Soy Damián

Capítulo 24

¿Podría ser más patético de lo que era ahora?

Esa pregunta llevaba más de dos horas repitiéndose en mi mente mientras contemplaba el techo de la habitación. Ni siquiera pude levantarme para ir a entrenar.

Anoche, después de que el llanto me drenara, intenté dormir, pero el recuerdo de todo lo que había vivido desde que la vi, se coló en las grietas de mi dolor. Fantaseé toda la jodida noche con ella; con su voz, con el roce de su piel, con sus ojos verdes llenos de felicidad mientras la abrazaba. Todos los recuerdos cayeron sobre mí casi ahogándome.

Esta mañana, la realidad me golpeó recordándome que era un imbécil: desperté con una erección del tamaño de mi propio miedo, y culpa. No era como si nunca hubiese despertado con una erección matutina, pero esta vez, definitivamente esa reacción natural de mi cuerpo, tenía un nombre. De nuevo comprobé, que era un maldito demente por pensar en ella de esa manera cuando lo único que causaba en mi vida era dolor.

Me cubrí la cara con ambas manos y gruñí en voz alta. El sonido de mi teléfono me distrajo por unos segundos y contesté sin verificar quién era.

— Ocupado— murmuré en un gruñido molesto—

La risa burlona de Ben resonó detrás de la línea, lo que me hizo gruñir aun más. No estaba de humor para burlas.

— ¡Amigo mío! — exclamó demasiado entusiasmado para mi gusto— Joder, Damián, Deja ya tus lamentos. Una chica bastante linda anda preguntando por ti. Y no me refiero a la rubia, no te preocupes.

—No me importa.

— A ti no, pero a ella sí. La chica que besaste anoche quiere disculparse contigo personalmente. Le dije que fuera a buscarte a los dormitorios, y debe estar por llegar en menos en dos minutos.

— ¡¿Qué?!— grité, poniéndome de pie de un salto—¡Maldición, Ben! ¿Por qué mierda le dijiste dónde estaba?

—¡Oye! No culpes al mensajero. Ponte algo decente y después me cuentas. ¡Adiós!

Colgó dejándome con la palabra en la boca. Antes de que pudiese reaccionar, escuché un toque en la puerta. Eché un vistazo alrededor y juré una maldición. Ropa sucia por todos lados, restos de comida, y un olor desagradable parecía salir del baño. Casi siempre Ray limpiaba todo, pero como ha estado bastante molesto con nosotros, la limpieza de la habitación se reducía a cuando alguno tuviese un poco de tiempo.

— ¿Hola? ¿Damián? — la voz tímida de Mariam llegó desde el otro lado de la puerta — ¿Estás ahí? disculpa por venir, pero tu amigo me dijo que aquí podíamos hablar.

Mierda.

— ¡Dame un momento, por favor!

Emprendí una carrera frenética. Recogí los restos de comida y la ropa amontonada mientras abría la ventana de par en par, esperando que el aire del campus disimulara que vivíamos como animales. Me metí al baño, me enjuagué la boca a toda prisa para eliminar el mal aliento y me puse la primera camiseta medianamente limpia que encontré.

En medio de las maniobras para ponerme los pantalones, casi caigo de bruces contra el escritorio de Ray. Mi rodilla impactó de lleno contra el borde de la cama y el dolor irradió por todo mi cuerpo. Tuve que apretar con fuerza mis dientes para no gritar.

— ¿Damián? Si quieres regreso después. Creo que estás ocupado— Dijo ella, sonando insegura.

—No, tranquila. Es solo que…— callé mientras intentaba respirar pausado. Mi rodilla palpitando.

Maldito dolor.

— Está bien, no te preocupes. Te espero.

Exhalé. No tenía idea de por qué intentaba fingir que estaba en condiciones de recibir visitas. Lo que menos quería era hablar con Mariam o con cualquier otra persona, pero aquí iba de nuevo: el impostor, pretendiendo ser un hombre renovado.

Cuando finalmente me sentí presentable, abrí la puerta con una sonrisa ensayada que me dolía en los músculos de la cara. Mariam me devolvió el gesto y sus mejillas se tiñeron de un rosa suave. Se veía realmente linda, pero eso solo me recordó la culpa de haberla usado como escudo anoche.

— Discúlpame por hacerte esperar, pero la habitación está hecha un desastre. Si quieres ponemos hablar en otro lado— dije, rascándome la nunca en un gesto inquieto.

—Oh, así esta bien. Mis compañeras también son bastante desordenadas. Por mí no hay problema— respondió riendo —

— Adelante, pasa.

Ella asintió y entró con paso vacilante. Cerré la puerta mientras yo me quedaba allí de pie. El silencio alrededor se volvió un poco incomodo, pero esperé que ella tomara la iniciativa. No sabía que decir. Mi mente estaba completamente en blanco.

Me sonrió, pero el gesto fue un poco inseguro.

— Damián… quiero discúlpame por lo pasó anoche en la fiesta. Mi hermano se comportó como un idiota. No sé por qué siempre lo hace. Por eso casi nunca asisto a sus fiestas. Fue muy vergonzoso, la verdad. Mis amigos estaban ahí, y presenciaron todo. Lo siento mucho.

— No te preocupes por eso. Fue mi culpa, Mariam. No debí faltarte. Quién debería disculparse soy yo. Tu hermano solo está cuidándote. Es completamente normal.

— Mi hermando nunca entiende nada. Prácticamente te obligué a bailar conmigo. Tú no querías, Damián. No fue justo como te trató. Me siento tan apenada— murmuró cabizbaja— Es una lástima que nos hallamos conocido así. Me caes bien. Pareces un chico agradable, ya sabes.




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