Miré la pantalla del teléfono durante un minuto entero, con el motor del auto encendido y las manos temblando sobre el volante. El mensaje de Nicolás Fernández seguía parpadeando. Como médica, sabía perfectamente que Martina no podía pasar la noche sin el soporte de oxígeno si acababa de salir de una crisis severa. Y como mujer que acababa de ser desechada por su propia familia, el hecho de que esa pequeña me necesitara de una forma tan pura me partió el alma.
Apagué el motor, me bajé del auto y volví a subir al cuarto piso en silencio, arrastrando mis pies descalzos y con el vestido azul todavía húmedo bajo la bata corporativa.
Cuando empujé la puerta de la habitación, Nicolás estaba de pie junto a la cama, tratando de sostener la mascarilla mientras Martina giraba la cara hacia la pared, llorando con frustración. En cuanto la niña me vio entrar, sus ojos se iluminaron. No hizo falta decir nada. Me acerqué, me senté en el borde de su cama y tomé la correa de plástico. Martina se dejó colocar la mascarilla de inmediato, suspirando de alivio mientras apoyaba su cabecita en mi regazo.
Nicolás me miró desde el otro lado de la cama. Sus ojos oscuros reflejaban una mezcla de disculpa y un agradecimiento tan profundo que me costó sostenerle la mirada.
—Lamento mucho haberte hecho subir, Mercedes —me susurró, con una voz baja que me erizó la piel—. No sabía qué más hacer.
—No se preocupe, Nicolás. Es mi trabajo —respondí en el mismo tono, acariciándole el cabello a la niña hasta que sus ojos volvieron a cerrarse por el cansancio.
Me quedé allí una hora más, asegurándome de que entrara en un sueño profundo y relajado. Cuando sus deditos finalmente se soltaron de mi ropa, me levanté despacio. Nicolás me acompañó hasta la puerta en absoluto silencio. Pareció querer decir algo e incluso dio un paso hacia mí, pero terminó metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, conteniéndose.
—Ve a descansar, Mercedes —me dijo, mirándome con una fijeza que me aceleró el pulso—. Por favor.
Asentí y, esta vez sí, salí del hospital. El sol apenas empezaba a asomar entre las nubes grises de la tormenta cuando estacioné frente al edificio de departamentos de Lucía, mi mejor amiga desde la universidad. Subí el ascensor sintiendo que el cuerpo me pesaba una tonelada. Cuando toqué el timbre, pasaron un par de minutos hasta que la puerta se abrió.
Lucía apareció con los ojos entrecerrados por el sueño, vistiendo un pijama flojo, pero en cuanto me vio —descalza, con el maquillaje destruido, el cabello enredado y envuelta en una bata de hospital— se despertó de golpe.
—¡¿Meme?! ¡Dios mío, qué te pasó! ¿Tuviste un accidente? —exclamó, agarrándome de los brazos para meterme al departamento.
Al escuchar su voz, la represa que había estado sosteniendo toda la noche dentro de mí finalmente se rompió. Las lágrimas me nublaron la vista y empecé a sollozar con tanta fuerza que casi no podía respirar. Lucía me abrazó de inmediato, guiándome hacia el sofá de la sala mientras me acariciaba la espalda.
—Tranquila, ya estás aquí, respira —me pedía, asustada por mi estado.
Pasaron varios minutos hasta que logré calmarme lo suficiente como para hablar. Lucía me trajo una taza de té caliente y una manta gruesa. Me quité la bata y el vestido azul, quedándome con una playera vieja que ella me prestó.
—Gabriel... —logré articular, sintiendo un sabor amargo en la boca—. Gabriel me estuvo engañando, Lu. Con Camila.
Lucía abrió los ojos de par en par, casi dejando caer su propia taza.
—¿Qué? ¡¿Con tu hermana?! ¡¿Estás hablando en serio?!
—Los encontré en el despacho de mi papá, en medio de la cena de aniversario —continué, con la voz rota por la rabia y el dolor—. Camila estaba encima del escritorio... y mi mamá lo sabía. Mi mamá me encerró en la habitación para que no hiciera un escándalo y me dijo que Gabriel nunca había sido para mí, que hacía mejor pareja con mi hermana porque ella es más sensible.
—¡Qué malditas víboras! —estalló Lucía, levantándose del sofá, furiosa—. ¡¿Cómo pudieron hacerte algo así?! ¡Faltan seis meses para la boda!
—Ya no hay boda. Le tiré el anillo en la copa de champán a Camila, le di una bofetada a Gabriel frente a todos los invitados y me largué. Los bloqueé a todos en el teléfono. No tengo casa, Lu. No pienso volver a pisar esa mansión ni el departamento que compartía con él. Oficialmente no tengo a dónde ir.
—Tú no te preocupes por eso, te vas a quedar aquí el tiempo que sea necesario, esta es tu casa —sentenció Lucía, de inmediato—. No puedo creer que hayan sido tan cínicos. ¿Y qué hiciste después? ¿A dónde fuiste bajo esa tormenta?
Le di un sorbo al té, sintiendo cómo el calor me regresaba al cuerpo, y fue ahí cuando la imagen de unos ojos oscuros y una pequeña de cinco años me vino a la mente.
—Me llamaron de urgencia del Hospital San Gabriel. Entró una niña con una crisis asmática severa y el pediatra de guardia estaba ocupado. Llegué hecha un desastre, me puse la bata encima de la ropa mojada y la atendí. Se llama Martina. Es una cosita hermosa, Lu. En cuanto me vio, se aferró a mi mano y no me soltó en toda la noche.
—¿Andaba sola?
—No, estaba con su niñera. Su papá es soltero, se llama Nicolás Fernández. Es un abogado muy exitoso, de esos hombres que están acostumbrados a mandar a todo el mundo. Al principio llegó muy alterado, pero le puse los límites claros y, cuando vio que salvé a su hija, cambió por completo. Me miraba de una forma... no sé, extraña. Me leyó el dolor en la cara con solo mirarme.