El fin de semana se fue más rápido de lo que me hubiese gustado. Obviamente tuve que hacer turnos extras por el dinero que le debía a Ben, así que tenía que salir sobre las cuatro de la tarde y quedarme en el bar hasta casi el amanecer. Mi jefe solicitó apoyo para una fiesta privada, por lo que tuve más trabajo de lo normal, pero con una buena paga. Al principio dudé un poco si aceptar la oferta; tenía pendiente el cuidado de Samanta y, aunque ella se quejaba constantemente de mi comportamiento exagerado, me tomaba muy en serio eso de velar por su recuperación.
El sábado antes de irme a trabajar, la obligué a que se mantuviera acostada en mi cama mientras yo dejaba todo organizado. No iba a verla sino hasta el día siguiente y me causaba mucha ansiedad dejarla sola en la habitación. Decidí llamar a su amiga para que viniese a hacerle compañía, pero como estaban prohibidas las visitas femeninas después de las seis, obviamente Abril tenía que irse. Cada minuto que pasaba en el bar se sentía como una cuenta regresiva para volver a ella. Hasta me descubrí a mí mismo haciendo compras pensando en hacer que disfrutara su pequeña estancia conmigo.
A la mañana siguiente intenté despertar lo más temprano posible, pero el sueño me vencía teniendo en cuenta que llegaba casi a las cuatro de la mañana, cansado y con dolor de cabeza debido a la música estridente de la noche. Al abrir los ojos, encontraba a Samanta limpiando o simplemente haciendo sus tareas. Yo me quedaba allí recostado en la cama varios minutos, absorto contemplando su rostro angelical sin hacer el menor ruido para no distraerla. Se veía tan hermosa vistiendo mi ropa deportiva que literalmente babeaba con su presencia.
Nunca habría pensado que cambiar gasas y aplicar pomada para golpes se convertiría en mi rutina favorita. Al principio sus gestos de dolor me encogían el corazón, provocándome una oleada de rabia por no haber reaccionado más rápido y así evitar que el imbécil del capitán la golpeara; sin embargo, ella con su sonrisa y sus bromas de mal gusto conseguía hacerme olvidarlo. Las curaciones dejaron de ser una obligación y se convirtieron en un pretexto para tocarla. Amaba tocarla. Su piel suave me producía un deseo ferviente de abrazarla y no dejarla ir nunca de mi lado. La rutina que tuvimos durante el fin de semana fue tan natural que me causó miedo la manera en la que nos acoplamos, a pesar de que las circunstancias no eran las mejores. Estaba cayendo profundo de nuevo y no podía dejar de pensar que esta vez no sería capaz de resistir que se alejase de mí.
El lunes definitivamente llegó para amargar mi existencia. Obviamente Samanta no podía asistir a clases, pero ella estaba tan reacia a quedarse sin hacer nada que tuve que saltar una de mis clases e ir por su “amigo de estudio” para que me diera indicaciones sobre un trabajo que tenían pendiente entregar. Era el mismo chico que estaba con ella el primer día y por supuesto cuando le conté que ella estaba indispuesta de salud, el hombre casi salta sobre mí de preocupación. No me gustó ni un poco es actitud tan sobreprotectora, pero no quise hondar en ello y simplemente transmití el mensaje.
A la hora del almuerzo conseguí algo de comer para llevar y me fui directo al dormitorio. Me faltaban algunas clases más antes de asistir al entrenamiento de la tarde por lo que necesitaba un cambio de ropa.
Cuando entré en la habitación, Samanta estaba inclinada sobre la cama, en una posición bastante extraña y su trasero apuntaba directamente hacia mí tan firme y delicioso como lo recordaba. Juré una maldición en voz baja obligándome a apartar la mirada.
Era una maldita tortura.
Cerré la puerta con un golpe seco produciendo que ella se sobresaltara.
— Samanta, ¿qué haces? — le pregunté casi molesto señalando la posición en la que estaba su cuerpo— Siéntate bien, por favor. No es bueno para tu espalda.
— Bueno… ¿A ti qué mosca te picó? — resopló poniendo los ojos en blanco— Estoy haciendo mis estiramientos. Se llama yoga. Me cansa estar todo el día aquí encerrada sin moverme.
Recompuso su cuerpo de manera que ahora tenía las palmas apoyadas sobre el colchón y el torso arqueado hacia arriba, estirando el cuello y dejando al descubierto la curva de su espalda y su abdomen. La tela ajustada de la ropa no ayudaba en lo absoluto a mi salud mental.
Gemí internamente y me dirigí al baño para lavarme las manos.
— Un par de días que no hagas yoga no pasa nada— espeté intentando mantener mi respiración pausada — Además, ¿qué tal que si no fuese yo quien entre a la habitación y Ray te vea así? Le das un espectáculo gratis, créeme.
— No estoy haciendo nada malo. Y dudo mucho que Ray nunca haya visto los estiramientos. Abril es experta en eso.
—Jodida mierda—murmuré en un gruñido imaginando la escena.
Terminé de secarme las manos con la toalla y salí del baño.
— Samanta, hazme un favor y no vuelvas a hablar de las habilidades de tu amiga con el yoga. No me interesa.
Ella frunció el ceño viéndose confundida y divertida a la vez, pero de todas maneras asintió, mientras se sentaba con las piernas cruzadas.
— No tengo idea qué es exactamente lo que te molesta, pero está bien. No hablo más sobre yoga. ¿Cómo te fue en tus clases? ¿Pudiste hablar con Andrés? ¿Ya tiene todo listo para entregar la investigación?
— Sí, no te preocupes. Le comenté que estás un poco enferma y se lo creyó. Me dijo que la próxima semana tienen un examen. Quedó enviarte los temas por correo.
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Editado: 20.08.2026