Su esposa por un año

Capítulo 12: Una pizca de hogar

El aroma a pan tostado y café recién filtrado me obligó a abrir los ojos despacio. Me tomó un par de segundos estirar los músculos y recordar exactamente dónde estaba. Al mirar hacia la cama de Martina, la descubrí vacía y perfectamente tendida. Me incorporé en el sillón orejero, sacudiendo la manta ligera que me había cubierto por la noche, y contemplé mi reflejo en el gran espejo de la habitación. Llevaba la misma ropa diaria con la que había salido de prisa del departamento de Lucía el día anterior; la mezclilla se sentía un poco rígida y mi blusa estaba arrugada por haber dormido de lado, pero no había tiempo para lamentarme por mi aspecto. Me pasé las manos por la cara, acomodé mi cabello oscuro en una coleta alta e intenté arreglar el desastre antes de salir al pasillo.

Guiada por el eco de unas risas agudas y cantarinas, bajé las imponentes escaleras flotantes de la residencia hasta dar con la cocina de concepto abierto. Era un espacio enorme, moderno, con una gigantesca isla de mármol blanco en el centro que parecía sacada de una revista de diseño.

Allí estaba Martina, sentada en un taburete alto, con un tierno bigote de espuma de leche en el labio superior y gesticulando con las manos mientras Marta y la cocinera se aguantaban la risa detrás de la barra.

—¡Buenos días, doctora Meme! —exclamó la pequeña en cuanto me vio cruzar el umbral, con sus enormes ojos iluminados de par en par—. ¡Mira, estoy ayudando a hacer los panqueques! Bueno, en realidad me estoy comiendo las chispas de chocolate que van arriba, que es casi lo mismo.

Una carcajada limpia y sincera se me escapó del pecho, resonando en las paredes de la cocina. La pesadez que arrastraba en el alma por los últimos días pareció aligerarse en un segundo gracias a esa ocurrencia.

—Esa es una tarea fundamental para que queden deliciosos, princesa —le respondí, acortando la distancia y acercándome a la isla.

Marta me sirvió una taza de café humeante con una sonrisa cargada de gratitud, mientras la cocinera me ofrecía un plato con fruta fresca cortada. Me senté en el taburete junto a Martina y pasé los siguientes veinte minutos sumergida en una burbuja de normalidad que hace mucho tiempo no experimentaba en mi propia vida. Reímos con los comentarios de la niña, quien insistía en contarme cómo su oso de peluche también sufría de una "tos mágica" que se curaba con abrazos. Por primera vez desde el escándalo de la cena de aniversario, no me sentía la oveja negra de una familia traicionera, ni la prometida desechada. Me sentía... querida. Ofreciendo una parte de mí que alguien recibía con pureza.

En un momento de la conversación, mientras Martina intentaba atrapar una fresa con el tenedor, giré la cabeza hacia la entrada de la cocina y el aire se me atoró por completo en la garganta.

Nicolás estaba apoyado contra el marco de la puerta de madera.

Había dejado de lado sus trajes impecables de abogado por unos pantalones oscuros y una playera negra de algodón que se ajustaba a la perfección a sus hombros anchos y atléticos. Sostenía una taza de cerámica entre las manos y nos observaba en silencio. Pero lo que verdaderamente me congeló el pulso fue su expresión: no tenía esa máscara gélida, calculadora e implacable de siempre. Estaba sonriendo. Era una sonrisa sutil, genuina y malditamente hermosa que le relajaba la línea de la mandíbula y le aportaba una luz completamente diferente a sus ojos oscuros.

Sostuvo mi mirada durante unos segundos que se sintieron eternos. Me sentí completamente intimidada por la intensidad de su atención, consciente de mis ropas arrugadas del día anterior, y por lo rápido que mi corazón empezó a golpear contra mis costillas.

Por suerte, el trance se rompió cuando Martina se giró hacia él.

—¡Papi! —gritó la niña, bajándose del taburete de un salto.

Corrió por el suelo de porcelanato y se lanzó directo a sus brazos. Nicolás dejó su taza en una mesa cercana y se agachó para recibirla, cargándola con una facilidad pasmosa mientras ella le plantaba un beso ruidoso en la mejilla. Caminó hacia la isla con la niña en brazos y se sentó en el taburete vacío, justo a mi lado.

—Buenos días, princesa. Buenos días, doctora —murmuró, y su voz grave, todavía un poco ronca por el sueño, me causó un escalofrío sutil en la espalda.

—Buenos días —atiné a responder, concentrándome repentinamente en el borde de mi taza de café para ocultar el súbito nerviosismo que me embargaba.

Marta les sirvió el desayuno mientras Martina seguía acaparando la atención de todos, cruzando sus piernitas y mirando el despliegue de comida. La pequeña miró a su padre, luego desvió sus ojos hacia mí, y un brillo de pura satisfacción inocente apareció en su rostro infantil.

—¿Saben qué? —soltó Martina, apoyando los coditos en el mármol y mirándonos con fijeza.

—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó Nicolás, cortando un pedazo de panqueque con total tranquilidad.

—Que ahora sí parecemos una familia de verdad. Una mamá, un papá y una niña desayunando juntos antes de empezar el día. Es muy bonito.

El silencio que cayó en la cocina fue instantáneo y tan denso que casi se podía cortar con el cuchillo. La cocinera detuvo la espátula en el aire y Marta fingió revisar unos papeles en la barra para darnos espacio.

Sentí que la sangre se me subía a las mejillas en un segundo, quemándome la piel. Miré de reojo a Nicolás, esperando encontrar una expresión de incomodidad, molestia o seriedad por el comentario tan directo de la niña, pero me equivoqué por completo. Él no apartó la vista de mí. Sus ojos oscuros brillaron con una fijeza calculadora, casi magnética y protectora, como si las palabras de su hija hubieran terminado de encajar la última y más importante pieza de un complejo rompecabezas en su mente.




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