—Oye, amigo. ¿Estás bien?
Levanté la mirada de mi libro de finanzas observando atentamente a Ray, quien estaba esperando que contestara su pregunta con una expresión inquieta en su rostro.
—Bien —respondí escuetamente— ¿Por qué?
—Tengo más o menos diez minutos hablando solo. No estás prestando atención, Damián. Te lo advierto, no estoy de humor para estudiar hoy. Acabo de discutir con Abril y lo que menos quiero es analizar datos. ¿Por qué no dejaste que Marcela se quedara con nosotros? Ella pudo ayudarnos a adelantar todo.
—Ray, estaba con ella porque pensé que no ibas a venir. Y con respecto a tu fatídica situación amorosa con Abril, lo siento, pero no es mi problema. Este fin de semana tengo turno en el bar desde temprano y no me va a quedar tiempo para estudiar, así que más te vale ponerte las pilas.
Resopló, enojado, golpeando su propio cuaderno sobre la mesa.
—Todo es culpa de Benjamín. Ha estado merodeando a mi chica sin importarle que supuestamente es mi amigo. ¿Sabías que ayer se fueron de fiesta juntos? Abril acaba de admitir en mi propia cara que estaba con él. ¡¿Puedes creerlo?!
Contuve un suspiro y asentí. Debía ser honesto y contarle que yo también estuve con ellos, pero observando su expresión llena de rabia, temí que hiciera una escena. Esperaría a estar en la habitación para hablar a solas con él e intentar explicarle.
—Cuando lo tenga frente a mí voy a patear su trasero —continuó él— Es un imbécil, Damián.
—¿Y qué piensas hacer con Abril? ¿Qué más te contó?
—Alguna bobada sobre estar confundida y no sé qué más, pero te aseguro que no voy a darme por vencido con ella. ¡Yo la vi primero, Damián! No me importa si estudiaron juntos o qué. Abril es mi chica ahora. Benjamín tiene que aprender a respetar.
—Ray, no creo que sea tan así —murmuré con una mueca— Es mejor que no te aferres a ella. Si Abril está confundida, dale algo de tiempo.
—¡¿Y dejarle el camino libre a Ben?! —exclamó— ¡Olvídalo, compañero! Voy a luchar por esa chica. ¡Ya verás!
Se levantó de la silla, molesto ante la mirada atenta de algunos estudiantes, y salió de la biblioteca dejándome con todo el trabajo tirado. Inspiré y exhalé hondo mientras agarraba el libro de nuevo. Era obvio que tendría que trabajar solo, así que me dispuse a leer toda la información para intentar terminar antes de que cayera la noche.
Para cuando me estiré en la silla y miré la hora en mi teléfono, ya eran las siete de la noche. La biblioteca, antes repleta de estudiantes y murmullos, ahora estaba prácticamente vacía. Solté un suspiro de alivio, cerré el pesado libro de finanzas y comencé a recoger todas mis cosas de la mesa. Justo cuando estaba deslizando mi libreta dentro de la mochila, escuché un sollozo mezclado con algunos gritos amortiguados que rompían el silencio alrededor. Me quedé completamente inmóvil, con la mochila a medio cerrar, aguzando el oído.
El sonido provenía de los cubículos del fondo, la zona de las salas de estudio privadas que tenían paredes de cristal. Pensé en marcharme e ignorar el llanto, que parecía un poco más desesperado ahora, pero me dejé llevar por la curiosidad y caminé en esa dirección, teniendo especial cuidado de no ser visto. A medida que me acercaba a la última sala, la silueta a través del cristal me resultó dolorosamente familiar. Sentí un ligero apretón en el pecho cuando su cabellera rubia, recogida en un moño alto y descuidado, resaltó bajo la luz blanca del pequeño espacio.
Samanta estaba sentada frente a una mesa llena de copias y libros abiertos, con la cabeza apoyada entre las manos y los hombros encogidos, temblando levemente mientras las lágrimas se le escapaban sin control. Su teléfono estaba tirado en el suelo, completamente destruido.
No estaba seguro de interrumpir un momento que parecía demasiado íntimo y doloroso, pero verla limpiar una lágrima de su mejilla de forma brusca y molesta, terminó por convencerme. Inspiré hondo, tragué el nudo de mi garganta y empujé con suavidad la puerta de cristal, que cedió con un leve crujido.
—Sam… —murmuré, temiendo que decidiera echarme.
Ella, levantó la vista hacia mí. Sus ojos verdes, empañados por las lágrimas y completamente desarmados, me recorrieron la cara como si estuviera asegurándose de que realmente era yo quien estaba parado ahí y no un truco de su mente abrumada. Se levantó de la silla de golpe, haciendo que las patas de metal chillaran contra el suelo del cubículo, y antes de que yo pudiese procesar el movimiento, acortó la distancia entre los dos. Salió corriendo hacia mí y se estrelló contra mi pecho, rodeándome el cuello con los brazos.
El impacto de su cuerpo contra el mío me dejó sin aliento, pero el calor de su cercanía derrumbó por un instante mi orgullo. Una de mis manos subió instintivamente a su nuca, hundiéndose en su cabello rubio para pegarla más a mí, mientras la otra la sostenía por la cintura, intentando transmitirle toda la seguridad que las palabras no podían darle. Sentí el calor de sus lágrimas empapar la tela de mi camiseta mientras sus hombros seguían sacudiéndose por los sollozos.
— Sam… ¿qué sucede? — pregunté, con el corazón encogido ante su dolor— Por favor, háblame.
Esperé que se calmara un poco mientras acunaba su cuerpo como si fuese una niña pequeña. Había tanto dolor en sus lágrimas que sentí la necesidad de protegerla de cualquier cosa que estuviese lastimándola. Ella escondió un poco más el rostro en el hueco de mi cuello, tomando una bocanada de aire temblorosa antes de poder articular palabra.
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Editado: 16.06.2026