Soy Damián

Capítulo 37

El sonido estridente de las palmas, la euforia del público cada vez que anotaba y mi nombre siendo gritado a todo pulmón. Sentía la mirada atenta del entrenador cerciorándose de que mostrase todo mi potencial y la suela de mis zapatos arder contra la duela de tanto correr. Estos chicos jugaban como máquinas. Estábamos muy por encima en el marcador, pero al parecer eso no era motivo suficiente para bajar el ritmo del partido.

Me concentré en seguir el paso y mantener la energía a tope. Aunque cometí algunos errores al inicio producto de los nervios por estar en un equipo desconocido, bastó un par de gritos de mi entrenador desde la banca para recuperar la compostura y recordar por qué estaba aquí.

No había ido a trabajar ni asistido a clases durante el día. Pasé las horas previas de un lado a otro, preparándome mental y físicamente para esta noche. Para cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, Ben, Abril y Samanta ya me esperaban fuera de la universidad para acompañarme al deportivo donde se jugaba este encuentro.

En las gradas, el señor Scott y varios hombres de traje no despegaban los ojos de mí. Cada pase, y cada movimiento mío estaba siendo analizado detalladamente por ellos, y eso me generaba cierto temor. Era completamente consciente de mis capacidades en la cancha; sin embargo, necesitaba tanto una oportunidad con un equipo profesional que la presión me tenía con los nervios de punta. Días atrás, Samanta había mencionado que las cosas con su familia estaban en paz, pero en varias ocasiones la escuché discutiendo al teléfono demasiado alterada como para creer del todo que sus padres habían aceptado sin más su decisión de estar conmigo.

—¡Muchacho! —gritó el entrenador desde la banda, señalando su reloj— ¡Falta poco! ¡Resiste!

Asentí casi sin aliento mientras me incorporaba de golpe, listo para disputar el siguiente balón. Los minutos siguientes se me hicieron eternos. Amaba este deporte, pero mi cuerpo me exigía parar o, de lo contrario, terminaría vomitando. Me detuve un momento a mitad de la cancha, apoyando las manos en las rodillas mientras trataba de recuperar el aire, y eché un vistazo hacia las gradas. Benjamín parecía a punto de saltar a la cancha para jugar él mismo, con los nudillos blancos de apretar la barandilla; Abril estaba enfrascada en su teléfono, y Samanta me miraba con una sonrisa tan llena de orgullo que el pecho se me apretó de emoción. La expresión en el rostro de mi chica era todo lo que alguna vez había soñado. Hacía esto por mí, por mi carrera y por mi pasión, pero saber que ella estaba a mi lado le daba a este momento un significado infinitamente más valioso.

Habían sido días y noches enteros pensando en cómo recuperarla y cómo hacer de nuestras vidas un futuro compartido. Ahora ella estaba allí, sentada en esas gradas entre desconocidos, siendo la razón principal por la que mi corazón latía descontrolado, completamente consciente del amor inmenso que un día se arraigó en mi pecho y jamás volvió a salir.

El silbatazo final fue como música para mis oídos. La multitud estalló y de la nada me vi en vuelto entre los compañeros del equipo, el entrenador y otro montón de personas que no conocía, todos con sonriéndome.

— ¡Damián! Es un placer conocerte, chico. Increíble partido. Te veo luego— dijo un hombre de mediana edad, palmeando mi espalda.

Asentí con una sonrisa y poco a poco los muchachos del equipo se acercaron saludando entre risas y palabras de felicitación. Estaba un poco confundido, pero hice el intento de la cordialidad.

— Muchacho te ves destruido— vi al entrenador y a su amigo abriéndose paso entre los muchachos — Tienes talento, pero tu condición física es pésima. Felicitaciones. Lo hiciste muy bien.

— Scott. Damián lleva poco tiempo en las canchas. Estuvo retirado durante dos años. Espera que lo pula y verás los resultados— intervino el entrenador colocándose a mi lado— Solo necesita una oportunidad.

— Realmente me gusta lo que vi. Pero necesita recuperar su condición física. Damián. ¿Qué te parece si vienes a entrenar dos veces por semana con nosotros?

— ¿Con ustedes? — pregunté, parpadeando para digerir sus palabras mientras una corriente de emoción recorría mi cuerpo— Yo…

— No te preocupes. Mi asistente se encarga de coordinar tus horarios para que no faltes a tus clases y a los entrenamientos allá. Pero quiero evaluar tu evolución de cerca y prepararte para la pretemporada.

Tragué en seco y contuve una sonrisa.

— Lo haré, señor. Muchas gracias.

— Bien. Te espero entonces la próxima semana.

Cuando Scott y el entrenador se alejaron conversando entre ellos, el cansancio acumulado en las piernas pareció esfumarse por completo. Giré por completo mi cuerpo hacía donde estaba la única persona con la que quería celebrar. Sonreí radiante mientras ella reía emocionada con lágrimas en sus ojos. La observé fijamente, completamente cautivado por su presencia. Ben y Abril se adelantaron para darme un abrazo rápido y ruidoso, pero en cuanto me liberé de ellos, caminé directamente hacia Samanta. Sin decir una sola palabra, la tomé de la cintura y la levanté en el aire, estrechándola contra mi pecho mientras ella rodeaba mi cuello con fuerza y escondía su rostro en mi hombro.

— Felicidades, capitán— susurró ella con la voz quebrada de alegría— Jugaste increíble, amor. Estoy muy orgullosa de ti.




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