Como si la vida no tuviera más opción que joder mí ya confundida existencia, después de tener el mejor sexo de mi vida e intentar salir de casa de Samanta sin que su tía se diera cuenta, encontré una nota en la reja principal. Estaba escrita con letra elegante. Al principio pensé que era un mensaje para algún repartidor, pero cuando vi mi nombre en mayúsculas, cualquier rastro de alegría se fue al carajo.
«Joven DAMIÁN: La policía tiene una descripción exacta de usted. No vuelva a meterse en mi casa sin mi consentimiento. Lo conozco. Sé quiénes son sus padres. Es uno de esos chicos del barrio donde vivió la madre de Samanta. Espero que sepa su lugar y que no involucre a mi sobrina en sus mañas de sinvergüenza».
Llegué a casa preocupado y con los nervios a tope. Que su tía me hubiera pillado lo complicaba todo. Ella podía tomar represalias contra Samanta; desde encerrarla hasta amenazarla con llamar a su papá. Por suerte, pude inventarles una excusa a mis padres sobre por qué me quedé en casa de Brian, pero pasé el resto del domingo dándole vueltas a todo. No sabía cómo digerir ese mensaje y mucho menos cómo decirle a Samanta que su tía ya sabía que yo había estado ahí. Ahora, mientras caminaba hacia la escuela, no podía evitar sentirme inquieto. Mi cabeza era un vaivén de pensamientos negativos y, lo que era peor, sentía que el tal Steve me pisaba los talones, listo para arruinarlo todo.
—Miren quién decidió honrarnos con su presencia — comentó Brian en cuanto aparecí— Nuestro querido capitán. Llegas tarde. Estás dando una imagen de mierda, Damián. Se supone que tú eres el responsable. ¿Cómo vas a reclamarnos algo si tú mismo andas volado?
A su lado, James y Ben se rieron, atrayendo la mirada de media escuela. Puse los ojos en blanco y pasé de largo.
—¡Oye! ¡Hablamos contigo! — insistió Brian siguiéndome— Traes cara de perro. ¿Qué pasó con la rubia? ¿Solucionaron lo suyo o no?
Me detuve en seco y giré.
—¿No tienen nada mejor que hacer? — pregunté cruzándome de brazos.
—Damián, estuvimos todo el fin de semana pensando en ti. No puedes aparecerte así y no soltar ni una palabra —intervino Ben fingiendo seriedad—
—Hay que saltarse Matemáticas. Necesitamos el chisme — agregó James — Además, no hice la tarea—
Sacudí la cabeza y seguí caminando.
—No. Ni lo sueñen —respondí— No voy a hablar de Samanta con ustedes, así que déjenlo ya—
En un segundo me rodearon, cortándome el paso. Brian se cruzó de brazos con esa sonrisa de imbécil.
—Detente ahí, Romeo. No te estamos preguntando. Si no sueltas la lengua, le digo al entrenador que andas distraído por tu rubia y que vas a joder el partido de la final—
Ben y James asintieron. Respiré profundo para no estamparle la mano en la cara ahí mismo.
—Eres un maldito chismoso, Brian —gruñí— ¡Métete en tus asuntos! El otro día el entrenador me dio un sermón por tu culpa—
—Lo siento, amigo. Solo me preocupo por ti — dijo fingiendo lástima— ¡El sabado estabas tan mal que casi me orino de la risa viéndote llorar! —
James y Ben soltaron una carcajada que retumbó en todo el pasillo.
—¡Deberías haberte visto! —balbuceó James—. «Díganle que la amo, díganle que la amo». No parabas de repetir esa mierda. ¡Fue épico! —
—Por cierto, me vomitaste mis tenis favoritos —añadió Ben— Te los voy a cobrar, que lo sepas—
Resoplé, sintiendo que me explotaba la cabeza.
—Son unos idiotas. Está bien. Hablamos después de clases, pero ni crean que voy a entrar en detalles. No quiero que hablen con nadie de lo que pasó. Tuve que inventarles una excusa a mis padres y si se enteran que les mentí, me voy a meter en problemas—
Brian me dio una palmada en el hombro todavía sonriendo.
—No te pongas sensible, capitán. Solo asegúrate de que esa cara de aburrimiento desaparezca antes de que el entrenador lo note. Nos vemos más tarde—
Pasé el resto del día concentrado en las clases, o al menos intentándolo, mientras trataba de evitar a Estefany y a su grupo de amigas. La manera en la que terminamos el sábado había sido un desastre. Ella tiene un orgullo del tamaño de la escuela; su reputación como chica popular es más importante que cualquier otra cosa. Que haya presenciado mi discusión con Samanta solo agregaba más tensión entre nosotros. Aunque hace poco prácticamente me pidió disculpas por su comportamiento, el sábado no pudo contenerse ante Samanta, y eso hacía que nuestros encuentros fueran mucho más incómodos. No tenía intenciones de enfrentarla, al menos no ahora que mi mente era un caos.
Cogí mi mochila y salí del salón, tratando de ocultarme entre la multitud del pasillo. Fui directo a la cancha para el entrenamiento. Mis amigos ya estaban esperándome; puse los ojos en blanco y fui a cambiarme, ignorando sus sonrisas de suficiencia.
En mitad del entrenamiento, James se acercó con cautela y se me quedó viendo como si mi cara tuviera las respuestas del examen de Biología de la próxima semana.
—¿Qué pasa? —pregunté, secándome el sudor de la frente con la camiseta—
—Llevo años jugando contigo y sé que algo traes. ¿Es por ella? — James bajó el tono, asegurándose de que el entrenador estuviera lejos—Entiendo que no quieras dar detalles de lo que supongo que pasó entre ustedes, pero dime qué tan mal salieron las cosas. Creí que se arreglarían y todo eso—
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Editado: 05.02.2026