo estaba calmado, sus ojos expresando cansancio. Deo lo acarició, con miedo a la cínica sonrisa de hace días pero aquello no ocurrió.

Cerró el establo y Otto lo había estado esperando, se veía que ganas de estar en ese lugar no tenía. Algo ocurría, no sabían qué aunque de seguro lo sabrían de inmediato.



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En el texto hay: argentina, suspenso, caballo

Editado: 18.07.2026

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