Abrí los ojos lentamente con un guayabo monumental de esos que no solo te agotan la mente, sino que dejan un hueco negro al día siguiente. Después que empecé a trabajar en el bar, mis noches libres casi siempre terminaban igual: yo, en casa de alguno de mis compañeros desplomado sobre el sofá. Ese era mi refugio durante los últimos meses desde que todo se fue al garete debido al accidente.
No estaba entre mis planes convertirme en un borracho sin control, menos ahora que las pruebas para volver a las canchas eran una realidad; pero había un patrón recurrente en mí cada vez que algo o alguien me recordaba a la chica de ojos verdes que atormentaba mi existencia. Y digo atormentar por qué eso era precisamente lo que había pasado anoche cuando James mencionó su nombre.
En estos últimos meses, aprendí a canalizar mis pensamientos negativos con entrenamientos y, otras veces— como anoche— emborracharme hasta perder el sentido. No estaba orgullo de ello, pero oye, era solo un tipo pretendiendo que todo iba bien e intentando sobrellevar alguno de mis fracasos.
Supongo que el reencuentro, fue la excusa para soltar aquel comentario que no esperaba para nada. Un límite que mi amigo decidió cruzar aun cuando infinitas veces le pedí que no lo hiciera, pero no podía hacer nada al respecto cuando ellos fueron testigos de mis días más grises.
— Hey, Damián. Tenemos que irnos— Dijo Ben de pie frente al sofá mirándome con una sonrisa burlona— Amigo, te ves como la mierda. Creo que anoche se te pasó la mano.
—Quiero seguir durmiendo. Déjame en paz — Refunfuñé cubriéndome el rostro—
— ¡Ya son las tres de la tarde, Damián! — exclamó él pateando la pierna que colgaba fuera del sofá — Hay que aprovechar que James está aquí. ¡Muévete!
— Está con Cintia hoy, Ben. A lo mejor van a pasar la tarde juntos y esa mierda.
—No. Me llamó hace poco. Apúrate. Tenemos el tiempo justo.
Gemí internamente mientras intentaba ponerme de pie. La cabeza me daba vueltas y mi estómago rugía con fuerza, recordándome que no había probado bocado anoche.
La idea de subir a un taxi y soportar media hora de camino a los dormitorios de la universidad no era precisamente lo más conveniente, teniendo en cuenta que tenía el estómago hecho un nudo, pero Ben comenzó a refunfuñar sobre cómo era un mal amigo hasta que pude levantar cabeza.
El camino hacia el campus se sintió pesado. Entre el hambre, las ganas de vomitar y las habladurías de Ben mi estado de ánimo se fue a pique. Quería seguir durmiendo, pero también necesitaba un baño con urgencia, así que en cuanto el taxi se detuvo en la entrada de nuestro edificio, me bajé y salí prácticamente corriendo ignorando el grito de Ben que quedó atrás.
— Damián que bueno que te veo. Tenemos que…
— Lo siento, amigo. Después hablamos— Interrumpí a mi compañero, sin detenerme, levantando una mano de forma vaga mientras mis pasos resonaban en el pasillo.
Sin previo aviso entré en la habitación, y fui directamente al baño. Me dejé caer sobre el retrete, las ganas de vomitar haciéndose más urgentes. Mi estómago hizo una voltereta. El ardor me subió por la garganta quemando todo a su paso, y vomité sin control mientras mis brazos débiles intentaban sostener el peso de mi cuerpo.
Me quedé ahí por un buen rato de rodillas, respirando desigual y con la frente apoyada entre mis brazos. Recodé levemente la conversación con James y como me hizo sentir el saber que Samanta había vuelto a la ciudad, lo que me produjo otra arcada desagradable. Un sentimiento extraño se instaló en mi pecho haciéndome sentir vacío. De nuevo la tristeza parecía querer derrumbarme y el sonido de mi propia respiración se sintió lejano.
— ¿Damián?
Entre la bruma de mis pensamientos caóticos, se filtró esa pequeña voz. Cada músculo de mi cuerpo se tensó y cerré los ojos por un momento intentando convencerme a mi mismo que la voz que estaba escuchando no era la de ella. Tenía que ser un sueño, o quizás estaba aluciando producto de la resaca.
Exhalé, y como pude me limpié la boca con el dorso de la mano obligándome a incorporarme un poco. En el momento en que nuestros ojos hicieron contacto visual, el aire volvió a escapar de mis pulmones.
— Damián…te ves…
— Como la mierda, ya lo sé— respondí con voz rasposa interrumpiéndola— Definitivamente no estoy alucinando. Si eres tú.
— ¿Lo siento? — Soltó ella haciendo una mueca— También estoy sorprendida, créeme.
— ¿Qué haces aquí, Abril? — Pregunté con un nudo en la garganta —
Verla, removió la herida que creí estaba cerrada y por más que intenté no dejarme afectar, no pude evitar la presión en mi pecho casi asfixiante. Sus ojos me miraron con preocupación, y señaló a mi compañero que todavía estaba en la cama envuelto entre las cobijas.
— Soy la cita de tu compañero de cuarto… creo— Murmuró con una expresión de disculpa en su rostro—
Me quedé en silencio, procesando sus palabras mientras el sabor del Bourbon seguía amargándome la lengua. Abril, la mejor amiga de la persona que más intentaba olvidar, estaba durmiendo en mi habitación.
— Esto tiene que ser una jodida broma — Solté con una risa seca, carente de gracia — Tú eres la chica que estudia artes… ayer no los dijo… — Volví a reír esta vez con más fuerza— ¡Maldita sea mi suerte!
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Editado: 19.02.2026