Dos años después.
Las motos. Mi nuevo pasatiempo favorito. Y todo gracias a Benjamín.
—¡Oye! Si aceleras en aquella curva te revientas el cráneo, compañero —gritó él desde la valla lateral mientras intentaba seguirme el ritmo con nuestra nueva adquisición— Carga el gas antes de acelerar y notarás el cambio. El motor ruge como... bueno, ya sabes.
—¡Ya entendí, Benjamín! —lo interrumpí, soltando una carcajada mientras ajustaba el casco— No necesito tus metáforas baratas, gracias.
—Bien, me callo. ¿Cuánto tiempo más nos quedamos? Tengo que ir al campus y hay entrenamiento por la tarde, así que...
—En media hora nos vamos. ¿Hablaste con James? Quedó de venir este fin de semana.
—Pues sí, pero acuérdate que su novia no lo deja viajar solo. Más tarde lo llamo.
—Si es que te contesta —comenté soltando un bufido— Tiene el teléfono de adorno. Nunca puedo hablar con él sin que ella esté encima.
—Espero que no venga con ella. Es fin de semana de solteros. Nada de mujeres jodiéndonos la vida —Ben hizo un gesto de victoria— Termina esa vuelta y nos largamos.
Aceleré a fondo, dejando que el ruido del motor ahogara cualquier otro pensamiento. A veces era muy difícil concentrarse en el nuevo día a día si tenía a mis amigos cerca. En ocasiones, los recuerdos inundaban mi mente y la imagen de ella se convertía en una sombra posándose sobre mí. Había sido difícil intentar seguir adelante.
Los primeros meses fueron caóticos. Entre la rehabilitación, la presión de mis padres y amigos para que terminara la escuela, y el sentimiento arraigado de tristeza y soledad, casi no podía pensar con claridad. La ausencia de Samanta se convirtió en un grito constante, y por más que intenté sobreponerme, algo dentro de mí se mantuvo vacío.
Hubo noches en las que buscaba desesperado en cada red social, o lista de contactos, algo que me diera una pista de su paradero; pero fue en vano. El muro que levantaron a su alrededor fue absoluto. Me dolió más su silencio que las fracturas en mi cuerpo, sin embargo, eventualmente tuve que aceptar que me había borrado de su vida. Esa rabia, ese sentimiento de ser un cabo suelto en su historia, fue lo que me impulsó a levantarme de la cama.
Ben y yo nos postulamos a la misma universidad gracias a algunas recomendaciones del entrenador, y a pesar de que no pude ganar una beca deportiva debido a mis lesiones después del accidente, gracias al papá de Ben logré conseguir media beca por mis buenas calificaciones.
En este momento, estaba haciendo todo lo posible para que me aceptaran en el equipo titular de la universidad. El entrenador me había dado una oportunidad: si demostraba que mi velocidad de reacción estaba a la altura, me daría un puesto en la rotación para el próximo torneo. Jugar de nuevo básquetbol era la única forma que conocía de recuperar al Damián que existía antes de que todo se volviera oscuridad.
— Hey, ¿cómo te sentiste? — Preguntó Ben en cuanto me bajé de la moto— La pierna… ¿todo bien? llevas meses entrenando. No creo que sea bueno forzarla.
—Estoy bien. Nada de qué preocuparse. El lunes tengo las pruebas. El capitán del equipo va estar supervisando todo.
— Pues entonces prepárate. El tipo es un egocéntrico de mierda. Hace todo lo posible para lucirse con las chicas, y si ve que alguno de nosotros hace mejores pases que él, se desquita en los entrenamientos después. Es insoportable.
Reí.
— Relájate. No quiero entrar al equipo para robarle el protagonismo. Solo quiero volver a jugar y divertirme también. Me siento vivo cuando estoy en la cancha, Ben. Además, quiero estar en la lista del torneo de la conferencia. Si consigo entrar, podremos jugar juntos de nuevo.
—¡Eso sería increíble! —exclamó soltando un silbido— Te imaginas lo que puede ser nosotros juntos de nuevo en la cancha… ¡como cuando éramos novatos! Seríamos imparables, Damián. Los viejos tiempos, pero con esteroides.
—No te hagas ilusiones todavía —le advertí, aunque una chispa de esperanza me encendió el pecho por primera vez en mucho tiempo— Primero tengo que pasar la prueba de ese capitán tuyo.
—Enserio, ten cuidado. No dejes que se te meta en la cabeza. Él sabe quién eras tú. Sabe que, si estás al cien por ciento, su puesto de estrella corre peligro.
Sacudí la cabeza, no queriendo enfrascarme en sus palabras. No necesitaba protagonismo y tampoco lo quería. Tuve algo de ello en la escuela y nunca me hizo sentir cómodo. Mi único objetivo era regresar a las canchas y si era posible, conseguir reivindicarme conmigo mismo.
Condujimos de vuelva al campus, escuchando a todo volumen la banda de Rock favorita de Ben. Llegamos al complejo de edificios de ladrillos rojos, repleto de estudiantes bulliciosos. Al estacionar, Ben revisó su teléfono.
—Maldición— Resopló con mala cara—
— ¿Qué pasó?
— James está en el aeropuerto… con Cintia. ¡Joder! Le dije que no la trajera. ¿Por qué demonios no nos escucha? — Preguntó exasperado— Damián. Prepárate para soportar una noche llena de indirectas y comentarios despectivos.
—Genial— Ironicé— Justo lo que necesitaba para relajarme este fin de semana.
Salí del auto dando un portazo, y caminé hacia la entrada. Ben me alcanzó en tres zancadas, y me miró con una mueca de resignación.
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Editado: 19.02.2026