Soy Damián

Capítulo 34

Había experimentado mi instinto de hombre territorial antes, pero nunca como ahora. No podía apartar mis ojos de Samanta por más que quisiera. Estaba en un estado arcaico, como el hombre primitivo que se golpea el pecho y gruñe en bucle: mía, mía, mía. Así me sentía en este momento viéndola hablar con su supuesto amigo. El dichoso Andrés.

Después de pasar cuatro días en una burbuja de sudor, gemidos y muchos «por favor, no te detengas», Samanta decidió que era hora de volver a la realidad.

Sí. Es justamente lo que estás imaginándote. Llevaba cuatro días sin asistir a clases.

Me levantaba de la cama únicamente para entrenar y conseguir algo de comida; luego volvía corriendo con ella y teníamos sexo hasta que uno de los dos caía rendido. Hubo momentos en que nos quedábamos en silencio simplemente mirándonos. Se sentía tan real la conexión entre los dos que ayudó a que cada uno hablara desde sus miedos. Logramos aclarar muchas cosas que cada uno llevaba guardadas desde hacía tiempo. Ella se sinceró conmigo y yo por fin pude contarle como habían sido mis días después que se había ido. Al principio la conversación se tornó incomoda, pero poco a poco pudimos superar los recuerdos dolorosos y todo fue fluyendo.

Al día siguiente era casi lo mismo, salvo por la mañana temprano, cuando Ray aparecía golpeando la puerta con insistencia, reclamándome por qué no lo dejaba entrar al dormitorio si los tres días que debía estar fuera ya habían pasado. Samanta se reía en silencio mientras yo hacía lo mismo, ignorando sus gritos. Sabía que tarde o temprano tendría que darle una explicación, pero estaba viviendo mi momento canónico y no iba a pedir disculpas por ello.

—Si la miras un poco más, te juro que desarrollas poderes psíquicos.

Le lancé a Ben una mirada de reojo que podría haberle agujereado la cabeza. A su lado, Abril resopló una risa burlona.

—Déjalo en paz. Está feliz, ¿no lo ves? —intervino Abril.

—Por supuesto que lo veo, nena, pero cuando tu amiga decida que él ya no es suficiente, el que va a tener que recoger las partes destrozadas de mi amigo soy yo.

—Benjamín, cállate. Samanta está enamorada de Damián, no digas estupideces.

—Y la historia se repite… —murmuró él con mala cara— Lo que tú digas, nena. Me callo.

—¿Qué les parece si se ahorran los comentarios? —espeté, caminando hacia las bancas para sentarme— Estoy aquí escuchándolos hablar.

—No le hagas caso, Damián. Yo me encargo de mantenerlo a raya para que no se meta entre Sam y tú.

—Gracias, Abril, pero no creo que sea necesario. Benjamín y yo hemos sido amigos por años; lo conozco. No se va a detener hasta que me vea casado con Samanta.

—Bebé, serás padrino de bodas —dijo Abril, atrayendo a Ben en un abrazo— No existe poder humano que obligue a mi amiga a dejar a Damián.

—Eso espero, nena. Damián llora horrible. Hasta moquea por la boca y todo.

Abril soltó una carcajada escandalosa, atrayendo la atención del resto de estudiantes que retozaban a nuestro alrededor. Ben me miró riendo también y maldije en voz baja. Odiaba que mi relación con Samanta fuera motivo de burla, pero no era como si estuviesen mintiendo; no podía evitarlo. James y él eran los únicos testigos de lo destrozado que quedé cuando ella me dejó. Es más, si mis padres se llegasen a enterar de que Sam estaba aquí y que habíamos vuelto, tendría a mi mamá en el primer vuelo, lista para golpearme la cabeza.

—¿De qué se ríen? —preguntó Samanta de la nada, acercándose y sentándose sobre mis piernas— Hola, amor. Ya dejé todo listo —añadió cerca de mi oído.

—Me alegro. Estabas muy preocupada —contesté, dejando un beso suave en sus labios— ¿Tienes más clases? Necesito pasarme por el bar a revisar un par de cosas. ¿Vienes conmigo?

—Sí, me encantaría. Pero ¿por qué no vamos todos? Podemos ayudarte y así te desocupas más temprano, ¿no?

—Hey, ¡es una idea genial! —exclamó Ben con entusiasmo— ¡Nos robamos una botella y celebramos que por fin son una pareja de enamorados! Yo me apunto. ¿Qué dices, bebé?

—Bueno, sí. Me parece. Incluso podemos irnos a la casa después —aceptó Abril de inmediato.

A pesar de que no estaba de acuerdo, terminamos todos en el bar. Al principio creí que era una mala idea teniendo en cuenta que los comentario de Ben podrían afectar a Samanta, sin embargo, ellos decidieron ayudarme a organizar el almacén y a terminar el inventario, por lo que el trabajo se hizo menos pesado. De vez en cuando, asomaba la cabeza para asegurarme de que Samanta estuviese cómoda. Cuando nuestras miradas se topaban, me regalaba una sonrisa suave que me desarmaba por completo.

Unas dos horas más tarde, estábamos sentados en una mesa comiendo nachos y bebiendo cervezas. Era jueves y el local solo abría hasta las siete así que teníamos todo el espacio para nosotros solos.

— Mañana tenemos partido Ben, no te pases con el licor— dije señalando las tres botellas de cerveza ya vacías.

— Mierda, había olvidado el partido de mañana. ¿Qué te dijo el entrenador ayer?

— Nada en particular. Piensa hacer algunos cambios, pero no entiendo porque me lo dijo solo a mí.

— ¡Es porque quiero probarte de capitán! Yo te lo dije, hombre.




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