Sonrisa de Caballo

|Estudio|

Levantarse temprano, a estudiar. Primero que nada, como era costumbre, alimentar a las gallinas. Era entrar al gallinero con cuidado y dejar comida. Según sería una tarea fácil, pero recordar las veces que se peleó con uno de los gallos lo hacía temblar un poco.

Ese gallo bastante bravo tenía unas plumas negruzcas que a la luz era un verde metálico. Majestuoso su caminar al que todos en el gallinero temían. Esa braveza de toro con la que enfrentaba a Otto. Padre de varios pollitos pero también asesino de muchos de ellos. Un rival digno para un Yaguarete y hasta sí quisiera podría matar a un rinoceronte.

Se adentró con cuidado y puso el alimento. Inmediatamente todas las gallinas corrieron a desayunar. Amadeo miró como se alimentaban, solo faltaba el "Sultán". Deo miraba por todos lados, queriendo ver la llegada del gallo.

Y allí llegaba Sultán, a pasos lentos y delicados. Erguido con una cara brava como siempre. Observando su alrededor, como si quisiera comprobar que todo estuviera en orden. Es y será todo el tiempo el jefe. Pero justo vió a a Deo. Sus pasos cambiaron, volviéndose rápidos. Llegó frente a él, comenzando a rodearlo. Sultán lo analizaba de arriba abajo. Amadeo entendió ese gesto.

«Parece que el que canta hoy soy yo»

Pensaba. Vió una vara a un lado.

«No, hoy canta él»

Tomó la vara mientras Sultán no le quitaba los ojos de encima. El gallo no se dejó intimidar y pronto comenzó su ataque. Deo lo alejaba con la vara. Sultán, al ver que solo no podía se retiró, causando un alivio al muchacho. Pero ese alivio se esfumó al ver que el gallo volvía en contraataque junto a los demás gallos. Amadeo dejó la vara a un lado y corrió fuera.

Cerró con rapidez el gallinero, con todos los gallos dentro. Les hizo burla mientras éstos lo miraban.

Otto ya se había despertado. Obviamente lo primero que hizo fue ir en busca de Amadeo. Tal cariño se tenían ambos. El muchacho iba caminando hasta el establo, pero su perro no lo siguió. Ya se volvió un hábito de no seguirlo a ese lugar.

Amadeo, en el establo, miró a Relincho. Recordó las últimas veces. Pensaba en lo que ocurría, ¿Sería de verdad? No lo sabía.

Lo montó y se puso en marcha. Otto no lo siguió.

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El camino hacia el colegio era largo, eran unos 2 kilómetros por lo menos. El tiempo volando. No se quejaba del estudio, después de todo debía hacerlo. Estar ahí le daba oportunidades de hablar con Charlotte y Arthur, cosas que en otros lugares no puede.

El colegio al que iba parecía un edificio abandonado por su descuido. El musgo y el moho por casi todos lados. Ventanas con rajaduras, y la puerta rechinaba. El interior por lo menos era decente.

Ató al caballo e ingresó. Sus compañeros hacían algunos deberes, charlaban y jugaban bromas. Arthur era de esos, haciendo chistes de mala gracia pero disculpándose.

-¡Amadeo! -Arthur corrió a recibirlo.

Ambos se saludaron como los buenos amigos que son.

-El profesor Sánchez vendrá un poco más tarde hoy -Comentó Arthur.

-¿Enserio? ¿Porqué?

-Ayer les avisó a la mayoría. Anunció que las clases serían un poco más tarde por tener que mandar un recado a lo de don Carlos Pedregal y vos de seguro sabés que vive en una loma lejísima, de por lo menos 6 kilómetros.

El rubio detalló cada palabra dicha. Deo se preguntaba cómo es que la noticia no le había llegado.

Notó en uno de los bancos de un grupito de amigas estaba Charlotte. Los rizos castaños de ella se distinguían entre las demás. Esa cara radiante, esos ojos hermosos. No, no podía con tanta belleza. Una de las amigas le avisaron que la miraba, ella se dió la vuelta y le sonrió. Se levantó de su asiento, dirigiéndose a él con pasos delicados que casi no se escuchaban.

-Buenos días Amadeo, ¿Cómo has amanecido hoy? -Preguntó Char (como él le decía) con una sonrisa.

-Buenos días, Charlotte, he comenzado mi mañana perfectamente, ¿Y usted? -Disimuló sus nervios.

-De igual forma, me alegro de verte aquí, con salud y buena energía.

Deo le dedicó una sonrisa suave para ella. también sintió un poco de nerviosismo, pero siguió conversando con él. Ambos casi no podían verse a la cara por la vergüenza, y a la vez querían mirar el rostro del otro pero eran incapaces para ello.

Arthur, por otro lado, siguió haciendo sus tontos chistes en todo el salón. Las carcajadas llenaban el curso entero mientras el muchacho rubio se subía a uno de los bancos.

-Buenos días, ¿Qué hacen? -La puerta se abrió junto a la voz conocida del profesor.

Todos se habían asustado en el momento. La mayoría corrió a sus lugares a los empujones rápidos. Amadeo, para recuperarse del susto se apoyó en una pared cercana, con la mano en su pecho para calmar su respiración. Arthur, que justamente se encontraba arriba de un banco, por la repentina llegada del profe dió un brinco cayendo al suelo. Aunque el golpe no fue nada grave, eso no evitó que se largara a reír mientras se levantaba.

-Pero, chicos, son un desastre -Suspiró el maestro.

Todos se acomodaron en sus asientos. Deo y Arthur se sentaron juntos como siempre. Eran un dúo especial, de familias que no se querían pero habían enseñado a todo el curso que la amistad se la podía encontrar aún en la oscuridad. Además de inseparables en clase, sus inteligencias en clase superaban límites.

El estudio era algo simple, escuchar con mucha atención y responder oralmente. Si uno se distraía, era probable las malas respuestas. Además, era posible también el hecho de sentir la regla de madera del profesor impactando contra sus espaldas o los bancos.

Amadeo tranquilamente respondía de forma correcta al igual que Charlotte. Mientras Arthur contestaba a veces de manera perfecta pero había que ver cuánto se encontraba entendiendo.

Deo, muy pocos momentos, miraba a Char. Las amigas de la muchacha no tardaron en darse cuenta de ello, pronto le avisaron de lo que ocurría. Charlotte lo observa con una pequeña sonrisa. El muchacho desvió la mirada, avergonzado. La jovencita soltó una risa baja.



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En el texto hay: argentina, suspenso, caballo

Editado: 18.07.2026

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