Sospechosamente Culpable

Capítulo 3 - Cinco cartas al amor

Fragmento 1- Enrique

Para ese punto de mi vida, muchas cosas ya habían cambiado dentro de mí. Me sentía más segura y con más control sobre mí misma, pero no era una estabilidad con buenos cimientos. Aún tenía muchas heridas sin sanar que, de vez en cuando, volvían a sangrar. En el fondo sabía que muy pronto volvería a caer, aunque no sabía cómo ni por qué.

Trabajar en la papelería fue una de las mejores cosas que pude haber hecho. Mi seguridad ante la gente estaba mejorando y el hecho de volver al mundo después de haber pasado casi dos años encerrada en casa fue revelador.

Mi relación con Cecilia fue creciendo y, hasta el día de hoy, ha sido una de las hermanas a las que más cariño he tenido, aunque también puede ser un poco destructiva de vez en cuando. El problema radica en que es una persona muy cerrada para ciertos temas y, básicamente, si no haces las cosas como a ella le parecen, puedes llegar a conocer el peor lado de su personalidad.

Por eso solía callarme muchas cosas. Siempre trataba de hacer lo que ella consideraba correcto; siempre buscaba la manera de no desagradarle.

Ella me daba muchos consejos y, al ser tan devota de Dios, trataba de acercarme a Él de maneras directas o indirectas. Solíamos ver películas religiosas, me hacía leer la Biblia y otros libros cristianos todos los días. Rezábamos el rosario e íbamos a misa seguido.

La verdad es que supe adaptarme bien a esa rutina. Solo quería pertenecer a mi familia sin conflictos de por medio. Pero, aún así, nunca me sentí cómoda del todo. Nunca fui yo.

No sentía el mismo fervor que Cecilia, ni la misma fe. En realidad, no sentía nada. Pero al menos me reconfortaba saber que podía mantener las cosas en calma sin arruinarlo todo con mi forma de ser. Básicamente, estaba jugando a ser otra persona.

Aún así, nunca me abandoné por completo. Seguía leyendo mis libros, escribiendo mis pensamientos y, de una forma u otra, trataba de invertir en mí.

Lo triste era saber que había partes de mí que me gustaban, pero que debía ocultar porque no eran del todo aceptadas. Y dolía tener que esconder tu esencia, tus pensamientos y ciertas partes de ti frente a las personas que realmente amabas.

Me dolía saber que había cosas que tenía que vivir sola, porque nadie más parecía entenderlas.

Con respecto a mi físico empecé a tratar de arreglarme más seguido, Cecilia solía decirme que para atender a los clientes tenía que estar presentable. Así que me regalaba ropa y artículos de belleza para que pudiera lucir mejor. Hacía lo mejor que podía y a decir verdad había mejorado bastante en comparación de la pobre adolescente que era hace años. En ese momento lo único que me afectaba eran mis dientes, los colmillos sobresalían demasiado cada vez que hablaba y no eran unos colmillos normales o esos que las películas lo romantizan cuando hablan de vampiros. Eran unos que habían nacido encima de otros dientes y ni siquiera podía sacarlos porque eso traería más consecuencias, la única forma era una ortodoncia pero en ese entonces no contaba con el dinero suficiente para hacerlo.

Recuerdo que ya faltaban pocos días para que comenzaran las clases así que trataba de aprovecharlos al máximo. Había días que me quedaba en casa y otros en los que iba a la papelería. Para ser sincera manejaba bastante bien ese equilibrio.

Mi adicción a la limpieza se había normalizado, y justo en ese tiempo formé una muy buena relación con mi sobrino, sí, el mismo que hace años me salvó de mí era alcohólica. Para ese entonces él tenía alrededor de dieciséis años y se había pasado a vivir más cerca de nosotros, empezamos a tener conversaciones profundas acerca de la vida y de nuestros sentimientos. Él me contaba como también había estado viviendo su propio infierno en completa soledad, y yo le contaba el mío. Nos entendimos de maravilla y solíamos darnos apoyo mutuo.

Pude entenderlo perfectamente y eso me hizo pensar que alrededor del mundo hay tantas vidas sufriendo en silencio sin que el mundo lo sepa. A diario vemos y conocemos a miles de personas pero pocas veces pensamos en cómo se sentirán realmente ellos. Que dolores internos tendrán, que traumas o que clase de problemas rondaran por sus misteriosas vidas. Cosas como esas me daban fuerzas para continuar porque sabía que en alguna parte del mundo había alguien pasándola igual o peor que yo.

Jeremy era el nombre de mi sobrino, era casi igual de alto que yo, tenía la piel blanca y el cabello semi ondulado y una peculiar sonrisa que lo hacía atractivo. Su forma de pensar era muy madura para la de un chico de su edad, y en sus profundos ojos negros guardaba tanta tristeza que no podía controlar. Mi familia lo juzgaba constantemente, Fernando y Carlos solían burlarse de él, le decían que nadie lo quería, que él era un chico abandonado.

Ya que su padre lo había abandonado desde que él tenía dos años y su madre se la pasaba trabajando todo el día. Por lo que no tenía tiempo para estar con él. Debido a eso, Jeremy pasaba todo el tiempo con nosotros, incluso le decía mamá a mi madre. Ver como lo trataban me dolía porque yo podía entenderlo completamente, su dolor y su historia es muy diferente a la mía pero podía entender cómo es sentirse rechazado y burlado por tu propia familia. Así que para ese punto él y yo solíamos ser ese refugio familiar que tanto necesitábamos.

Conforme pasaba el tiempo nos convertimos en buenos amigos. Veíamos series y películas, cocinábamos juntos e incluso tomábamos juntos, él fue una de las personas que me ayudó a controlar el alcohol, era super interesante ver el gran dúo que éramos.

Una larga noche después de terminar de limpiar nos sentamos a platicar, aprovechando que todos habían salido a una fiesta.

— Sabes Liz..algún día tu y yo saldremos de aquí. Vas a ver que vamos a triunfar, nos iremos lejos de esta casa. Tendremos nuestro propio departamento y quién sabe tal vez una casa. Y espero que todo eso sea en otro país.




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