La mujer se sentó en la mesa, necesitando un momento para analizar en su mente. No dejaría las cosas así. No permitiría que la luz de su hijo se apagase.
Ya conocía el suceso. Relincho estaba raro, asustando a Amadeo. Podría convencer a su marido para vender al caballo. Difícilmente podía manipularlo. Miró el reloj de pared. Ya eran las 12:00 de la tarde. Tenía y no tiempo para pensar en eso.
Se levantó de la silla, decidida a irse para el establo en busca de su marido. A paso lento iba, recolectando palabras en su mente. Necesitaba dar buenas excusas. Si salía con algo sin sentido, no podría deshacerse del problema.
Al llegar, el hombre estaba dando de alimentar a los caballos. En total, cinco. Ella llegó sin ruido, solo con la presencia misma. Él la notó.
-¿Qué pasa, Celia? -Le preguntó, apartando la mirada de los animales para mirarla.
-Solamente estuve pensando en algo.
Celia miró hacia cada animal, inclusive Otto que la saludaba moviendo la cola. No le tomó tanto tiempo en decirle.
-Me he dado cuenta que se gasta mucho en cuidar a los cinco -Señaló a todos los caballos.
-Si, siempre se gastó demasiado -Respondió él, como poniéndose a pensar más.
-Quizás lo mejor sea vender a uno de ellos -Dijo de una forma precipitada.
Su marido observó a cada uno. Viendo como se alimentaban. Se rascó la nuca de los cabellos con algo de canas por sus 46 años. Celia quedó como esperando algo.
-Podría ser -Contestó entrecortado.
-¿Podemos vender a Relincho?
Preguntó apurada. Él solo la miró.
-Celia, sabes que soy yo el que toma las decisiones. -El hombre se le acercó un poco -. Yo decidiré a quien vender de los cinco, así que no te hagas la mente con eso, ¿Quedó claro?
Ella asintió, pero su mirada se desvió a Relincho, que mantenía sus ojos negros fijos en Celia, sin comer...
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En el arroyo, los dos muchachos siguieron conversando.
-Y entonces, fue Julio Quinteros quien se robó parte de la huerta a los Sosa -Hablaba Arthur de un suceso de hace semanas.
-Por eso no me cae bien Julio, si es un estúpido, arrogante, y la peor persona que se puede llegar a conocer -Concluyó Amadeo con un tono molesto -. Encima que te juntas con él.
-Ey, no confundas el "juntarse", "amigarse" y "llevarse bien". Son cosas distintas -Se defendió el rubio.
-¿Cuáles son las diferencias?
-Que "juntarse" es hablar con esa persona, "amigarse" es ya tener una amistad como nosotros, y "llevarse bien" es hablarte con esa persona pero no te juntas ni tampoco llegan a algo complejo -Explicó -. Ponele que empezamos a llevarnos bien, luego a amigar para ser ahora mejores amigos.
Amadeo se puso una mano en el pecho.
-A ver, ¿Quién te dijo que vos sos mi mejor amigo?
-Auch -Murmuró Arthur, mirándolo de arriba abajo -. Entonces, ¿Quien verdaderamente es tu mejor amigo? -Se dignó a preguntar.
-Otto -Contestó seco.
-Ah, ¿El perro todo fiero y rabioso que me atacó en tu casa?
Amadeo le golpeó el hombro con fuerza. Arthur le agarró la muñeca para detenerlo.
-No me vuelvas a pegar por que te rompo la mano, ¿Me escuchaste? -Amenazó el rubio, soltando con brusquedad la muñeca del pelinegro.
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Charlotte, mientras se encontraba en su pequeño escritorio, quedaba pensando un momento. Sostenía la pluma con tinta en la mano zurda. Quería escribirle una carta a Deo a pesar que lo haya visto. No tenía idea de como comenzar, ya había puesto lo necesario primero para que el papel llegase a su hogar. Pero no sabía que poner ahora. No tenía como expresarse. A lo mejor Amadeo le daba una carta a la primera.
Esos últimos meses se había sentido enamorada de él. Aunque no tenía idea si solo era una jugada horrible de su mente. Veía a Amadeo, sentía que sí estaba enamorado de ella, que podía expresarlo sin problemas. Aun así su padre no dejaría que cumpliese esas fantasías. De todas formas sería su papá el que elegiría con quien se iba a casar.
Siguió mirando el papel, sin decidirse aún.
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Enrique, padre de Amadeo, miró el reloj. Ya 12:20 de la tarde que el muchacho no venía. Suponía que debería estar llegando a casa. Solo esperaba el minuto justo, a la vez planeando como lo castigaría. Podría ser una bofetada y mandarlo a su habitación. No, sería muy tranquilo eso. Ya supo, una bofetada y después de comer lo mandaría a vender verduras en el pueblo, sabiendo lo que él detestaba. Y si no conseguía nada, una bofetada más.
Celia, mientras cocinaba, adivinaba los pensamientos de su marido. Amadeo estaba tardando. Rogó en su mente para que llegue a tiempo a casa, porque conociendo a Enrique, sabía que las consecuencias de la demora serían horribles. Ella no podía intervenir, por eso le dolía pensarlo.
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12:30, pero sin noción del tiempo. Ambos seguían charlando. Sentados junto a la orilla, juntos.
-Dentro de todo, estamos bien y tenemos salud. -Amadeo cerró un tema.
-Al menos estamos para apoyarnos mutuamente, ¿No es verdad?
Deo asintió. Los muchachos miraron el arroyo correr. Daba una calma. Arthur miró a su amigo y pasando un brazo por la espalda de Amadeo para darle medio abrazo, con suavidad le avisó:
-Si necesitas desahogarte con alguien... Estoy aquí, ¿Sí? Quizás no dé los mejores consejos como para decir "Me arregló hasta el alma"... Pero siempre estoy...
Amadeo sonrió y apoyó su cabeza en el hombro de Arthur. Este se lo permitió unos cinco segundos pero luego se apartó un poco.
-Ya es mucho cariño -Dijo en el pequeño distanciamiento, lo cual hizo reír al muchacho pelinegro.
Se produjo silencio.
-¿Hasta qué hora te tenías que quedar? -Preguntó el rubio.
Deo se dió cuenta, se levantó de sopetón. Le desordenó los cabellos a Arthur y se fue corriendo.
Editado: 09.08.2026