Alicia
—¡Mami!
Me agacho a abrazar a mi hija y le sonrío a Franco por sobre su hombro. Mientras deja mi enorme maleta junto a la puerta. Me pongo de pie y me mira dubitativo mientras se rasca la nuca.
—Tienes mi número —le digo, comenzando a cerrar la puerta del apartamento. Él asiente y se despide.
Suspiro profundamente.
Bueno, allá va el príncipe azul.
—Hija, ¿eres tú? —mamá sale de la cocina para recibirme con manos jabonosas. Me pongo de pie, la saludo y beso sonoramente su mejilla, aún sosteniendo la mano de mi hija.
—Mamá, ¿estabas lavando los trastes? —me separo de ella con ojos entrecerrados.
—No me cuesta nada hacerlo, Lichis—le resta importancia regresando a la cocina.
—Ya hemos hablado de esto —me ignora mientras continúa fregando un sartén —, suficiente haces con cuidar a Bianca —prosigo, sentando a mi pequeño tornado en uno de los altos bancos de la cocina, frente a un plato con cereal con leche.
Niego con la cabeza mientras Bianca me pregunta si la abuela no sabe cocinar o por qué siempre cenan cereal. Eso nos hace reír a ambas, lo que tiene a mi hija frunciendo el ceño con mucha seriedad. Froto su entrecejo con mi pulgar y eso la hace reír a ella también.
—¿Ya te bañaste, Bibis? —pregunto, sabiendo perfectamente que no es así.
Niega, zampándose la última cucharada de cereal. Le paso una servilleta y le señalo la leche que chorreó por la comisura de su boca.
—Ella insistió en que su mami prometió que arreglaría su chinos hoy —canturrea mi mamá, eso me hace sonreír —. ¿Por qué no la bañas y yo nos sirvo a ambas un poco de cereal? —sugiere guiñándome un ojo.
Río y mi hija jadea dramáticamente.
—¿Lo ves? —me susurra camino al baño —. Creo que mi abue no sabe cocinar —continúa, enlistando las últimas visitas de la abuela y cómo todas han terminado igual: con un tazón de cereal con leche frente a ella.
…
Bianca chapotea en una tina medio vacía, mientras sumerge su sirena de juguete una y otra vez en el agua. Por mi parte, separo su abundante cabello en secciones.
—Mami, ¿todas las sirenas tienen el pelo lacio? —inquiere Bianca observando a su muñeca.
—¿Por qué lo preguntas? —digo aplicando crema para peinar en una sección de su cabello, colocando mis manos como si fuese a rezar.
Bianca es una niña muy curiosa y he aprendido que es mejor comprender de dónde viene la pregunta antes de responderla.
—Es que todas mis muñecas tienen el pelo lacio—noto que su voz pierde volumen —, incluso las que no son sirenas —añade, sumergiendo su muñeca con más fuerza de la necesaria en el agua.
No es la primera vez que tenemos una conversación de esta índole, soy consciente de que Bianca empieza a notar esas diferencias, aunque todavía no sepa ponerles nombre.
—Bueno, nena, pero esas son tus muñecas —enredo un mechón de cabello en mi dedo, formando un rizo —. ¿En tu escuela hay más niñas de cabello chino?
—Ufs, muchas —responde de inmediato.
Enlista a las cuatro niñas que ha visto en su grado con un cabello como el suyo. Un par que ella misma me ha presentado emocionada cuando la recojo o en algún evento escolar. Me habla de cómo su cabello es parecido, pero diferente a la vez y describe los listones rosas que una de ellas llevaba la semana pasada. Entre tanto, continúo definiendo sus rizos paciente.
—Pues hay tantas personas como sirenas en el mar —digo, ayudándola a salir de la tina —. Seguro que también hay sirenas de cabello chino.
Esa respuesta parece convencerla, porque se limita a asentir y comienza a preguntarme qué dibujé hoy en el trabajo. No vuelve a tocar el tema mientras se viste, ni cuando uso el difusor para secar su cabello.
Más tarde, cuando la llevo a la cama, invento una historia sobre sirenas de pelo rizado, tesoros escondidos en el fondo del mar y piratas torpes, hasta que las risas de Bianca se tornan en respiraciones profundas y tranquilas.
…
—Entonces… ¿cómo te fue con el guapo de la fiesta? —dice Lucía al acercarse con una copa en cada mano.
—Mira, este fue mi favorito —digo, girando la computadora hacia ella.
Un sonrojado Mateo, con un maquillaje de Lucky, le da una pequeña sonrisa desde la pantalla.
—Me encanta —se acerca para mirarla detenidamente —, agrégala al catálogo.
Asiento y continúo navegando por las distintas fotos de nuestro último evento.
—Pero no me cambies el tema, yo vi cómo te miraba —empuja mi hombro juguetonamente. Luego, sirve el vino en las copas y me entrega una.
—No te cambio el tema —ruedo los ojos —,es sólo que no hay mucho que contar —termino, encogiéndome de hombros.
Me presiona un poco más y narro brevemente nuestro recorrido en el auto, el largo silencio en el ascensor, para finalmente terminar con la llegada a mi departamento y la bienvenida de Bianca.
—De todos modos, es sólo un cliente —finalizo.
—Oh, no, cariño —Lucía me señala con su copa —. Él no te miraba como un cliente —ruedo mis ojos exageradamente —, e incluso dejaste que te trajera hasta acá. No te hagas la tonta.
Niego con la cabeza, mientras mando a imprimir las fotografías que seleccionamos y ella deja salir un largo suspiro.
—Bueno, ¿y has hablado con él? ¿Le aceptaste una cena o por lo menos un café?
—Oh, no me llamó —respondo, bebiendo de mi copa.
Lucía parpadea repetidamente hacia mí.
Puedo escuchar la impresora trabajar desde la sala.
Nota:
¡Feliz año nuevo! Nuevo año, nuevo capítulo.
Muy probablemente esto sólo un alma, pero igual agradezco que hayan llegado hasta acá y me alegra que ahora conozcan a Bibis.
Una de mis metas este año es terminar esta historia, así que crucemos los dedos.
—C
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relación casual que se complica, citas que no son citas, secretos que no se dicen
Editado: 08.01.2026