Su esposa por un año

Capítulo 7: La humillación del traidor

El sol del amanecer comenzaba a teñir de rosa el cielo gris cuando por fin firmé mi salida en el mostrador de enfermería. Había pasado el resto de la madrugada en el box de observación, acunando a Martina y hablándole en voz baja hasta que se quedó profundamente dormida. Nicolás se había quedado a su lado todo el tiempo, mirándome con una intensidad silenciosa que todavía me ponía nerviosa.

Caminé hacia el estacionamiento subterráneo del hospital con el cuerpo entumecido. El cansancio acumulado de la guardia y el peso de mi vida destruida me caían encima de golpe. No tenía energía ni para pensar; solo quería llegar al departamento de Lucía y cerrar los ojos.

Justo cuando saqué las llaves de mi bolso y me acerqué a mi auto, una silueta salió de entre las columnas de concreto, cortándome el paso.

El estómago se me revolvió al instante. Era Gabriel.

Llevaba los ojos inyectados en sangre y la mandíbula desencajada. Evidentemente se había quedado dando vueltas por la zona exterior de la clínica, esperando a que yo saliera de mi turno.

—Meme, por fin sales —dijo, dando un paso hacia mí con las manos extendidas—. Te estuve esperando toda la noche. Tienes que escucharme, por favor.

—Hazte a un lado, Gabriel —le respondí, con voz gélida—. No tengo absolutamente nada que hablar contigo.

—Nena, no me hagas esto —insistió, acortando la distancia y tomándome bruscamente de la muñeca. Su agarre apretó mi brazo—. Lo de Camila fue un error de una sola noche. Ella me presionó, estuvo encima de mí semanas porque te tiene envidia. Yo estaba borracho, no sabía lo que hacía. Tienes que perdonarme, tenemos una vida planeada juntos. Tu papá...

—¡Suéltame! —le grité, intentando zafar mi brazo, pero él tiró de mí con más fuerza, acorralándome contra la puerta de mi auto.

—¡No te voy a soltar hasta que me escuches! —elevó la voz, perdiendo la cordura—. No puedes tirar tres años a la basura por un desliz. ¡Estás exagerando!

—Dijo que la sueltes.

La voz profunda, grave y cargada de una amenaza implacable resonó en el concreto del estacionamiento.

Gabriel se quedó congelado. Yo levanté la vista por encima de su hombro. Nicolás Fernández caminaba hacia nosotros con paso firme y felino, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo oscuro y los ojos clavados en Gabriel como si fuera una plaga que planeaba aplastar. Su sola presencia pareció restarle aire al lugar. Había bajado para agradecerme lo de su hija, pero se había encontrado con esto.

Nicolás se detuvo a un metro de nosotros, sacándole una cabeza de ventaja a Gabriel.

—¿Y tú quién eres? No te metas, es un problema entre mi prometida y yo —soltó Gabriel, intentando recuperar su fachada de hombre seguro, aunque el temblor en su voz lo delató.

—Soy el padre de la niña que la doctora Rosini acaba de salvar mientras tú la acosas en un estacionamiento —respondió Nicolás, dando un paso al frente que obligó a Gabriel a soltarme la muñeca por puro instinto—. Y también soy el hombre que va a llamar a la seguridad de este hospital si no quitas tus manos de ella en los próximos tres segundos.

Gabriel soltó una risa histérica, mirando a Nicolás y luego a mí.

—Vaya, Meme. Veo que no perdiste el tiempo. Te consigues un tipo con dinero el mismo día que me dejas —escupió con desprecio—. ¿Ya le contaste que te ibas a casar conmigo en seis meses?

El asco y la rabia me quemaron la garganta. Di un paso al frente, apartando suavemente a Nicolás para ponerme cara a cara con el cobarde que había sido mi prometido.

—El único que no perdió el tiempo fuiste tú, Gabriel —le siseé, con una claridad que resonó en todo el estacionamiento desierto—. Pasaste tres años fingiendo que me amabas cuando lo único que deseabas eran las acciones de la empresa de mi padre. Pasaste meses planeando cómo deshacerte de mí mientras te acostabas con mi hermana en el despacho de mis papás.

Gabriel abrió la boca, pero no le dejé emitir sonido.

—Viniste aquí arrastrándote como un guisante porque sabes que si mi papá se entera de lo que hiciste, no solo estás despedido, sino que ninguna firma legal de esta ciudad volverá a contratarte. No estás desesperado por mí, Gabriel. Estás muerto de miedo porque sabes que sin mi apellido vas a volver a ser el don nadie que siempre fuiste.

Gabriel se quedó completamente pálido, desarmado públicamente frente a un extraño. Miró a Nicolás, quien lo observaba con una sonrisa gélida y cargada de desprecio en los labios, disfrutando cada una de mis palabras.

—Te lo advertí y te lo repito ahora: no existes más para mí —sentencié, dándole la espalda—. Lárgate antes de que sea yo misma quien llame a mi padre para destruir tu carrera.

Gabriel apretó los puños, temblando de la pura humillación. Al darse cuenta de que ya no le quedaba capacidad de manipulación, dio la vuelta y caminó a zancadas hacia su auto, subiendo y arrancando a toda velocidad, desapareciendo en la avenida.

El silencio regresó al estacionamiento. Me apoyé contra la puerta de mi auto, cerrando los ojos mientras intentaba regular mi respiración. Nicolás dio un paso hacia mí, manteniendo esa distancia respetuosa que tanto agradecía.

—Estuviste magnífica, doctora Rosini —murmuró con su voz grave—. Aunque dudo que ese infeliz entienda lo que es la dignidad. Bajaba para agradecerte lo de Martina, pero veo que tenías complicaciones peores aquí.




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