Su esposa por un año

Capítulo 2: El refugio de las batas blancas

El Hospital San Gabriel estaba en completo caos cuando estacioné el auto. La tormenta había provocado varios accidentes en la autopista y la sala de urgencias era un ir y venir de camillas, sirenas de ambulancias y gritos.

Entré corriendo por la puerta de personal, con el vestido azul empapado pegándoseme al cuerpo y los tacones destruidos en la mano. Las enfermeras me miraron sorprendidas, pero no había tiempo para dar explicaciones sobre mi aspecto desastroso. Mi vida personal acababa de estallar en pedazos, pero dentro de este edificio yo no era la mujer engañada por su prometido y traicionada por su familia; aquí dentro yo era la doctora Mercedes Rosini. Había una vida que dependía de mí.

—¡Doctora Rosini, qué bueno que llegó! —Laura, la enfermera jefa de pediatría, corrió hacia mí en cuanto me vio—. Box tres. Es una niña de cinco años. Llegó con una crisis asmática severa y no responde bien al inhalador de rescate. Está entrando en insuficiencia respiratoria.

No tuve tiempo ni de ir a los vestidores. Dejé los tacones tirados en una esquina, agarré una bata blanca larga de los colgadores comunes y me la puse encima del vestido de fiesta mojado, abotonándola a las apuradas mientras me amarraba el pelo en una coleta alta. Tomé mi estetoscopio y empujé la cortina del box tres.

En la camilla de metal, una pequeña niña de ojos enormes y cabello castaño luchaba desesperadamente por respirar. A su lado, una mujer de unos sesenta años lloraba angustiada, tomándola de la mano. Era la niñera, que se veía completamente rebasada por la situación.

—¡Por favor, ayúdela, doctora! —suplicó la mujer en cuanto me vio—. El espray no le hizo nada y su papá no responde el teléfono, debe estar en una cena de negocios muy importante...

—Tranquila, ya estoy aquí —le dije firmemente—. Hola, mi amor. Soy la doctora Meme. Voy a ayudarte a que te sientas mejor, ¿de acuerdo?

La niña me miró y, en un acto de puro pánico infantil, estiró su manita temblorosa. Me agarró los dedos con una fuerza sorprendente para su tamaño. Tenía la piel ardiendo por la fiebre.

—No... puedo... —logró susurrar entre sibilancias.

—No te voy a soltar, quédate conmigo —le prometí, usando mi mano libre para colocarle la mascarilla de oxígeno con micro nebulizaciones mientras auscultaba sus pulmones con el estetoscopio. El silbido en su pecho era alarmante—. Laura, prepara una dosis de hidrocortisona intravenosa y aumenta el flujo de oxígeno.

Mientras la enfermera aplicaba el medicamento, me quedé al lado de la camilla. La pequeña no me soltaba la mano; sus deditos seguían aferrados a los míos como si yo fuera su único salvavidas en medio de la tormenta. Le acaricié la frente con suavidad, hablándole en voz baja para calmar su ritmo cardíaco. Poco a poco, la medicación empezó a hacer efecto y el color natural regresó a sus mejillas, aunque sus ojos seguían fijos en mí, buscando seguridad.

Justo cuando la situación empezaba a controlarse, la cortina del box se abrió de golpe, golpeando la pared metálica con un ruido sordo.

—¡¿Dónde está mi hija?! ¡¿Por qué nadie me da información?! —bramó una voz masculina, profunda y cargada de una angustia absoluta que hizo eco en todo el pasillo.

Me giré, molesta por la interrupción. En el umbral del box estaba parado un hombre imponente. Vestía un traje gris de tres piezas de corte impecable que gritaba dinero y poder, aunque la corbata estaba ligeramente torcida y el saco salpicado por la lluvia. Tenía el rostro desencajado por la preocupación, pero su presencia llenaba por completo el pequeño espacio.

—¡Señor Fernández! —exclamó la niñera, limpiándose las lágrimas—. Gracias a Dios llegó.

El hombre ignoró a la niñera y clavó sus ojos oscuros e intensos en mí. Caminó hacia la camilla con paso firme, barriéndome con la mirada de arriba a abajo. Al estar tan cerca, el escote de mi vestido azul de fiesta era perfectamente visible bajo el cuello de la bata blanca, y el dobladillo mojado sobresalía por debajo. Frunció el ceño, visiblemente desconcertado por mi ropa.

—¿Usted está atendiendo a Martina? —preguntó, con una voz tensa y grave.

—Sí —respondí, sosteniéndole la mirada.

—¿Es pediatra?

—¿Tiene algún problema con eso? —le repliqué, cruzándome de brazos.

—Mi hija apenas puede respirar —soltó él, dando un paso hacia delante, transmitiendo una mezcla de pánico y urgencia que me oprimió el pecho.

—Y precisamente por eso estoy aquí, señor Fernández —le contesté, bajando un tono la voz pero manteniéndome firme—. Su hija ingresó con una crisis respiratoria severa, pero ya le administramos la medicación necesaria. La situación está bajo control.

Nicolás la miró, luego me miró a mí y pareció asimilar mis palabras. Toda la rigidez de su cuerpo se desinfló al instante. El hombre imponente y de negocios dio paso a un padre vulnerable. Se apartó de mí, se arrodilló al lado de la camilla y tomó la manita de su hija con una delicadeza infinita.

—Aquí estoy, Martina. Perdón por tardar, mi amor —le susurró, besándole los dedos.

Martina sonrió débilmente a través de la mascarilla de oxígeno, pero con su otra mano, volvió a buscar mis dedos, estirando el brazo hacia mí.

—La doctora Meme... me salvó —susurró la pequeña, mirándome con devoción.

Nicolás levantó la vista lentamente hacia mí. La desconfianza había desaparecido de sus ojos, dejando paso a una profunda y magnética confusión. Miró mi bata, el vestido azul mojado y luego fijó la vista en mis ojos. No dijo nada, pero la forma en que me sostuvo la mirada me confirmó que el impacto entre nosotros había sido mutuo.

—Se quedará en observación toda la noche —dije, tratando de recuperar mi postura profesional—. Voy a preparar la orden de ingreso a planta.

Me giré y salí del box, sintiendo que el corazón me latía a mil por hora en el pecho.

Dentro del cubículo, la pequeña Martina estiró suavemente la manga del saco de su papá.




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