Sonrisa de Caballo

|¿Real?|

Deo estaba totalmente desesperado. Ya llevaba una semana completa con la imagen de Relincho sonriendo. No sabía si aquello era real o no. Pero no podía comprobarlo con nadie todavía.

Durante todo ese conjunto de pensamientos, daba vueltas en su habitación. Miraba la ventana a cada rato, donde Otto se lo veía tan calmado, siendo que Amadeo se encontraba perturbado aún.

Necesitaba a alguien. Deseaba que algún conocido suyo le desmienta esos sucesos, o que le crea y también vea los comportamientos extraños del caballo. Y en eso, resolvió salir de su cuarto y dirigirse a su madre.

—Mamá —Dijo apenas con un hilo de voz.

—¿Qué pasó, Amadeo? —Ella lo miró, dejando a un lado la ropa que lavaba a mano.

—¿Si te lo digo, me creerías? —Deo estaba tembloroso.

—Dime, hijo.

El muchacho tomó coraje. Costaba contarlo, más si se trataba de algo que no se cree fácilmente.

—Estos últimos días, Relincho ha estado muy raro.

—¿Relincho?

—Sí, ma, el corcel sonríe de forma cínica. Se encuentra así desde hace una semana ya. No sé qué hacer, pero ni siquiera Otto quiere acercarse.

La mujer lo había escuchado, pero no atinó a dar sonido, ni tampoco a responder. Después de unos segundos así, ella pidió:

—Por favor, ve con Otto. Estoy muy ocupada, ¿Sí?

Con decepción, el pelinegro se fue afuera, con pasos lentos. El perro lo vió salir. Fué directo hacia él y saltó con alegría. Pero Deo no tenía ningún ánimo. Parecía estar muerto por dentro, se notaba que la viveza que el muchacho tenía se había desvanecido durante siete días.

Otto lo notó, y al parecer se extrañó mucho de esto. Decidió correr hacia el gallinero. Allí, solo se dedicó a intentar pastorear gallinas, llevando a cada una por un lado y por otro, a veces por grupos. Su entusiasmo de aquello duraría apenas cinco minutos. Sultán se enteró de la presencia del perro, lo correteó y ambos se dieron por enfrentar un poco. Pero como Otto fue educado para no atacar a ninguno de los animales de ahí, se retiró. Sultán lo miró irse, con la cabeza en alto, los aires de triunfo.

Por momentos, Sultán salió del gallinero. Se paseó por ahí, con sus pasos majestuosos y de "jefe supremo". Hubo respeto hacia él, dejándolo pasar antes que nada. Se dirigió con delicadeza donde estaba Amadeo sentado. Vió como el chico tenía un desánimo muy raro. Aunque siempre peleaba con él, se dignó a acercarse.

—¿Sultán? —El chico volvió su mirada al gallo.

El gallo solo lo analizaba. Deo se alejó un poco, por que el ave era impredecible. Pero no, Sultán se le acercó de nuevo. Amadeo, al ver el gesto, intentó acariciarlo, pero bruscamente fué picoteado. De allí, el gallo, indignado, se retiró. Pero no lo hizo sin antes tirar tierra por sus patas flacas.

Amadeo suspiró. Reconoce que Sultán es un gallo orgulloso. Pero eso no lo abrumaba, si no que Relincho era el que lo estaba asustando. No quería saber nada de ese caballo. Agarró una rama y la empezó a romper de a poco.

El sol brillando. Solo que él no estaba feliz. Pájaros cantando, ni los oía. Hormigas haciendo fila, no quería verlas. Ya sé apagó totalmente, su luz se esfumaba cada día...



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En el texto hay: argentina, suspenso, caballo

Editado: 18.07.2026

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