Capítulo 2
Laberinto sin salida
Mientras más limpiaba, más sucia me sentía.
“El frío invade cada centímetro de mi cuerpo, dejándome completamente inmóvil. Mi mente se ha cansado y no puedo pensar con claridad. Sentada en el piso de mi habitación, voy contemplando la eternidad de la noche. En el silencio de cada hora, observo cómo miles de pensamientos pasan danzando al compás de los segundos. Se supone que debería estar dormida. Mi cuerpo lo necesita, pero no puedo hacerlo.
Tengo miedo.
Porque cada vez que intento cerrar los ojos, vienen a mi mente miles y miles de fantasmas atormentándome a cada instante. Toman formas aterradoras y mi cuerpo se paraliza. No puedo moverme, no puedo pensar. Siento que una sombra está sobre mí y quiere asfixiarme. Después de un tiempo despierto y me doy cuenta de que era un sueño, pero de la nada todo se vuelve bizarro y vuelvo a despertar otra vez. Mis sueños son un bucle sin fin, uno muy doloroso. Pierdo la noción del tiempo. No puedo diferenciar la realidad de la ficción. Por eso me aterra dormir.
Es mejor, pasar las noches en la frialdad de este duro piso, esperando que la luz del día vuelva a salir”.
Así fueron mis noches durante largos años. Actualmente ya no me pasa tan seguido, pero en aquel tiempo era insoportable. No podía decidir qué era peor: mis noches o mis días.
La pandemia duró mucho y mi familia… mi muy numerosa familia, estaba ahí todo el tiempo. Vivir en el campo fue una ventaja en ese momento, ya que se podía salir al bosque, a las montañas, estar con animales sin necesidad de pasar completamente encerrados. Al menos lo era para el resto de mi familia.
Por mi parte, yo pasaba limpiando la casa todo el día.
Mi casa es de tres pisos; ni muy grande ni muy pequeña. En ese entonces éramos doce personas habitando ahí. A veces eran solo tres comidas al día, pero regularmente eran cuatro o cinco, lo que significaba más trabajo.
Eso no me importaba tanto porque, entre más trabajo tenía, menos pensaba en mi dolor. Pero llegó un punto en el que me obsesioné. Empecé a limpiar de manera compulsiva. Cada cosa tenía que estar en el lugar exacto; el mínimo rastro de suciedad me volvía loca.
Comencé a pelear con mi familia porque ellos ensuciaban demasiado y yo no podía controlarlo. Todo terminaba en gritos e insultos. Me decían que no tenía derecho a comportarme así, que ahora que no tenía estudios era mi obligación limpiar la casa.
“Al menos eso debes hacer”.
“¿Acaso piensas vivir de gratis?”
“Eres una burra, mejor ponte a limpiar”.
“Jajaja, miren a la empleada de la casa”.
Miles y miles de comentarios como esos los recibía a diario. Me dolían, pero en el fondo pensaba que los merecía.
Me volví tan miserable que pensaba que mi vida no valía nada, que yo no tenía importancia ni futuro. Y mi madre aumentaba ese sentimiento ya que constantemente me comparaba con todos mis hermanos, vecinos o cualquier persona que tuviera más logros que yo.
De entre todos ellos había dos hermanos que parecían odiarme por la forma en que se la pasaban humillándome. Sus nombres son Fernando y Carlos.
Fernando es alto y blanco, razón por la cual se cree superior. Es grosero, narcisista y una de las personas más viles que puedas conocer. Al menos lo es con la familia, porque cuando está con desconocidos se comporta como un ángel. El fiel retrato de un lobo disfrazado de oveja.
Por su parte, Carlos es moreno igual que yo. Es bajito y tiene un aspecto tosco. Sus brazos están cubiertos de tatuajes y casi siempre lleva el cabello largo. No lo conozco tanto debido a que él estaba en otro país y volvió cuando yo tenía casi ocho años. Poco después se casó. Lastimosamente vive muy cerca de nosotros y siempre he sido su blanco de burlas.
Había días en los que Carlos ensuciaba sus zapatos con lodo y entraba justo cuando yo estaba trapeando. Luego se sacudía fuertemente sobre el piso y empezaba a bailar por toda la sala mientras decía:
—A ver, empleada, ponte a limpiar.
—Dime cuánto quieres que te pague para que limpies mi casa también. O mejor no, tu deber es hacerlo gratis.
Luego se marchaba soltando una carcajada malévola que me hacía sentir miedo, tristeza y mucho enojo.
Durante mucho tiempo respondía a cosas como esas, pero todo terminaba peor. Así que aprendí a callar. No importaba lo que dijeran o lo que me hicieran; guardar silencio era la mejor opción para mí.
Mi otro hermano, Fernando, era mil veces peor. Aunque no vivía en casa, venía seguido porque solo estaba a unos minutos de distancia. Él era quien durante toda mi infancia me rechazaba y se burlaba de mi físico.
Cada vez que venía hacía lo que le daba la gana. Comía todo lo que se le antojaba; llegaba al punto de llevarse una olla entera de arroz a la sala y terminarse todo ahí. Dejaba comida tirada en el piso, cáscaras de fruta regadas por todas partes y luego simplemente se iba.
Muchas veces intenté decirle algo, reclamarle que no hiciera eso, pero se enojaba tanto que empezaba a insultarme con un tono de voz muy elevado. Era tan machista que decía:
—Tú eres mujer y debes limpiar todo, para eso sirves.
El resto de insultos es mejor no mencionarlos.
Había veces en las que perdía la paciencia y le gritaba que se fuera, pero él siempre respondía de una manera mucho peor. Sentía que había tanta maldad dentro de él… no sé si sería por traumas, resentimiento o simplemente por crueldad. Nunca pude comprender por qué era así conmigo.
Luego recordaba que ni siquiera quería a su propia hija y que también la despreciaba por ser morena. Entonces pensaba: si a ella no la quiere, peor a mí.
Esa fue mi rutina durante mucho tiempo. Llegó un punto en el que, de tanta agua y detergente, mis manos comenzaron a lastimarse. Eran como pequeñas grietas y llagas que me ardían cada vez que lavaba algo.
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narrativa filosófica y existencial, narrativa autobiográfica
Editado: 24.05.2026