Su esposa por un año

Capítulo 6: La única excepción

Firmar el alta médica de Martina había sido el mayor alivio de mi semana. Verla salir del hospital San Gabriel sujeta de mi mano me devolvió el aire que había perdido. Sin embargo, mientras cruzábamos el estacionamiento, no pude evitar buscar con la mirada una silueta descalza envuelta en una bata blanca. La doctora Mercedes Rosini se había marchado al amanecer sin dejar rastro.

Pasaron tres días, pero la rutina en mi despacho de abogados se volvió un suplicio. Revisaba contratos multimillonarios, pero mi mente regresaba una ya otra vez al cuarto piso de la clínica. Recordaba sus párpados hinchados por un llanto que intentó ocultarme, el vestido azul de fiesta empapado y la forma tan feroz en la que me plantó cara cuando intenté imponer mi autoridad. Nadie me había hablado así en años. Me había desarmado con tres frases cortas.

—Papi, ¿la doctora Meme va a venir hoy a la casa? —preguntó Martina el jueves por la tarde, interrumpiendo mis pensamientos mientras jugaba en la alfombra de mi oficina.

—No, princesa. Ella trabaja en el hospital, tiene muchos pacientes que cuidar —le respondí, forzando una sonrisa suave.

—Pero ella me prometió que no me iba a soltar —murmuró, agachando la cabeza.

Desde que su madre biológica nos abandonó, Martina había levantado un muro invisible frente a cualquier mujer. Las niñeras no le duraban un mes. Pero con Mercedes fue diferente. Se había aferrado a ella como si fuera su único salvavidas.

El verdadero problema estalló a la medianoche.

El llanto de Martina me despertó de golpe. Corrí hacia su habitación y la encontré sentada en la cama, empapada en sudor, temblando y llorando desconsoladamente. No era una crisis de asma física; el monitor indicaba que sus pulmones estaban limpios. Era una crisis de ansiedad. Un ataque de pánico provocado por el miedo residual de haber sentido que se ahogaba tres días atrás.

—¡Martina, mírame, respira! —la tomé por los hombros, desesperado—. Papi está aquí, mi amor. Estás a salvo.

—¡No! ¡Me duele, papi! ¡Quiero a Meme! —gritó entre sollozos, esquivando mi abrazo—. ¡Llama a la doctora Meme! ¡Ella me curó!

Intenté calmarla de todas las formas posibles, pero su ritmo cardíaco seguía subiendo en la pantalla y el pánico de que el estrés desencadenara otra crisis respiratoria real me nubló el juicio.

—Marta, ayuda a la niña a ponerse el abrigo. Nos vamos al hospital ahora mismo —ordené a la niñera, tomando las llaves.

Conduje a toda velocidad por las calles desiertas de la ciudad, con el corazón en la boca mientras escuchaba los sollozos de mi hija en el asiento trasero. Cuando estacioné frente a urgencias pediátricas, cargué a Martina en brazos y entré a zancadas. Me paré frente al mostrador de enfermería, con la respiración agitada y la mandíbula rígida.

—Necesito a la doctora Mercedes Rosini. Ahora mismo —le exigí a la enfermera de turno.

—Señor, la doctora Rosini está de guardia, pero acaba de entrar a su tiempo de descanso hace media hora. Está durmiendo en el área de residentes. No podemos despertarla a menos que...

—¡Meme! —el grito desgarrado de Martina, aferrada a mi cuello, interrumpió a la enfermera.

—Es una emergencia para mi hija —siseé, dando un paso al frente y clavando mi mirada en la mujer—. Avísele que Nicolás Fernández está aquí y que la niña no va a dejar que nadie más la toque.

La enfermera tragó saliva, intimidada, y tomó el teléfono interno a toda prisa.

Me quedé de pie en medio del pasillo del hospital, arrullando a Martina en mis brazos mientras ella no dejaba de temblar. Pasaron apenas un par de minutos antes de que la puerta del pasillo de residentes se abriera de golpe.

Mercedes salió de allí.

Llevaba el uniforme médico azul marino arrugado, el cabello recogido en un moño desordenado y unas ojeras profundas que delataban que no había descansado nada en los últimos días. Se veía cansada, con los ojos entrecerrados por haber sido despertada abruptamente, pero en cuanto vio a Martina llorando en mis brazos, toda la somnolencia desapareció de su rostro. Su instinto médico se activó en un segundo.

Caminó hacia nosotros a paso rápido y, sin decirme una sola palabra, extendió los brazos hacia mi hija.

—Aquí estoy, mi amor. Ya estoy aquí —dijo Mercedes con esa voz dulce que parecía tener un efecto mágico.

En el mismo instante en que Martina pasó a sus brazos, sus sollozos disminuyeron. La pequeña escondió la cara en el cuello de Mercedes, aferrándose a su uniforme con sus manitas temblorosas. El monitor de mi propia cordura se estabilizó al ver que la respiración de mi hija empezaba a calmarse.

Mercedes acomodó a la niña en su pecho, le acarició la espalda con suavidad y luego levantó la vista lentamente hacia mí. Me sostuvo la mirada con una fijeza que me heló la sangre. Había una mezcla de cansancio extremo, reproche y una extraña complicidad en sus ojos.

—Está teniendo un ataque de pánico, Nicolás —me dijo en un susurro firme, rompiendo el silencio—. No debiste dejar que se alterara tanto antes de traerla.

La miré fijamente, dándome cuenta de que, a pesar de mi fachada de hombre poderoso e implacable, en ese momento yo era el que dependía por completo de ella. Deslicé las manos en los bolsillos de mi pantalón para ocultar que me temblaban.




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