El aire de la sala se volvió helado. Miré las letras en la pantalla sintiendo cómo la calidez del té desaparecía. Gabriel estaba abajo. No le bastó con arruinar mi vida y acostarse con mi hermana en el despacho de mis padres; ahora invadía mi único lugar seguro.
—¿Meme? ¿Qué pasa? Te pusiste pálida —preguntó Lucía al notar mi rigidez.
Le extendí el teléfono. Lucía leyó los mensajes y sus ojos se encendieron en furia. Se levantó de un salto y caminó hacia la ventana. Me acerqué, manteniéndome detrás de las cortinas. Abajo, la tormenta casi había cesado. Estacionado frente a la entrada estaba el auto de Gabriel; él esperaba apoyado contra la puerta, empapado y con el celular en la mano.
El teléfono vibró con un tercer mensaje: «Sé que estás despierta, Meme. Vi la luz. Baja o toco todos los timbres hasta que me dejes entrar».
—Es un psicópata —murmuré—. Va a despertar a tus vecinos, Lu. No permitiré que te metas en problemas por mi culpa.
—Llamo a la policía ahora mismo —sentenció Lucía, desbloqueando su celular.
—No —la detuve—. Si no le pongo la cara, creerá que puede seguir persiguiéndome. Voy a bajar.
—Vamos las dos. Si intenta tocarte, le rompo la taza en la cabeza —dijo Lucía, tomándome del brazo.
Me calcé unos tenis viejos y bajamos en el ascensor en un silencio tenso. Al abrirse las puertas en el vestíbulo, el reflejo de Gabriel a través del cristal de la entrada me revolvió el estómago. En cuanto nos vio, golpeó el vidrio con los nudillos.
—¡Meme, por favor! —suplicó.
Lucía abrió la puerta solo unos centímetros, bloqueando el espacio. Yo me paré detrás, cruzada de brazos.
—Lárgate antes de que llamemos a la patrulla —le soltó Lucía.
—Meme, mírame —pidió él, ignorándola—. Lo de Camila fue una trampa, te lo juro. Ella me buscó, yo estaba borracho. Yo te amo, nuestro matrimonio...
—¿Nuestro matrimonio? —lo interrumpí, firme—. ¿El que ibas a usar para que mi padre te diera el puesto de socio en la empresa? ¿A ese te refieres?
Gabriel se quedó mudo. El color se le fue del rostro al darse cuenta de que yo había escuchado su conversación en el despacho.
—Escuché todo, Gabriel —continué con frialdad—. Sé que esperabas el momento para deshacerte de mí sin perder el apoyo de mi papá. Te acostaste con mi hermana en la misma casa donde cenabas conmigo. Dan asco.
—Cometí un error —insistió, intentando meter la mano por la rendija—. Pero no puedes tirar tres años por un desliz. Tu mamá tiene razón, eres fuerte, podemos superar esto...
—¿Mi mamá? —solté una risa amarga—. Mi madre me desechó esta noche para proteger el capricho de Camila. Y tú vienes porque sabes que si mi papá se entera, estás acabado profesionalmente. No me buscas porque me amas, Gabriel. Tienes miedo de volver a ser nadie.
—¡Eso no es verdad! —elevó la voz—. ¡Tienes que escucharme! ¡No te vas a quedar aquí como una muerta de hambre! ¡Tu lugar es conmigo!
—Su lugar no es con un traidor, Gabriel —interrumpió Lucía, apuntándole con la pantalla de su celular—. Te doy diez segundos para desaparecer. Si sigues aquí, le entregaré los videos de seguridad a la policía por acoso, y yo misma llamaré a tu jefe para contarle por qué la hija del dueño te tiró el anillo en una copa de champán.
Gabriel se quedó frozen. Sabía que Lucía no jugaba. El desespero en su rostro se transformó en pánico al ver que su estatus pendía de un hilo. Desvió la mirada hacia mí, buscando a la Meme sumisa de siempre, pero solo encontró desprecio.
—Meme... por favor —susurró.
—Lárgate, Gabriel —sentencié—. La próxima vez que me busques, que sea a través de un abogado para disolver la sociedad del departamento. No existes más para mí.
Gabriel apretó los puños, rígido por la humillación. Dio la vuelta con brusquedad, subió a su auto y arrancó haciendo rechinar las llantas, desapareciendo en la avenida. El vestíbulo regresó al silencio.
Lucía soltó un suspiro y cerró la puerta con llave. Me rodeó con un brazo.
—Se acabó, Meme. Ese imbécil no te va a molestar hoy.
—Gracias, Lu —murmuré, sintiendo un cansancio monumental.
Subimos en el ascensor. Me metí a la cama de huéspedes envuelta en cobijas, escuchando el reloj. No tenía hogar, mi familia me había dado la espalda y mi prometido era un monstruo. Mi vida estaba en ruinas, pero extrañamente, mientras cerraba los ojos para intentar dormir antes de mi turno, la imagen de la pequeña Martina sonriendo regresó a mi mente.
La tormenta había terminado en la calle, pero sabía que en unas horas tendría que regresar al Hospital San Gabriel y cruzarme con la mirada intensa de Nicolás Fernández. Y algo me decía que las cosas apenas estaban comenzando.