El traslado a la habitación del cuarto piso fue rápido. Martina se había quedado dormida gracias a los medicamentos, pero su manita seguía aferrada a la mía con una terquedad asombrosa. Cada vez que intentaba soltarme con cuidado para irme, la pequeña fruncía el ceño entre sueños y su ritmo cardíaco se aceleraba en el monitor, obligándome a quedarme a su lado.
A las tres de la mañana, el hospital estaba sumido en ese silencio sepulcral que solo se interrumpe por el zumbido de los aparatos médicos. Yo seguía sentada en un sillón incómodo junto a la cama, vistiendo la bata blanca sobre mi vestido azul de fiesta. Estaba exhausta. El cansancio físico empezaba a perder la batalla contra el agotamiento emocional. Ahora que la adrenalina se había evaporado, el recuerdo de Gabriel besando a mi hermana en el escritorio de mi padre regresó como un golpe directo al estómago.
Una lágrima traicionera se me escapó y me la limpié rápidamente con el dorso de la mano. No podía quebrarme aquí.
—Debería ir a descansar, doctora. Su turno terminó hace horas.
La voz profunda de Nicolás Fernández me sobresaltó. Estaba de pie junto a la ventana de la habitación, con los brazos cruzados y la chaqueta del traje colgada en el respaldo de una silla. Se había desabrochado los dos primeros botones de la camisa y se había remangado las mangas, revelando unos brazos firmes. Se veía cansado, pero sus ojos oscuros seguían fijos en mí con una intensidad que me ponía nerviosa.
—Su hija no me suelta —respondí en un susurro, señalando los pequeños dedos de Martina entrelazados con los míos—. Y no quiero que se altere si se despierta. Además, ya le dije que me quedaría hasta asegurarme de que la fiebre baje por completo.
Nicolás caminó despacio hacia el otro lado de la cama. Se quedó mirando a su hija unos segundos y su expresión dura se ablandó por completo. Había una culpa inmensa en su rostro.
—Marta, la niñera, me dijo que el espray de rescate no funcionó desde el primer minuto —comentó él, con la voz apagada—. Estaba en una cena con unos clientes internacionales. Tenía el teléfono en silencio. Si algo le hubiera pasado a mi hija por estar cerrando un maldito contrato…
Se interrumpió a sí mismo, apretando los puños.
—No se culpe —le dije, ablandando mi tono por primera vez—. El asma infantil es traicionero. Las crisis pueden escalar en cuestión de minutos, sin importar dónde esté usted. Lo importante es que reaccionaron a tiempo y ella está bien.
Nicolás levantó la vista lentamente hacia mí. Se quedó estático, observándome con una atención que me hizo sentir completamente al descubierto. Noté cómo sus ojos escaneaban mis párpados hinchados por el llanto retenido, el escote de mi vestido azul de fiesta, el hecho de que no llevaba ningún abrigo a pesar del frío de la noche, y mis pies completamente descalzos sobre el suelo del hospital. Su mandíbula se tensó. Podía ver el engranaje de su mente preguntándose qué demonios le había pasado a la mujer que tenía enfrente.
—Usted tampoco lo está pasando bien esta noche, ¿verdad? —preguntó directamente, sin rodeos.
Me puse rígida de inmediato, recuperando mi distancia profesional.
—Eso no es asunto suyo, señor Fernández. Mi vida privada no interfiere con mi trabajo.
—No quise ser impertinente —respondió él, dando un paso alrededor de la cama, acercándose a mi sillón—. Pero llegó aquí corriendo bajo una tormenta, vestida para una gala, con los ojos llenos de lágrimas y dispuesta a pasar la noche en vela por una niña que no conoce. Un hombre tendría que ser ciego para no darse cuenta de que está usando este hospital como un refugio.
Refugio. Qué palabra tan extraña.
Para refugiarse, primero hay que tener un hogar. Y yo acababa de perder el mío.
Me quedé callada, apretando los dientes para que no me temblara el labio. Nicolás pareció notar el peso de mi silencio y, con una caballerosidad que no esperaba, decidió no presionar. Caminó hacia la mesa de noche, tomó una botella de agua cerrada y me la extendió.
—Tome. Debe estar deshidratada.
—Gracias —murmuré, aceptándola.
Nuestros dedos se rozaron por un breve segundo al recibir la botella. Fue un contacto mínimo, pero una chispa de electricidad me recorrió el brazo, haciéndome contener el aliento. Él también pareció sentirlo, porque sus ojos se oscurecieron y dio un paso atrás, carraspeando ligeramente.
—Marta me contó que Martina sólo se calmo con usted—dijo Nicolás, rompiendo la tensión mientras miraba el monitor de signos vitales—. Ella... no suele encariñarse con la gente.
—¿No? —pregunté, acomodándome en el sillón.
—No —sentenció él, con una seriedad cortante que cerró el tema de inmediato, dejando una enorme pregunta flotando en el aire.
Hacia las cinco de la mañana, la fiebre de la niña cedió por completo. Sus deditos finalmente se relajaron y se soltaron de mi mano. Justo cuando me disponía a levantarme con cuidado para no hacer ruido, Martina abrió los ojos a medias, sumida en el sopor del sueño. Desvió la mirada por la habitación hasta que me encontró.
—¿Te vas? —susurró con una vocecita frágil.
Le dediqué una sonrisa suave y le acaricié el cabello con ternura.
—Tengo que irme, mi amor.
—¿Vas a volver? —preguntó, mirándome con una devoción pura.
Me quedé congelada un segundo, sin saber qué responder. ¿Iba a volver? Yo misma ya no sabía a dónde pertenecía. No sabía qué iba a hacer con mi vida a partir de este amanecer.
—Descansa, princesa —le dije finalmente, evadiendo la respuesta. La pequeña asintió y volvió a cerrar los ojos, completamente tranquila.
Miré a Nicolás, que había observado toda la escena en absoluto silencio.
—Ya pasó el peligro —le anuncié en voz baja—. Voy a pedirle a la enfermera de planta que la controle cada dos horas. Yo debo irme a firmar mi salida.
—Gracias por salvarla, Mercedes —dijo él, pronunciando mi nombre con una gravedad que me aceleró el pulso—. No voy a olvidar lo que hiciste hoy.