Me despedí de Martina con un abrazo apretado y una promesa de visitarla pronto. Conducir de regreso al hospital para iniciar mi turno de la tarde se sintió diferente esta vez. A pesar del desastre de mi vida personal y de la traición que aún me escocía en el pecho, sentía una paz extraña y una calidez que no recordaba. La escena del desayuno, las ocurrencias de la niña y la inesperada sonrisa de Nicolás se habían quedado grabadas en mi mente, funcionando como un bálsamo temporal contra mi realidad.
Sin embargo, la burbuja de tranquilidad reventó en el mismo instante en que crucé las puertas automáticas de la clínica.
—Doctora Rosini, la están esperando en su consultorio privado —me avisó la recepcionista principal con un tono inusualmente formal—. Dijo que era un asunto familiar urgente.
El estómago se me contrajo. Caminé a paso rápido por el pasillo de baldosas blancas, sintiendo cómo la ansiedad me ganaba terreno con cada metro. Al empujar la puerta de mi despacho, me quedé petrificada.
Sentado en la silla frente a mi escritorio, vistiendo un traje gris de corte impecable y con una expresión cansada, estaba mi padre.
—Hola, Mercedes —dijo, levantándose despacio al verme entrar.
—Papá —atiné a decir, cerrando la puerta detrás de mí pero manteniéndome cerca de la salida, con los brazos cruzados en una postura defensiva—. ¿Qué haces aquí?
Mi padre soltó un suspiro largo y se pasó una mano por el cabello canoso. Parecía haber envejecido diez años desde la noche de la cena de aniversario. Dio un paso hacia mí, con una mirada en la que alcancé a distinguir un destello de culpa real.
—Vine a pedirte perdón, princesa. Sé que debí buscarte antes, debí llamarte esa misma noche, pero todo ha sido un caos absoluto en la casa —confesó, y su voz sonó inusualmente apagada.
Una risa amarga y seca se me escapó de la garganta. La mención de lo que pasó en su oficina me revolvió el estómago.
—¿Un caos? Gabriel y Camila se acostaron en tu propio despacho, papá. Mi madre me encerró en una habitación para proteger el escándalo y me dijo que yo no importaba. Estuve dos días sin un techo propio y ni la mujer que me dio la vida ni tú fueron capaces de enviarme un maldito mensaje para saber si estaba viva.
—No justifico a tu hermana, Mercedes —me interrumpió él de inmediato, dando un paso al frente y extendiendo las manos en un gesto de súplica—. No la justifico en absoluto. Dios sabe que tú y yo ya conocemos perfectamente cómo es Camila. Es egoísta, es caprichosa y siempre ha querido lo que tú tienes. Pero tienes que ser la inteligente aquí, princesa. Las cosas en caliente se ven peor de lo que son. Quiero que regreses a la casa.
—¿Para qué? ¿Para verlos juntos? Si tanto se necesitan, que mi hermana se quede con Gabriel —le solté, con una frialdad cortante.
Mi padre se quedó rígido y me miró con una seriedad absoluta, negando con la cabeza.
—No es lo mismo, Mercedes. No es lo mismo —sentenció, endureciendo el tono, revelando su verdadera postura—. Camila es un desastre andante, pero tú eres mi orgullo. Tú eres la que tiene el peso de este apellido, la que está lista para heredar y manejar las acciones de la empresa. Gabriel cometió un desliz estúpido, sí, los hombres cometen errores, pero él es un profesional brillante que ya conoce el negocio. Tu matrimonio con él sigue siendo lo ideal para tu futuro y para la sociedad de la firma. No puedes tirar toda tu vida por la borda por un orgullo ciego. Vuelve a casa, perdónalo y arreglemos esto.
Escucharlo me congeló el corazón de una forma definitiva. En ese despacho, frente al hombre que me llamaba "princesa", entendí que para mi familia yo solo era la hija funcional. No les importaba mi dolor ni mi dignidad; les importaba que yo fuera la adulta responsable que salvara las apariencias y los negocios, sacrificando mi propia felicidad para mantener la farsa.
—No voy a volver, papá —sentencié, y mi voz salió sin un solo temblor—. Y no pienso perdonar a Gabriel. Para mí, todos ustedes dejaron de existir esa noche. Por favor, sal de mi consultorio. Tengo pacientes que atender.
Mi padre me miró con una mezcla de sorpresa y profunda decepción, dándose cuenta de que la Meme sumisa que siempre cedía había muerto. Recogió su abrigo en silencio y salió del consultorio.
Me dejé caer en mi silla de escritorio, temblando de la pura indignación. Estaba completamente sola. Mi familia no iba a dejarme en paz; iban a presionarme y a perseguirme usando mi propio valor en mi contra hasta que cediera. Necesitaba un escudo. Un límite tan alto y poderoso que ni mi padre pudiera saltarse.
Justo en ese instante de desesperación, el teléfono de mi consultorio comenzó a sonar. Levanté el auricular mecánicamente.
—¿Doctora Rosini? —La voz grave, profunda e imponente de Nicolás Fernández resonó al otro lado de la línea, provocándome un vuelco en el corazón—. Lamento molestarte en tu horario de trabajo, pero necesito que cenemos juntos esta noche. Reservé un lugar privado cerca de la clínica. Hay un asunto de negocios sumamente importante que debemos discutir.