Su esposa por un año

Capítulo 1: La cena de la infamia

El tacón izquierdo se me enterró en el césped justo antes de llegar al porche de mis padres. Maldije entre dientes, haciendo equilibrio para no terminar en el suelo con el vestido azul que me había costado medio sueldo. Si el inicio de la noche era un indicador de cómo iba a terminar la cena de aniversario de mis papás, debí haberme quedado en cama viendo series.

Me acomodé el zapato y respiré hondo. Al otro lado de la puerta de roble ya se escuchaba el murmullo de las risas, el chocar de las copas de cristal y esa música instrumental de fondo que mi mamá ponía siempre para aparentar que éramos la familia perfecta.

—Tarde, como siempre, Meme —fue lo primero que dijo mi madre en cuanto crucé el umbral, sin molestarse en darme un beso. Me acomodó un mechón de pelo con un gesto brusco—. Tu prometido lleva media hora aquí. Ve a buscarlo, está en el jardín con los demás.

—Hola a ti también, mamá. Feliz aniversario —respondí, pero ella ya se había girado para ordenarle algo a la camarera.

Caminé hacia el salón principal sintiendo el peso de la mirada de mis tíos y primos. Gabriel estaba de espaldas, cerca de la barra, riéndose de algún chiste de mi padre. Llevábamos tres años de novios y nos casábamos en seis meses. Verlo ahí, tan integrado, tan "hijo perfecto", me dio una pizca de alivio. Al menos algo en mi vida marchaba sobre rieles.

—Hola, perdido —le susurré al oído, rodeando su cintura con mis brazos.

Gabriel se giró de inmediato y sus ojos se iluminaron con una calidez que me pareció la más sincera del mundo. Me rodeó con sus brazos, me pegó a su pecho y me dio un beso tierno en la frente antes de buscar mis labios.

—Meme, amor, qué bueno que llegas. Te extrañaba —me dijo con una sonrisa perfecta, acomodándome el vestido con delicadeza—. Estaba hablando con tu papá sobre la luna de miel. No puedo creer que dentro de seis meses vayas a ser mi esposa.

—Yo tampoco —reí, sintiéndome la mujer más afortunada del mundo—. Voy al baño a retocar el labial antes de que sienten a todos a la mesa. No te muevas de aquí.

—Aquí te espero, futura esposa —me guiñó el ojo, robándome otro beso corto.

Fui al baño rápido y, cuando salí, las camareras ya estaban anunciando que la cena estaba servida.

Durante las siguientes dos horas, me dediqué a disfrutar de lo que creía que era una noche perfecta. Gabriel estuvo sentado a mi lado, sumamente atento; me cortaba la carne, llenaba mi copa de vino cada tanto y me tomaba de la mano por debajo de la mesa.

En medio de la cena, mi hermana Camila, que llevaba un vestido rojo demasiado ajustado y llamativo, levantó su copa de champán y miró fijamente a Gabriel antes de dirigirse a la mesa.

—Meme tiene tanta suerte de haber encontrado a Gabriel —dijo Camila con una sonrisa de lado, arrastrando las palabras—. Algunos hombres no saben apreciar la belleza de verdad, pero él... él sí sabe lo que es bueno.

En la mesa varios rieron, pensando que era un cumplido de hermana. Yo le sonreí, agradecida. No entendí el veneno de sus palabras. No en ese momento.

Después del brindis principal, cuando los invitados empezaron a dispersarse por el jardín para tomar el café, mi madre me agarró del brazo en la cocina. Estaba radiante.

—Meme, hazme un favor —me dijo, sin mirarme a los ojos—. Sube al despacho de tu padre. En el segundo cajón del escritorio dejé el reloj de oro que le voy a regalar. Bájalo antes de que se haga más tarde, quiero dárselo ahora que todos están reunidos.

—Voy —asentí, aliviada de salir un momento del bullicio.

Subí las escaleras de la casa con tranquilidad. El segundo piso estaba en completo silencio, en un contraste total con la música y las risas que subían desde el jardín. El pasillo del fondo estaba a oscuras, solo iluminado por la luz de la luna que entraba por el gran ventanal.

Conforme me acercaba a la puerta entornada del despacho de mi papá, noté que la luz de adentro estaba apagada, pero se escuchaba un murmullo. Un jadeo ahogado.

Me detuve en seco. Pensé que tal vez alguno de mis primos se había colado para usar el baño privado, pero una voz femenina y jadeante me congeló la sangre.

—Dios, qué ganas tenía de que se terminara esta maldita cena —siseó la voz. Era Camila.

—Yo también, nena, no dejaba de mirarte —le respondió la voz de un hombre. Su respiración era agitada.

Sentí un vacío helado en el estómago. Era la misma voz que me había dicho que me amaba hacía apenas una hora. Era Gabriel.

El piso pareció moverse bajo mis pies. Di dos pasos lentos, sin hacer ruido con los tacones, rogándole a Dios que fuera una mala broma. Empujé la puerta apenas unos centímetros.

La luz de la luna entraba de lleno por el ventanal del despacho. Camila estaba sentada sobre el borde del escritorio de caoba, con el vestido rojo subido hasta los muslos. Gabriel la sostenía por la cintura, hundiéndole la cara en el cuello mientras le terminaba de bajar la cremallera de la espalda.

—¿Cuándo vas a terminar con ella? —gimió Camila, enredando sus dedos en el pelo de Gabriel—. No soporto ver cómo te toca abajo. Me muero de celos.

—Pronto, te lo prometí. Solo tengo que buscar el momento adecuado para romper el compromiso sin que tu padre me quite el apoyo en la empresa —respondió Gabriel, dándole un beso hambriento en los labios—. Ven aquí y cállate…




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