Un día de esos, mientras estudiaban, Arthur -Que lo mandaron a sentarse más alejado de Deo- decidió tirar un pedazo de papel hacia el pelinegro. Al recibir el golpecito, el muchacho agarró y desplegó.
"Hoy, a la salida del colegio, hagamos algo. A matar el aburrimiento. Veremos bien a donde"
Arthur
Amadeo miró hacia el asiento del rubio, y asintió un poco. Era y no una buena idea. Primero, si alguno sus familiares -Tanto un Andrews o un Rogerson- los llegase a ver, el reproche sería intenso. Pero a la vez esa salida lo ayudaría a despejar su mente.
Al finalizar el horario de clases, los muchachos desataron a Relincho. Lo llevaron caminando, mientras debatían donde ir.
-Podemos ir al pueblo, ¿Tienes dinero?
Amadeo sacó de sus bolsillos tres monedas de 10 centavos y dos de 25.
-Hmm, no creo que eso sea bastante -Dijo Arthur.
-¿Y si solo paseamos por campo? -Preguntó Deo.
Arthur alzó un poco los hombros, para dejar notorio su falta de decisión. Siguieron en silencio, con piedras que se patea y se deja atrás. Pisando ramas, escuchando como los árboles se movían por el leve viento. Al chico le daba incomodidad ese silencio, por que no acostumbraba a tener esas pausas en conversaciones.
Debía romper el hielo de inmediato.
-Deo, ¿Y si pasamos por ambos lugares a la vez? Quizás sea más divertido.
-Me parece bien, iremos al pueblo primero.
Dicho y hecho, fueron.
El pueblo estaba concurrido. La gente pasaba, las ventas se hicieron grandes. La muchedumbre amenazaba con quitar visibilidad de los que conocías, así que los chicos tenían que ir con cuidado, además de lo peor: Ir tomados de la mano. Desagradaban ese gesto, pero Arthur lo detestaba aún más. Amadeo se mostraba más incómodo en sí, por que con eso, si algún compañero los veía, los rumores falsos se extenderían...
-Ante cualquier cosa imagínate que soy Charlotte -Bromeó el muchacho rubio.
Solo recibió una mirada amenazante por parte de su mejor amigo. Pasaron por las calles con cuidado. Debían mirar para todos lados, para no ser atropellados por gente o cruzarse con familiares. Habían callejones poco concurridos y prefirieron pasar por allí.
El silencio entre ambos era notorio.
—Bien, al parecer el día está colaborando —Comentó Amadeo, mirando el cielo nublado.
—Si, quizás quiera acompañarnos con lluvia luego —Dijo Arthur con sarcasmo.
Se soltaron de las manos ya que no lo vieron necesario.
—De tanto en tanto, las hojas cantan. ¿Las oyes?
El muchacho rubio hizo silencio un momento, comprobando si lo que dijo Deo se encontraba en lo cierto.
—No oigo que canten las canciones de la misa o algo parecido.
—Tonto, ellas solo siguen el compás del viento y la tierra. —Amadeo se rio.
Arthur desvío su mirada. Pero luego dijo:
—Debería escucharlas más seguido.
Y aquello podía ser cierto. Deo se adelantó un poco, zapateando un poco en el trayecto. Arthur lo miró un poco extrañado, pero recordando que ya iniciaba Mayo, su memoria le dijo que se cumplirían 86 años en que el país se liberó del imperio español.
—Veo que tienes buena memoria —Dijo Arthur.
Amadeo asintió. Después de todo, siguió caminando común. En aquél pueblo festejaban la independencia.
En eso mismo, un chico saludó a Arthur desde lo lejos, a lo que éste respondió. El rubio era de esas personas que conocían gente de casi todos lados. Deo admiraba eso, sabía que no sería capaz de conocer mucha gente. Y es que sí. Veía como su mejor amigo hacía amistades de lugares que ni conocía. Pero para Arthur era el infierno mismo. Podía rodearse de gentuza que le hacían mal en su vida.
—Vayamos a comprar algo de pan casero —Propuso Arthur de la nada.
—Pero si no tengo dinero, no me va a alcanzar, creo.
—No importa, compro para los dos.
Amadeo lo esperó en una esquina. Mirando de un lado a otro. En eso ve pasar al señor Ordóñez.
—¡Buenos días, señor! —Exclamó Amadeo.
El hombre lo miró y sonrió. Se acercó a saludar y charlar.
—¿Qué hacés a éstas horas? Deberías estar en tu casa —Preguntó Ordóñez.
—Hoy solo estoy de juntada con un amigo. Se fue a comprar pan casero para los dos —Explicó el pelinegro.
En eso, llega Arthur.
—Deo, ya traje el pan casero... —Miró hacia el hombre.
—Andrews, cuando me dijiste de un amigo, no esperaba que lo fuese Rogerson —Dijo Ordóñez.
El muchacho rubio dirigió su mirada a su amigo. Amadeo los había metido en un embrollo.
—Emm... ¿Podría hacer el favor de no contarlo a nuestras familias? —El chico rogó piedad con sus ojos.
El hombre suspiró y asintió. Se despidieron y él se marchó, siguiendo su camino.
—Idiota, casi nos metes en líos.
Lo reprochaba Arthur a Amadeo. Se fueron cerca de donde estaba Relincho atado, muy sereno. Comieron pan casero con calma, disfrutando.
Pero Deo no podía evitar mirar a su caballo. Pensaba en lo de los últimos días, o últimos meses mejor dicho. Ya le causaba terror mirarlo. Relincho miró al chico y le regaló una pequeña sonrisa, haciendo que el pelinegro se asustase.
—¿Estás bien? —Preguntó Arthur fijándose que fue lo que asustó al muchacho.
—Si, si, estoy bien...
Pero en realidad no lo estaba. El miedo lo consumía cada minuto que pasaba cerca de su caballo. Pero aun así no dejaría que aquel temor le arruinara el día. Diez minutos después, ambos acabaron el pan casero y ahora decidirían ir a pasar por el campo. Amadeo se acercó a Relincho, con pavor, mientras que Arthur no entendía nada.
—¿Qué pasa?
Preguntó el muchacho rubio, esperando una respuesta coherente. Deo mantuvo silencio unos segundos.
—A veces... A veces muerde sin razón aparente. Al parecer puede estar quedando ciego —Mintió.
El pelinegro sentía que no podía contarle el suceso aún, pues todavía desconfiaba un poco de lo que le pudiese decir. Aunque lo último dicho ya estaba de más. Los dos montaron al caballo, con mucho más cuidado Arthur.
Editado: 09.08.2026