Mercedes no se marchó. Cuando le pedí que se quedara a pasar la noche para que Martina la viera allí al despertar, esperé que se negara. Tenía motivos de sobra para hacerlo: apenas nos conocíamos, venía de una guardia agotadora y su orgullo seguía intacto. Sin embargo, miró la puerta entornada de la habitación de mi hija, suspiró con un cansancio que le calaba los huesos y asintió en silencio.
A la tres de la madrugada, no podía pegar el ojo. Dejé el estudio y caminé descalzo por el pasillo alfombrado hasta el cuarto de mi hija. Empujé la puerta de madera centímetro a centímetro, sin hacer el menor ruido.
La lámpara de noche proyectaba una luz tenue y cálida sobre la escena.
Mercedes se había quedado dormida en el gran sillón orejero junto a la cama. Tenía el cuerpo ligeramente ladeado, una manta ligera cubriéndole las piernas y el cabello oscuro desparramado por el respaldo. A pocos centímetros, la mano de Martina sobresalía de las cobijas, extendida hacia ella, como si incluso en sueños necesitara asegurarse de que su salvavidas seguía en la habitación.
Me apoyé contra el marco de la puerta, cruzado de brazos, y me quedé mirándola.
Mis defensas, esas que me habían tomado tres años construir con bloques de cemento y desconfianza, cayeron por completo en esa penumbra. Durante mucho tiempo asocié la figura femenina con el abandono, con la traición y el perfume caro de Nataly marchándose sin mirar atrás. Pero Mercedes era el polo opuesto. Había llegado a mi mundo rota, arrastrando sus propios demonios y huyendo de un imbécil que no sabía lo que tenía, y aun así, le había alcanzado el alma para remendar los pedazos de mi hija.
La observé con una fijeza casi obsesiva. Ya no veía solo a la médica competente y estricta de urgencias. Veía a una mujer de una belleza serena, con una fortaleza silenciosa que me fascinaba y que mi hogar necesitaba con una urgencia desesperada.
Regresé al estudio con paso lento, sintiendo una presión asfixiante en el pecho. Me senté detrás del escritorio y abrí la carpeta de cuero que contenía la demanda de los abuelos maternos. Volví a leer las acusaciones: Padre ausente. Entorno inestable. Falta de una figura materna.
Apreté los puños, sintiendo una furia helada correr por mis venas. No iba a perder a Martina. No iba a permitir que esos viejos resentidos me arrancaran lo único bueno que tenía en la vida. Pero el tiempo corría y la audiencia legal era en menos de dos semanas. Necesitaba una esposa. Necesitaba presentar ante el juez un frente blindado, un hogar tradicional que destruyera cualquier argumento de la demanda.
Tenía el dinero para comprar cualquier cosa en esta ciudad, pero la confianza de mi hija no estaba a la venta. Martina rechazaría a cualquier mujer que yo intentara meter a la fuerza en esta casa.
A excepción de ella.
Apoyé los codos en el escritorio y me cubrí la cara con las manos, asimilando la locura que estaba cobrando forma en mi mente. Mercedes estaba sola. El descarado de su ex prometido la había dejado sin el departamento que compartían, y su propia familia le había dado la espalda de la forma más cruel imaginable. Ella necesitaba un refugio, estabilidad y un escudo para reconstruir su vida lejos de las víboras que la traicionaron.
Yo podía darle todo el respaldo económico y legal del mundo. Y ella podía darle a mi hija la mamá que el destino le había negado.
Era una transacción. Un negocio perfecto y mutuamente beneficioso de trescientos sesenta y cinco días.
Miré hacia la ventana, viendo los primeros destellos del amanecer filtrarse entre los edificios de la ciudad. La decisión estaba tomada. Sabía que proponerle algo así a una mujer como Mercedes Rosini era jugar con fuego, y que su dignidad la haría querer rechazarme al primer segundo. Pero yo era un maldito abogado corporativo; mi trabajo consistía en ganar casos imposibles y convencer a las personas de aceptar acuerdos que jamás creyeron firmar.
Me levanté del escritorio, acomodé los papeles y me preparé para bajar a la cocina. La tregua de la noche había terminado. Era hora de jugar mi última carta para salvar a mi familia, aunque eso significara arrastrar a la hermosa y herida doctora al centro de mi tormenta.