Nicolás me guió en absoluto silencio fuera de la habitación de Martina. Caminamos por un pasillo elegante, decorado con luces tenues, hasta llegar a un enorme estudio iluminado solo por la lámpara de un escritorio de caoba. El lugar olía a madera, libros caros y café amargo. El ambiente se sentía pesado, casi asfixiante. Se acercó a una pequeña barra, sirvió un trago de whisky en un vaso de cristal y, por primera vez desde que lo conocía, noté que sus hombros impecables caían bajo un peso invisible.
—¿Quieres tomar algo? —ofreció, con la voz apagada, sin mirarme.
—No, gracias. Estoy bien —respondí, manteniéndome de pie cerca de la puerta, cruzada de brazos—. Nicolás... Martina está tranquila ahora, pero el trauma del abandono está muy arraigado en su mente. Esos ataques de pánico pueden volverse recurrentes si vuelve a sentir inestabilidad a su alrededor.
Él soltó una risa amarga, una que no le llegó a los ojos. Miró el líquido ámbar en su vaso antes de darle un sorbo corto y destructivo.
—Inestabilidad. Esa es la palabra exacta que están usando en mi contra en este momento —murmuró, caminando lentamente hacia el gran escritorio. Tomó una carpeta de cuero de entre un montón de documentos legales y me la extendió—. Echa un vistazo tú misma.
Me acerqué con cautela, rompiendo la distancia entre nosotros, y tomé el papeleo. Mis ojos escanearon rápidamente los sellos judiciales, los membretes oficiales y las demandas. Como médica, estaba acostumbrada a los términos complejos, pero reconocí de inmediato el significado de aquellas líneas: era una solicitud formal de revisión de custodia de manera urgente.
—No entiendo —dije, levantando la vista hacia él, confundida—. Dijiste que la madre de Martina los abandonó hace tres años.
—Así fue. Nataly se largó del país con un amante y nunca más volvió a llamar ni a preguntar por su hija —explicó Nicolás. Su mandíbula se tensó tanto que las venas de su cuello se marcaron, y temí que fuera a romper el vaso de cristal con la mano—. Pero su familia... los abuelos maternos de Martina, tienen un apellido poderoso en esta ciudad y demasiado dinero para gastar en abogados. Jamás aceptaron que la niña se quedara conmigo. Ahora, Nataly les firmó un poder absoluto desde el extranjero y están usando cualquier tecnicismo legal para quitarme a mi hija.
—¿Bajo qué argumentos? —pregunté, sintiendo una punzada de indignación—. Eres un abogado exitoso, tienes una posición excelente y le das todo lo que una niña de su edad necesita.
—Precisamente están usando mi éxito en mi contra —siseé, dando un paso hacia mí. Sus ojos oscuros brillaban con una furia contenida que resultaba imponente—. Alegan que mi estatus de padre soltero y mis largas horas de trabajo en el bufete me impiden ser un tutor apto. Dicen que Martina vive rodeada de niñeras, que carece de una figura materna y que su reciente crisis médica en urgencias es la prueba irrefutable de que está descuidada bajo mi techo.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Era una maldita injusticia. Yo misma había visto a Nicolás desesperado en los pasillos del hospital; lo había visto dejar caer toda su armadura de hombre de hielo con tal de que su pequeña respirara bien. No era un padre ausente ni negligente; era simplemente un hombre protegiendo su pequeño mundo en total soledad.
—Eso es una crueldad, Nicolás —declaré, dando un paso más hacia él. Mi voz vibró con una empatía genuina—. El asma y la ansiedad no son culpa tuya, son condiciones médicas. El juez debería ser capaz de ver el excelente padre que eres.
—Los jueces de familia se basan en papeles, apariencias y prejuicios, Mercedes —me interrumpió, pronunciando mi nombre completo con una gravedad que me erizó la piel—. El magistrado a cargo del caso es de la vieja escuela. Para él, un hogar ideal es un hogar tradicional. Mi propio abogado me lo dejó claro ayer por la tarde: necesito demostrar estabilidad familiar urgente ante el tribunal. Si no presento una estructura sólida y tradicional en la próxima audiencia, el juez podría otorgarles la custodia temporal a los abuelos mientras dure el juicio. Y si esos ancianos resentidos se llevan a Martina, sé que usarán sus influencias para que jamás la vuelva a recuperar.
Me quedé completamente sin palabras, procesando el peligro real y terrorífico que corría esa pequeña niña que se había aferrado a mí. Miré la carpeta en mis manos y luego volví a mirar a Nicolás. El hombre implacable que controlaba con mano de hierro los tribunales de la ciudad estaba atrapado y acorralado por el mismo sistema que defendía todos los días.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó mi voz en un susurro apenas audible en la inmensidad del estudio.
Nicolás dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que resonó en las paredes. Dio dos pasos lentos y felinos hacia mí, acortando la distancia que nos separaba hasta que pude sentir el calor de su presencia invadir mi espacio. Me sostuvo la mirada de una forma tan intensa que mi pulso se aceleró en un segundo, haciéndome contener el aliento. Había una determinación peligrosa y calculadora en sus ojos oscuros, una idea fija que parecía haber estado madurando en su mente desde que me vio calmar el llanto de su hija.
—Voy a darles el hogar tradicional que están exigiendo —sentenció con una voz firme, gélida e irrevocable—. Aunque tenga que construirlo desde cero con la persona adecuada.