Su esposa por un año

Capítulo 8: Desayuno con sabor a tregua

El trayecto de regreso al departamento de Lucía fue casi automático. Conducir con el sol del amanecer golpeándome la cara y el eco de las patéticas excusas de Gabriel en los oídos me hacía sentir como si estuviera flotando en una realidad distorsionada. Estacioné, subí el ascensor y, al abrir la puerta, el olor a café recién hecho me recibió como un abrazo cálido.

Lucía estaba en la cocina, vistiendo su pijama y sirviendo dos tazas humeantes. En cuanto escuchó mis pasos, se giró con una mirada cargada de preocupación.

—Por fin llegas. Estaba a punto de ponerme los zapatos e ir a buscarte al hospital —dijo, arrastrando una silla del comedor para mí—. Siéntate. Te preparé pan tostado con aguacate. Necesitas calorías y cafeína urgente.

—Gracias, Lu —murmuré, dejándome caer en la silla. Me pasé las manos por la cara, sintiendo la piel limpia pero agotada—. No vas a creer lo que pasó en el estacionamiento.

Lucía se detuvo a mitad de camino con la cafetera en la mano, abriendo los ojos de par en par.

—No me digas que el imbécil de Gabriel volvió a aparecer.

—Me emboscó junto a mi auto —asentí, dándole un sorbo al café que me devolvió la vida—. Empezó con el mismo discurso de que Camila lo provocó, que estaba borracho y que no podía tirar tres años a la basura por un desliz. Llegó a agarrarme de la muñeca para obligarme a escucharlo.

—¡Maldito infeliz! —estalló Lucía, golpeando la barra con un trapo de cocina—. ¡Te juro que voy a buscarlo a su oficina y...!

—No hizo falta —la interrumpí, con una pequeña sonrisa triunfal—. Alguien más le puso un freno. Nicolás Fernández bajaba a buscarme para agradecerme lo de su hija y vio la situación. Se le paró enfrente, le sacaba una cabeza de ventaja y le advirtió que llamaría a seguridad si no me soltaba.

Lucía dejó la cafetera y se sentó frente a mí de inmediato, apoyando los codos en la mesa, completamente atrapada por el chisme.

—¿El abogado imponente de la camioneta negra? ¿El papá soltero?

—El mismo —continué—. Gabriel, fiel a su estilo cínico, intentó humillarme sugiriendo que ya me había conseguido un tipo con dinero. Así que me paré frente a él y le canté todas sus verdades. Le recordé que solo le interesaban las acciones de mi padre, que daba asco y que si mi papá se enteraba, su carrera estaba acabada. Se quedó blanco. Dio la vuelta y se largó derrapando las llantas.

—¡Esa es mi amiga! —celebró Lucía, aplaudiendo—. Me hubiera encantado verle la cara de humillación. ¿Y qué hizo el abogado guapo?

—Me dijo que estuve magnífica —admití, sintiendo un calor extraño en las mejillas—. Se ofreció a llevarme a casa porque me vio destruida. Y ahí fue cuando... bueno, se me escapó decirle que ya no tenía casa y que me estaba quedando contigo.

Lucía me observó con atención, analizando mi expresión.

—¿Y qué te dijo?

—Nada, no presionó. Es un hombre muy reservado, pero me miró de una forma... no sé, como si le importara de verdad. Solo me pidió que descansara porque Martina se pondría triste si su doctora favorita se enfermaba.

Saqué mi teléfono del bolsillo y lo coloqué sobre la mesa. Estaba completamente en silencio. No había notificaciones, ni mensajes, ni llamadas.

—¿Todavía nada? —preguntó Lucía con suavidad, mirando el aparato.

—Nada —respondí, y una punzada de dolor real me cruzó el pecho—. Ni mi madre, ni mi hermana, ni mi padre. Nadie ha intentado comunicarse conmigo desde que me largué de la cena. Mi mamá y Camila deben estar celebrando que se quedaron con Gabriel, y mi papá seguro está demasiado ocupado protegiendo las apariencias de la empresa para llamarme. Es oficial, Lu. Ya no tengo familia.

Lucía estiró el brazo sobre la mesa y me apretó la mano con fuerza.

—Tú me tienes a mí, Meme. Siempre. Deja que se queden con sus mentiras. Tú vales demasiado para esa casa de víboras.

Asentí, tragándome el nudo en la gola y cambiando de tema para no quebrarme.

—¿Sabes qué es lo más loco de todo esto? Martina —comenté, y mi voz cambió por completo, volviéndose más suave—. Es una niña hermosa, Lu. Tan dulce y frágil. Cuando la tengo en mis brazos y me mira con esos ojos enormes, siento algo que no puedo explicar. Es como una conexión especial, como si nuestros cables rotos se entendieran a la perfección. Me da una paz que no encuentro en ningún otro lado.

Lucía me miró fijamente un segundo. Luego, una sonrisa pícara y divertida comenzó a dibujarse en sus labios. Se reclinó en su silla, mirándome con complicidad.

—Una conexión especial, ¿eh? —bromeó, arqueando una ceja—. Y dime una cosa, Meme... ¿esa conexión mística y espiritual con la niña no tendrá nada que ver con el hecho de que el guapo de su padre sea un monumento de hombre que te defiende en los estacionamientos?

—¡Lucía! —la reprendí, lanzándole una servilleta de papel, aunque no pude evitar soltar una risa avergonzada—. Es mi paciente, y él es un hombre misterioso que apenas conozco. Además, tengo el corazón hecho pedazos, lo menos que pienso es en hombres.

—Ay, por favor, el dolor de corazón se cura más rápido si te receta un remedio un abogado millonario y protector —rió ella, esquivando la servilleta—. Solo digo que el destino tiene formas muy raras de ponerte las cosas en bandeja de plata.




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