Llegó corriendo y jadeando allá. Pero no esperaba que Relincho estuviera parado ahí mismo, con los ojos negros en él. No sonreía ni reía, solo lo miraba serio. Amadeo entró corriendo a la casa, de prisa. Pero allí estaba su padre, esperándolo.
-¿A qué hora te pedí que volvieras? -Le señaló el reloj. Ya eran más de la una de la tarde.
-A las 12:30... -Le estalló una bofetada. Se sobó la mejilla.
-¿Qué estuviste haciendo para que volvieses ahora? -Exigía las respuestas.
-Solo descansaba... Me dormí... -Mintió pero parecía enserio.
Enrique no dijo nada. Se sentó en la silla.
-Después de comer te vas al pueblo a vender.
«Ufa» solo pensó Deo. Se sentó también. El almuerzo fue silencio. Una incomodidad estar ahí que ni siquiera Otto soportó estar en ese ambiente. Celia dejó el plato a medio comer. No porque estuviera llena, si no que su mente seguía concentrada en el asunto. Todo estaba tenso. Lamentablemente, Amadeo tampoco pudo acabar con su plato, tanto silencio lo puso nervioso. Sincero, solo se quedó sentado. ¿Sería buena idea llevar a Relincho con él? No, mejor llevarse el overo de su padre. Ezequiel era un caballo overo totalmente bello, sereno. No era mala idea llevarlo en silencio.
Se levantó sin decir nada.
Seguido por el perro, se fue a la huerta y sacó cantidades de verduras que pudo. Los metió en la caja de madera sin apuro. Otto buscaba jugar, revolcándose en la tierra, queriendo llamar la atención del muchacho. Le gruñía en juego, tirando suavemente de las mangas de Amadeo pero él solo se limitaba a apartarlo con calma. El perro, al darse cuenta que no iban a jugar, se acostó en el suelo, llorándole en forma de plan B. El animal sí que sabía cómo manipular al chico para lograr lo que quiere. Deo le acarició la cabeza, haciendo que él deje de llorar.
-Cuando vuelva de vender vamos a jugar, te lo prometo -Dijo con una sonrisa.
Otto aceptó la propuesta.
-Mientras, puedes ir a hacerle frente a Sultán.
Se levantó. Caminó hacia el establo en busca de Ezequiel. Cuando estuvo frente a la puerta, tomó fuerzas tanto psicológicas y físicas al entrar, ya odiaba estar ahí, sabiendo que Relincho seguiría como siempre. Pero el caballo lo observaba sin ninguna expresión, causando incomodidad en el muchacho que evitó cruzar miradas. De todas formas sentía que el animal seguía ahí, sin moverse, sin quitarle la vista de encima.
Una vez todo listo, se fue.
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Llegar al pueblo e instalarse en la plaza. Ató al caballo a un árbol. Se sentó con la caja al lado. Todo concurrido por ahí. Pero la mente divagaba en el recuerdo de conversar con Arthur en el arroyo. Se le escapó una sonrisa con eso. De veras la presencia de él le quitó el peso de todo ese mal aunque haya sido momentáneo.
La gente aprovechó a acercarse a comprar. La verdad es que empezaba a ir bien el día. Hasta pudo pensar que tan solo era imaginación suya. Dirigió su mirada a Eze, que estaba tranquilo ahí atado. Tan hermoso caballo, su padre no era ni un tonto al haberlo elegido. Pudo recordar como era Relincho antes de lo ocurrido. Si, fue rebelde, y su papá había decidido dárselo para ver qué tan bueno era respecto a educar al caballo. Al cabo de un tiempo logró domarlo con paciencia. No parecía pero quería volver a esas épocas donde todo estaba igual siempre porque fué feliz, viviendo en su realidad calma. Jugar con Otto, cuando leía sin parar. Cuando sentía que cada año le iría de bien en mejor.
Pero con la llegada del suceso no tenía más pensamientos que la idea de librarse del caballo para toda la vida y no verlo nunca más. Creyó que sería su año... Las expectativas se encontraron lejos de aquella quimera. Quitarse la vida no es opción para elegir, solo de la locura misma se moriría. Morir como un loco.
Estaban recién a finales de Abril. No podía creerlo. Finales de mes y ya se sentía muy... Palabras no le quedaban para describirse a sí mismo. Escondió la cara entre sus piernas flexionadas, mientras las abrazaba con fuerza. Se le nubla la vista por instantes. Sus reflexiones no sirven de mucho ahora. Si quería lograr algo sería que debía hablarlo con alguien. Desahogarse como nunca lo hizo con su padre. ¿Para qué pedirle a Arthur consuelo? Sería una gran molestia además de no estar seguro de su reacción. Si, se preocuparía pero en todo caso no sabría cómo debía ayudarlo. ¿Con Charlotte? Mucho menos, ella no es de creer en esas cosas, ya la oyó muchas veces diciendo aquello con respecto a las historias que contaban las demás chicas. ¿A su madre? Ni podría ayudarlo aunque quisiera. ¿Otto? Ese perro ni de casualidad se metería al establo.
-¿Amadeo? -Le preguntó una vocecita mientras le sacudía levemente el hombro.
Levantó la mirada hacia el niño. Adal lo miraba.
-Hola, Adal. ¿Quieres comprar? -Ofreció amablemente.
-En realidad no. Simplemente vengo a hablar -Rechazó con suavidad en las palabras.
-Pero yo no tengo tiempo. Estoy vendiendo ahora.
-Solo será unos minutos, por favor -Rogó con los ojos.
Deo no podía decirle que no a esos ojitos grises como el de la hermana. Adal se parecía tanto a Char, tanto que fue ella quien decidió educarlo en parte tal y como a la muchacha le gustaría que su hermano tratase a la gente. El pelinegro debía aceptar la realidad de que Adal era alguien para disfrutar en una conversación. El niño tenía su energía tan contagiosa.
Al final, Amadeo acabó aceptando.
Cuando Deo vendía, el muchachito quedaba callado y luego continuaba. No se lo esperaban pero ambos acabaron divirtiéndose en cada tema. Adal siempre daba su pausa de oír la opinión del chico sobre los pasatiempos que llevaba. Fue una bonita conversación.
Lo único que no esperaba era lo que diría Adal.
—No debo decirlo pero me mata la curiosidad. ¿Te gusta mi hermana?
A Amadeo casi se le fue el alma del cuerpo ante la pregunta del niño. No podía negar que el chiquillo era un buen observador. Con las mejillas rojas asintió, sacándose el sombrero.
Editado: 09.08.2026