Sospechosamente Culpable

Capítulo 3 - Parte 4

Fragmento 1 - Enrique

Al leerlas, nada más importó. No importaba lo que hubiera hecho antes. Lo único que quería era volver a tenerlo en mi vida.

Así que respondí rápidamente:

—Yo también te extraño. Me haces mucha falta.

No pensé en nada. La única idea que pasaba por mi mente era: “Él volvió, de seguro me extraña. Desde ahora haré todo lo posible por complacerlo y hacer que se enamore más de mí. Todo con tal de que no vuelva a irse”.

Los días posteriores seguimos hablando, pero él ya no era el mismo de antes. Continuaba distante conmigo. Yo trataba de no reclamarle nada porque tenía miedo de que volviera a desaparecer.

Intenté ocultarle a Jeremy que había vuelto a hablar con Enrique, pero él me conocía demasiado bien y casi de inmediato se dio cuenta.

—Volviste a caer, ¿verdad? Mira, Liz, ya no sé qué más decirte. Sé que no es tu culpa, pero él va a volver a lastimarte. Esto está mal y tú no estás enamorada de él. Eso no es amor. Has caído en un círculo destructivo de dependencia emocional.

La poca lógica que aún quedaba en mí podía entender lo que decía, pero para ese punto ya pensaba más con el corazón que con el cerebro.

—Lo sé, Jeremy. Sé que esto está mal, pero no puedo controlar lo que siento. Por más que intento no pensar en él, se me hace imposible. Soy consciente de que me estoy lanzando a un abismo de oscuridad. Lo sé, y me da miedo, pero siento que no puedo evitarlo.

Jeremy trataba de entenderme, aunque al mismo tiempo pasaba horas dándome explicaciones sobre cómo salir de aquel “enamoramiento”. Sin embargo, mi mente hacía caso omiso a cada una de sus palabras.

Una noche, mientras charlaba con Enrique, él volvió a proponer otra cita, a la misma hora y en el mismo lugar. Esta vez sonaba sincero. Decía que quería compensarme por aquella ocasión en la que me dejó sola.

—Siento mucho lo de esa vez. Sé que me porté como un imbécil, pero déjame arreglarlo mañana. De verdad quiero verte. Quiero tenerte cerca de mí.

Me ilusioné nuevamente como una loca. Verlo era lo único que quería en aquel momento. Sonaba tan sincero, tan arrepentido, que no dudé en darle otra oportunidad.

—Lo único que quiero es verte. No me importa nada más. Confío totalmente en ti. El simple hecho de saber que mañana podré tenerte junto a mí hace que cualquier espera haya valido la pena.

Tan pronto como amaneció, me apresuré a enviarle un mensaje para expresarle lo emocionada que estaba. Al mismo tiempo le escribí a Amelia para que me ayudara a salir sin que nadie de mi familia se enterara.

—Amelia, tienes que ayudarme. Hoy por fin voy a salir con Enrique. Sé lo que piensas sobre todo esto, pero necesito que me ayudes.

Amelia respondió al instante:

—¡Estás loca! Mira, mejor no te digo nada. Pero… ¿en qué quieres que te ayude?

No tenía mucho tiempo para armar un plan, así que lo primero que se me ocurrió fue inventar un trabajo grupal y decirles a mis hermanas que iría a casa de una amiga. Ellas ya conocían a Amelia, así que confiaban en ella.

Le expliqué rápidamente el plan. No estaba muy feliz con la propuesta, pero aceptó; después de todo, lo único que tenía que hacer era mentir.

Solo había un problema: Enrique.

Ya habían pasado varias horas y seguía sin tener ninguna respuesta de su parte. Todo apuntaba a que, una vez más, se había olvidado de mí. Por más que traté de buscar una justificación, no pude encontrar ninguna.

Después de varios minutos intentando entender la situación, todo el dolor que sentía comenzó a transformarse en enojo. Era como si mi parte consciente se hubiera despertado.

Pero no era solo enojo hacia él, sino también hacia mí.

Sabía que él era un imbécil, pero también sabía que el amor necesita de dos idiotas para funcionar.

Tomé el teléfono con la intención de enviarle un mensaje diciéndole todo lo que llevaba guardado dentro de mí. Sin embargo, al desbloquear la pantalla, me quedé helada.

Había publicado una historia en WhatsApp.

En ella aparecía en una discoteca, celebrando el cumpleaños de un desconocido.

El enojo que sentía se duplicó al instante y, al mismo tiempo, las lágrimas volvieron a aparecer. Sin pensarlo demasiado, le envié un audio:

—Eres un desgraciado. No puedo creer la clase de persona que eres. Solo eres un inmaduro que no sabe lo que quiere. Se supone que hoy íbamos a vernos y, otra vez, se te olvidó. Me cambiaste por una fiesta, por emborracharte con personas que ni siquiera conoces. Además, ¡es mediodía! ¿Qué te pasa?

Respiré con dificultad antes de continuar.

—La verdad es que estoy decepcionada de ti. Ahora mismo voy a ir hasta Cuenca para hablar contigo y decirte en la cara la clase de persona que eres.

Inmediatamente salí de mi casa y me dirigí a la de Amelia.

Al llegar, le conté todo lo sucedido. Le dije que quería ir a verlo, pero que no sabía cómo llegar y le pedí que me acompañara. Ella tenía mucha más experiencia moviéndose por esos lugares.

Cuenca era una ciudad grande y, hasta entonces, solo había ido unas pocas veces junto a mi familia. Nunca había viajado sola y mucho menos en bus, así que no tenía idea de cómo llegar.

—Estás completamente loca, Lizbeth. Claro que no te voy a ayudar —respondió—. Mira la hora que es. Entre ir y volver ya va a anochecer. Además, a ese tipo ni siquiera lo conoces en persona. Es peligroso. Sabes que no tengo tiempo para estas cosas. Mejor olvídate de él.

En ese momento no entendía las razones; solo quería verlo.

Desesperada, empecé a suplicarle entre lágrimas:

—Por favor, Amelia, ayúdame. No te pido nada más. Sé que es una locura, pero entiéndeme. Si no lo hago, no voy a poder quedarme tranquila. Mira, haz de cuenta que es un trabajo. ¿Cuánto ganas en un día? Dime y te pago eso. También te pago los pasajes y te compro tus chocolates favoritos. Haré todo eso, pero por favor ven conmigo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.