Soy Damián

Capítulo 25

— Espera un momento. ¡¿Samanta hizo qué?! — preguntó James, su grito resonando por la línea— Mierda, Damián, no lo puedo creer. ¿Estás hablando en serio?

Resoplé, enojado, sintiendo que perdía el control.

— Así como lo oyes. Esta mañana fui a comprobarlo. Hice que la secretaria de la facultad revisara los archivos y allí vi su nombre. Va estudiar economía aquí también, James.

—Uy, amigo. Eres muy de malas. ¿Ya pensaste en algo? Va a ser muy difícil para ti encontrártela por ahí a diario.

—No tengo idea que hacer. Me tomó por sorpresa. Y porque la conozco muy bien, sé que trama algo. No es casualidad que haya decidido quedarse aquí.

—Lo siento, Damián. No sé que decir— murmuró él soltando un suspiro pesado— ¿Qué opina Ben?

—Ni lo preguntes. Está como loco porque abril resultó ser la conquista de Ray. Ese es otro drama en el que no quieres estar involucrado, amigo. Ahora mismo, mi vida y todo a mi alrededor es un caos andante sobre exnovias.

—No me gustaría estar en tus zapatos. Y es fin de semana. Tienes que ir a trabajar, ¿cierto?

— Sí. De hecho, ya voy tarde. Te llamo luego.

— Está bien. Por favor, mantente firme con la rubia. Enfócate en el trabajo y no pienses en ella. No me defraudes, Damián.

— Mensaje recibido. Hablamos después— dije antes de colgar la llamada.

Para cuando crucé las puertas del bar, mi jefe me dedicó una mirada de pocos amigos. Había llegado quince minutos tarde y el lugar ya estaba atestado de personas en la barra esperando ser atendidas. Mi compañero de esta noche, Sabin —un chico dos años mayor que yo y estudiante de leyes— señaló con la cabeza hacia un extremo de la barra, indicándome que atendiera a un grupo de chicas. Asentí a toda prisa, ubicándome en mi lugar. Hoy, más que nunca, necesitaba mantener la mente ocupada. Desde que supe que Samanta iba a estudiar en esta misma universidad, mi estado de ánimo se había vuelto peligrosamente voluble. Ayer por la tarde casi pierdo los estribos al creer que la veía caminar por el campus acompañada de un tipo del equipo de fútbol. Fue como recibir un golpe seco en el estómago en medio de un partido. En cuanto vi una cabellera rubia ondear con el viento, acaparando las miradas de medio mundo, se me nubló la vista.

Sentí alivio al darme cuenta de que era una ilusión alimentada por mis propios delirios. Tuve que correr directo a las canchas para despejarme con un circuito de ejercicios que me dejara físicamente destruido. Estaba seguro de que esto era solo el principio. La última vez que Samanta y yo compartimos el mismo ambiente de estudio, teníamos trece años, y ya entonces era un suplicio ver cómo cualquier idiota en la escuela intentaba llamar su atención. Tenerla ahora aquí, en mi terreno, luciendo igual de atractiva pero convertida en toda una mujer, iba a terminar con la poca cordura que me quedaba. Y la verdad era que no estaba ni cerca de estar preparado para enfrentarlo.

— Hey, Damián. ¿Estás bien? — preguntó Sabin mirándome con el ceño fruncido— Avíspate amigo. La pelirroja del fondo lleva diez minutos gritando por una cerveza. Estás muy distraído.

— Sí, lo siento, hombre. Enseguida voy— respondí, poniéndome manos a la obra.

Durante dos horas seguidas, estuve sirviendo cervezas y limpiando la barra del desastre que hacían algunas chicas derramando sus bebidas. Por un momento, el trabajo funcionó como un anestésico; era difícil pensar en mi vida cuando tenía a cuatro universitarias gritándome que querían algo "dulce y fuerte" Sabin estaba igual de ocupado que yo y, entre rondas de gritos y el alboroto general, nos reíamos divertidos mientras robábamos algún sorbo de nuestras propias cervezas.

Mientras terminaba de servir una ronda de chupitos de tequila, levanté la mirada por instinto hacia la puerta del bar. Mi corazón dio un vuelco, al notar a abril entrar seguida muy de cerca por Samanta. Llevaba unos jeans oscuros y una chaqueta que la hacía ver malditamente bien bajo las luces de neón. Sus ojos verdes barrieron el lugar con curiosidad hasta que se detuvieron en mí. No pareció sorprendida; al contrario, una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Caminaron directo hacia la barra y se sentaron justo en frente.

— Hola, Damián— Saludó abril con una sonrisa de oreja a oreja— Ray nos invitó. Dijo que este bar es el mejor de la zona. ¿Es cierto?

— Es un bar como cualquier otro— murmuré de mala gana, evitando mirar a Samanta— Tomen y circulen. Hay mucha gente hoy.

— Oye. No seas grosero. Vinimos en son de paz. Samy, ven aquí. ¿Qué quieres tomar?

Samanta se inclinó sobre la barra, con un gesto lleno de inseguridad. Sus ojos verdes parecían ir de un lado a otro temiendo hacer contacto visual conmigo. Esperé pacientemente escuchar su pedido, pero terminó negando con la cabeza. Abril puso los ojos en blanco, soltando un ligero resoplido.

— Pide algo, samanta— insistió abril — No vine hasta acá solo para ver a Damián sacudir ese trapo sucio.

Contuve un suspiro y sin decir una palabra les serví un par de cervezas para después alejarme. Todavía faltaban cuatro horas para que mi turno terminara así que necesitaba mantener la cabeza fría. Sabin, intercambió la mirada entre ellas y yo, intuyendo que algo no iba bien. Por el rabillo del ojo, vi a Ray colocarse detrás de abril susurrándole algo al oído lo que provocó que ella riera en voz alta. La expresión de Samanta se tornó molesta de inmediato. Sin decir una palabra, tomó su botella y caminó hacia el centro del bar, ubicándose en una mesa pequeña y alejada de la barra, casi en las sombras. Abril intentó detenerla estirando la mano, pero Samanta hizo caso omiso de ella.




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