Las consecuencias de algunas decisiones nos roban la posibilidad de guardar recuerdos, pero cuando en tu conciencia hay un pensamiento tan arraigado, puede que el destino te regale una segunda o tercera oportunidad para revivirlo.
El vacío que sentía en este momento no pasó desapercibido para ninguna de las personas que rodeaban la cama. Sus miradas llenas de tristeza me producían una ligera molestia. En mi mente no había un pensamiento que justificara el por qué ellos me estaban mirando como si hubiese muerto.
Aunque estaba un poco confundido, me sentía bien.
—Damián. ¿Como te sientes? — preguntó una mujer de unos cincuenta años vestida toda de blanco —El doctor estará aquí pronto. Avísame si necesitas algo. Tu familia está aquí contigo—
Señaló mis padres, quienes tenían un aspecto bastante deplorable.
— Hola, hijo— murmuró mi mamá con voz temblorosa —
Parpadeé lentamente intentando encontrar mi voz. Había tanto ruido dentro de mi cabeza que se me complicaba reorganizar mis pensamientos.
—Me duele la cabeza— susurré intentando tragar saliva, pero tenía la garganta completamente seca— Y tengo mucha sed.
— Puedes tomar agua, Damián, pero da pequeños sorbos. Papás, los dejo solos unos minutos mientras llega el doctor. No lo agobien con preguntas, por favor. Va ir recuperando el sentido poco a poco—
— Está bien, enfermera, gracias—
La señora vestida de blanco salió de la habitación, dejando un silencio incomodo alrededor. Mi madre se acercó con pasos torpes hacia la jarra con agua a un lado de la cama. Me ofreció un pequeño vaso ayudándome a sostenerlo mientras intentaba tomar pequeños sorbos. El agua fría bajó por mi garganta haciendo que mi cuerpo temblara un poco.
— ¿Qué pasó? — Pregunté en voz baja, mirándola — ¿Por qué estoy en el hospital?
No respondió. Bajó la cabeza estrujando el vaso vacío entre sus manos. De reojo, vi a mi papá moverse con inquietud apartando la mirada de nosotros.
— Es mejor que esperemos al médico, hijo— dijo — Intenta descansar un poco—
— Tuviste un accidente, Damián— intervino mi mamá forzando una sonrisa— Pero está todo bien, ahora. No te preocupes por nada.
—¿Un accidente? —
Solo podía pensar en el entrenamiento y el partido del sábado. Intenté buscar una imagen, un sonido, pero solo encontraba oscuridad.
— No recuerdo nada— Admití sintiendo una punzada de ansiedad— ¿Cómo pasó este accidente, mamá?
— Nora, por favor, no…— la voz de mi papá cortando el aire como un látigo.
— No pasa nada si me cuentan. De todas maneras, me voy a enterar. ¿Acaso fue muy grave? Por favor, no me oculten nada.
— Damián. Esperemos al doctor. Acabas de despertar y no es conveniente alterarte—
— Pero me siento bien. Algo aturdido, pero no me duele nada.
Intenté moverme para demostrarles que en realidad estaba muy bien, cuando mis ojos se percataron del bloque de yeso blanco cubriendo mi pierna y brazo, ambos elevados por un sistema de poleas. El aire escapó de mis pulmones, y la realidad fue cayendo como un valde de agua fría que me dejó paralizado.
— ¿Qué es esto? — Solté intentando controlar mi respiración— ¡¿Qué le pasó a mi pierna?! Y mi brazo…
Traté de incorporarme de la cama, pero un dolor agudo me atravesó la espalda haciéndome gritar a todo pulmón.
— ¡Damián, por favor, cálmate! — Exclamó mi mamá presa del pánico — ¡No te muevas, hijo, por favor!
— Voy por el doctor— Agregó mi papá saliendo a toda prisa de la habitación—
Mi respiración se volvió errática, un silbido corto y desesperado quemándome el pecho. Traté de mover los dedos de la mano derecha, pero los sentía como si no fueran míos, como si pertenecieran a un extraño.
—¡Sácame esto! — Gruñí en voz alta con la mirada fija en el yeso— ¡Tengo que salir de aquí! El partido... el entrenador… yo no puedo faltar al partido… ¡ve con el entrenador, mamá! ¡Dile que estoy bien, dile que solo es un rasguño!
— Por favor, hijo— Suplicó ella tomando mi rostro entre sus manos, sus ojos anegados en lágrimas— No te muevas, te vas hacer daño. Por favor. Cálmate, ya viene el doctor. Él te va a explicar todo.
Me quedé quieto observando su rostro descompuesto por la tristeza. Un dolor angustiante se instaló en mi pecho, y la energía de mi cuerpo se desvaneció. En el silencio pesado escuchando el sollozo de mi mamá, algo empezó a filtrarse en mi mente. No eran imágenes, eran sensaciones. El olor a tapicería, el frío de la madrugada y una mano pequeña entrelazada con la mía. El recuerdo me golpeó con tanta fuerza que casi pude escuchar el eco de su risa entre el ruido de la lluvia mientras conducía por la avenida principal.
— Samanta — susurré, su nombre sintiéndose amargo en mi boca — Ella iba conmigo…
Mi madre dejó salir un suspiro y se alejó, limpiando sus lágrimas con un pañuelo. Me miró fijamente, y asintió.
— Así es, Damián. Estaban juntos—
— Ella…— no pude terminar, el nudo en mi garganta era demasiado grande y estaba obstruyéndome hasta el aire para respirar—
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Editado: 05.02.2026