Soy Damián

Capítulo 33

Dos preguntas…Una sola respuesta.

Al menos eso era lo que se repetía en mi cabeza mientras observaba los ojos verdes de Samanta mirándome con intensidad.

Quise contestarle. Decir en voz alta las palabras que durante años estaban arraigadas dentro de mí. Sin embargo, en este momento parecía estar experimentando un déjà vu. Era consciente de que sus palabras sonaban sinceras, pero el fantasma doloroso de los eventos pasados en los que había mencionado lo importante que ella era para mí, nublaron mi capacidad de raciocinio y guardé silencio más tiempo del que debería.

Ella estaba esperando una respuesta de mi parte, solo que, no podía hablar. Quería entregarme por completo, pero una parte de mí necesitaba ver que esto no era solo un destello momentáneo producto de su miedo a perderme o perder lo que se suponía era nuestra amistad.

De repente, el sonido estridente de mi teléfono irrumpió, rompiendo la tensión a nuestro alrededor. Carraspeé un poco, inquieto, alejándome de su cercanía.

— Es tu teléfono— dijo ella en voz baja.

— Sí. Debe ser Benjamín. Tengo… tengo que irme. Se hace tarde para mi clase. Hablamos esta noche, ¿te parece? Por favor, come todo lo que traje para ti. Adiós.

No esperé una respuesta de su parte. Salí de la habitación tan rápido como mis piernas me lo permitieron. No debería estar huyendo, pero necesitaba poner distancia antes de que mi voluntad flaquera. Me apoyé contra la pared del pasillo, intentando llenar de aire mis pulmones.

La sonrisa alegre que se dibujó en mis labios era tan grande que algunos estudiantes que pasaban se me quedaron viendo con expresión de desconcierto, pero no me importó. Estaba nervioso y, al mismo tiempo, eufórico. La profundidad de sus palabras causó grandes estragos dentro de mí. Ella lo había dicho. Había confesado lo que yo llevaba años esperando escuchar y no podía estar más feliz. Negué con la cabeza completamente incrédulo por el rumbo de la situación y retomé el paso. Necesitaba concentrarme en otra cosa que no fuese ella o de lo contrario comenzaría a recitar poemas como un imbécil.

Las siguientes horas pasaron en un borrón de actividades. En varias ocasiones, Ben se me quedó viendo, esperando a que le explicara a qué se debía mi estado entusiasta. Las clases fueron bien, el entrenamiento también. Por más que intentaron los chicos que nos abordaron el viernes después del partido arruinar el ambiente a nuestro alrededor, tanto Ben como yo, ignoramos cada comentario o mirada despectiva con la que buscaban crear controversia.

En un punto de la práctica, el entrenador se dio cuenta de la actitud del capitán y sus amigos, pero no quiso intervenir en la cancha. Solo después de que terminó el entrenamiento fue que los llamó en privado. Supongo que la «charla» tuvo que haber sido bastante interesante, ya que al salir del complejo deportivo escuché las risas de algunos compañeros que alcanzaron a oír las palabras autoritarias del entrenador hacia ellos.

Para cuando dieron las seis de la tarde volví a sentirme nervioso. Tanto así que Ben me abordó a mitad de camino y preguntó con gesto adusto.

— ¿Qué diablos está pasándote? Pareces un imbécil con esa sonrisita. En serio, Damián. Tu comportamiento es patético. Amigo, me estas poniendo nervioso. ¿Qué pasó entre la rubia y tu? ¿Se acostaron o algo así?

— Benjamín, por favor, no seas tan idiota.

— ¡El idiota eres tú! ¡Has pasado toda la tarde suspirando como una nenita! Me preocupo, en serio. La rubia ya te convenció, ¿cierto? Ya caíste, eso es seguro.

— Me molesta muchísimo que la llames así. Di su nombre, Benjamín. A partir de ahora, llámala como se debe— espeté molesto mientras retomaba el paso— Además, qué te importa lo que haga con ella. Ya tienes bastantes problemas con tu chica. Ocúpate de eso mejor.

— Amigo, la rubia sabe cómo hacer para tenerte babeando. ¡Quiero evitar a toda costa verte de nuevo todo jodido por ella! por eso no quería que la llevaras contigo. ¡Ustedes en la misma habitación es jodidamente malo!

— No voy a discutir eso contigo. Estoy cansado, hambriento y tengo que estudiar para un examen mañana.

— ¿Y qué pasa con Ray? ¿Piensas hacer que la rubia se quede todo el mes contigo?

Me detuve en seco y lo enfrenté.

—Benjamín. Solo han pasado tres días. La recuperación de Samanta va a tardar por lo menos una semana.

— Mándala de regreso con Abril, Damián. Por primera vez, hazme caso. A leguas se nota que ya te está afectando. Necesitas despejar la mente de su embrujo, hombre. ¡Con ella tan cerca no puedes pensar con claridad!

— ¿Embrujo? Joder, Ben. Estás loco. ¿De dónde demonios sacas esas palabras?

— Las escucho por ahí. Las chicas son bastante supersticiosas con esas cosas— comentó encogiéndose de hombros y no pude evitar mirarlo con una expresión de desconcierto — No cambies de tema, amigo. Es de vital importancia que la rubia se vaya del dormitorio. Si no quieres decírselo tú no te preocupes, yo me ofrezco a ayudarte.

Sonreí. Era increíble como años de animadversión entre ellos no había desaparecido.

— Aprecio tu ayuda, pero no la necesito. Samanta se queda conmigo.

Resopló, molesto.




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