Fragmento 1 - Enrique
Finalmente, un día me dijo:
—Hey, linda, es hora de conocernos. Ya quiero verte, tenerte y abrazarte. ¿Qué te parece si nos vemos en un parque de Santa Vera? Nos queda perfecto a los dos porque es una ciudad intermedia. ¿Qué te parece?
Su propuesta era razonable, ya que él vivía en Cuenca. Y yo era de Monteluz. Básicamente eran casi dos horas de distancia, por lo que Santa Vera era el lugar perfecto para los dos. Aunque pensándolo bien, él tenía carro y fácilmente podía venir hasta donde estaba yo pero en fin…
Al leer aquel mensaje mis ojos se llenaron de lágrimas y mi corazón empezó a palpitar rápidamente. Estaba tan feliz, ya que por fin iba a conocer al hombre de mi vida. Sentía que cada maldito segundo de espera había valido la pena.
Fijamos el día y la hora de nuestro gran encuentro. Sería el viernes de esa semana a las cuatro de la tarde. Me quedaba perfecto porque en esas fechas estaba realizando un proyecto grupal del colegio. Entonces tenía la excusa perfecta para salir. No me importaba mentir o faltar a clases solo quería verlo a él. Saber que todo lo que vivimos era real.
Después de tres días, finalmente había llegado el tan esperado momento. Apenas amaneció tomé el teléfono y le deje un mensaje:
—Buenos días, ¿cómo amaneciste? Estoy tan emocionada por conocerte. No sabes lo feliz que me hace la idea de abrazarte y mirarte a los ojos para decirte lo mucho que te quiero. Quiero que sepas que este día es el más feliz de mi vida y que tú eres lo más importante que tengo. No quiero cansarte con mis palabras, así que mejor te diré todo lo que siento cuando te vea. Avísame cuando vayas de salida para poder llegar al mismo tiempo.
Después de dejarle aquel mensaje, fui rápidamente a hacer mis cosas para desocuparme pronto y tener tiempo de arreglarme. Estaba tan emocionada que limpiar la casa ese día fue tan sencillo. Una vez que termine fui inmediatamente a arreglarme, luego de bañarme empecé a buscar la mejor ropa que tenía para darle una buena impresión. Después de tantos intentos y de tanto probarme la ropa. Por fin encontré algo que me sentaba bien. Era un buzo celeste con un hermoso diseño que se ajustaba a mi cuerpo y unos jeans holgados que use junto con unos zapatos deportivos blancos. Luego de eso, me dispuse a arreglarme el cabello. Un par de horas después estaba lista.
En todo ese tiempo no había revisado mi celular, tan solo estaba escuchando música y enfocada en ponerme bonita para él. Y cuando ya había terminado mire a ver si ya me había respondido pero para mi sorpresa no había ningún mensaje de él. Pensé que estaba ocupado, así que no le di mucha importancia.
Era ya la una de la tarde y seguía sin saber nada de él. Estaba nerviosa y no sabía qué hacer o en qué pensar. Mientras tanto fui a la papelería para poder hacer algo y tratar de distraerme.
Estaba revisando la hora todo el tiempo, hasta que ví que ya eran las tres de la tarde. Faltaba tan solo una hora para nuestra cita, él debería estar en camino. Pero todavía no tenía ninguna respuesta de su parte. Estaba ansiosa y no sabía qué hacer, miles y miles de ideas cruzaron por mi cabeza. Traté de mantener la calma lo más que pude, no podía permitir que mis hermanas se dieran cuenta de la situación, ya que ellas no tenían idea de la existencia de Enrique.
Finalmente el reloj marcó las cuatro de la tarde y ahí estaba yo, desesperada sin saber dónde carajos estaba él o si algo le había pasado. Así que le deje otro mensaje:
—¿Estás bien? Dime, ¿te pasó algo? Por favor responde, estoy muy preocupada. Llevó todo el día pensando en ti, dime algo por favor.
Nuevamente pasaron las horas y no tuve respuesta. Lo curioso era que los mensajes sí le llegaban, lo que significaba que si tenía señal. Conforme el tiempo seguía pasando más triste me sentía. Eran ya las seis de tarde y no tuve más remedio que ir a clases.
Al llegar ahí no tenía cabeza para nada. Amelia buscaba la manera de animarme pero no conseguía resultados. A la hora del receso, fuimos a sentarnos a los graderíos del patio trasero, todo era oscuro y solitario pero al menos teníamos la hermosa vista del cielo estrellado.
Al estar ahí empecé a llorar, no sabía que estaba pasando. Me iba despedazando poco a poco. No podía entender como Enrique tenía el poder de ponerme así.
Amelia me decía:
—Ya deja de llorar, me enoja que mis amigas se pongan a llorar por un hombre. Y entiende que Enrique es un imbécil, no te merece. Seguro está por ahí con alguien más y tú ni siquiera está pensando en ti.
Sus palabras me lastimaban pero sabía que ella tenía razón, pero yo no podía controlar mis sentimientos. Por más que me dieran mil razones para odiarlo yo no podía hacerlo.
Amelia cansada de todo eso, tomo mi teléfono y le mando un audio a Enrique:
—Mira hijo de tu madre, mal nacido. ¿Quién te crees que eres para hacerle sufrir a mi amiga? Eres un poco hombre, al menos ten el valor de responderle y decirle que no la quieres. Deja de mentirle imbécil. Y qué es eso de dejarla plantada, poco hombre. Además tienes carro que te cuesta venir a verla, dime, no te cuesta nada y si de verdad ella te importara hubieras venido a verla desde hace tiempo.
Luego de eso ella apagó mi teléfono y lo guardó en su bolsillo. Me miró y me dijo:
—Entiendo que esto es difícil pero no puedes seguir así por alguien como él. Espérame aquí voy a traer algo que te va a ayudar.
Al cabo de unos minutos ella volvió con dos botellas de alcohol, se sentó junto a mi y empezó a servir la bebida.
—Ten, bebe esto. Ya verás como poco a poco te vas a olvidar de él.
Sin pensarlo demasiado empecé a beber como si nada en el mundo me importara. Solo quería apagar lo que estaba sintiendo en ese momento. Sin darnos cuenta ya nos habíamos acabado las dos botellas, pero creo que no sirvo de nada porque el alcohol solo intensificó aún más el dolor que sentía.
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narrativa filosófica y existencial, narrativa autobiográfica
Editado: 27.06.2026