Su esposa por un año

Capítulo 9: El eco del abandono

Había aprovechado mi día libre para ordenar mis pensamientos en el departamento de Lucía. El silencio absoluto de mis padres y de mi hermana seguía doliendo, pero la rabia estaba ganando la batalla. Estaba intentando concentrarme en la lectura de un artículo médico cuando mi teléfono vibró sobre la mesa.

En la pantalla apareció un número desconocido. Contesté por puro instinto profesional.

—¿Doctora Rosini? —La voz profunda, ronca y cargada de una angustia salvaje me hizo ponerme de pie de un salto. Era Nicolás Fernández.

—¿Nicolás? ¿Qué pasa? ¿Cómo consiguió mi número?

—Eso no importa, moví un par de contactos en la administración del hospital —admitió él, ignorando los protocolos—. Mercedes, es Martina. Está en casa, pero está sufriendo un colapso absoluto. Sus pulmones están limpios, no es asma física, es una crisis de ansiedad. No me deja tocarla, está hiperventilando y solo grita tu nombre. Por favor... ven. Te enviaré mi dirección ahora mismo.

El tono de súplica de un hombre que siempre parecía tener el control del mundo me oprimió el corazón. Cinco minutos después, ya estaba subiendo a mi auto con la dirección en el GPS.

Cuando estacioné frente a la imponente residencia de Nicolás en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, él ya me esperaba en la entrada. Tenía la camisa desabrochada y el rostro desencajado. Sin decir una palabra, me guió a zancadas escaleras arriba hasta la habitación de la pequeña.

Al entrar, la escena me rompió el alma. Martina estaba hecha un ovillo en el centro de su cama, empapada en sudor, llorando de manera desgarradora y rechazando la manta que la niñera intentaba ponerle.

—¡No! ¡Se va a ir! ¡Papi, dile que no se vaya! —gritaba con su vocecita rota—. ¡Mami se fue porque no me porté bien! ¡Meme también se fue!

El trauma del pasado había brotado con la fuerza de un volcán. En su mente infantil, el abandono de su madre biológica y mi salida del hospital tras la guardia se habían mezclado en una sola pesadilla.

—Hágase a un lado, por favor —le pedí suavemente a Marta, la niñera, mientras me acercaba a la cama.

Nicolás se quedó estático a un lado, mirándome con una mezcla de desespero y esperanza.

Me subí a la cama y, sin dudarlo, atraje a Martina hacia mi regazo. La abracé con fuerza, pegando su pequeño cuerpo tembloroso contra mi pecho, ignorando que sus manitas golpeaban mis hombros al principio.

—Aquí estoy, mi amor. Aquí está Meme —le susurré al oído, manteniendo una voz suave y firme—. No me fui. Estoy contigo y no te voy a soltar. Lo prometo, princesa. Respira conmigo. Despacio.

En cuanto reconoció mi voz y mi aroma, el llanto de Martina cambió. Sus dedos se clavaron con una fuerza asombrosa en mi playera y hundió la carita en mi cuello. Comencé a acariciarle el cabello, balanceándola despacio mientras controlaba mi propia respiración para que ella copiara el ritmo.

Pasaron quince minutos de absoluto silencio. Poco a poco, los espasmos cesaron. Su cuerpo se relajó por completo en mis brazos y sus ojos enormes se cerraron, vencidos por el agotamiento emocional, quedando profundamente dormida.

Marta se limpió las lágrimas en silencio y salió de la habitación, dejándonos solos. Acomodé a Martina en las almohadas y la cobijé con ternura. Al levantarme de la cama, me encontré con la mirada de Nicolás.

Estaba de pie junto a la ventana, observándome con una fijeza que me cortó el aliento. Toda su arrogancia habitual había desaparecido; solo quedaba una abrumadora gratitud.

—Su madre nos dejó cuando ella tenía dos años —confesó en un susurro gélido, revelando su secreto más oscuro—. Jamás volvió a mirar atrás. Desde entonces, Martina levantó un muro. No confía en ninguna mujer. No deja que nadie se acerque.

Pasé saliva, sintiendo el peso de sus palabras.

—Sintió miedo, Nicolás. Pensó que cuando terminó mi turno en el hospital, la estaba abandonando a ella también.

Nicolás dio un paso al frente, acortando la distancia de una forma que me hizo contener el aliento. Sus ojos oscuros brillaron con una luz peligrosa y decidida en la penumbra del cuarto.

—No fue solo un pensamiento, Mercedes —sentenció, mirándome directo a los ojos—. Mi hija te eligió. Y yo nunca la he visto equivocarse. Gracias por venir en tu día libre. Gracias por salvarla... otra vez.




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