En cuanto cerré la puerta del departamento de Lucía, me apoyé contra la madera y me dejé resbalar hasta quedar sentada en el suelo, con el bolso en el regazo y la cabeza dando vueltas. No alcancé a pasar el cerrojo cuando los pasos apurados de mi amiga resonaron en el pasillo. Apareció con una playera enorme, el cabello revuelto y una taza de té en la mano.
Al ver mi cara, casi tira la taza.
—Mercedes, por Dios, pareces un fantasma —exclamó, arrodillándose a mi lado—. ¿Qué pasó en esa cena? ¿El abogado resultó ser un psicópata? ¿Te amenazó? Habla ya que me está dando un infarto.
—Me voy a casar, Lucía —solté de golpe, sin anestesia.
Mi amiga se quedó petrificada en el suelo. Parpadeó una, dos, tres veces.
—A ver, creo que mi cerebro entendió mal. Dijiste que vas a mandar a Gabriel a la cárcel, ¿verdad? Porque si dijiste que te vas a casar, voy a tener que llevarte a urgencias psiquiátricas.
Me levanté del suelo arrastrando los pies, caminé hasta el sillón de la sala y me dejé caer en él. Lucía me siguió de inmediato, sentándose con las piernas cruzadas frente a mí, exigiéndome con la mirada que le explicara el delirio. Así que, sin guardarme nada, le conté todo. Le hablé de la demanda de los abuelos de Martina, de la desesperación de Nicolás como padre, del desayuno mágico que había tenido esa mañana y, finalmente, de la carpeta negra sobre la mesa del restaurante.
Cuando terminé de relatar la propuesta del matrimonio por contrato de trescientos sesenta y cinco días, Lucía tenía la boca tan abierta que temí que se le fuera a desencajar.
—Espera, déjame procesar esto —pidió, pasándose las manos por la cara—. Nicolás Fernández, el abogado corporativo más cotizado y temido de la ciudad, un hombre que parece tallado por los mismos dioses y que tiene una cuenta bancaria con más ceros de los que puedo contar, ¿te pidió que seas su esposa para no perder a su hija?
—Es una transacción, Lu. Un acuerdo comercial mutuo —añadí, intentando convencerme a mí misma—. Él me da su apellido para frenar a mi padre y a Gabriel, y yo le devuelvo la estabilidad que el juez le exige para quedarse con la niña.
—¡Es el argumento de una película, Mercedes! —chilló en un susurro, con los ojos brillando de la emoción—. Pero dime, ¿cómo siguió la noche? No me digas que solo firmaste y te fuiste.
Una sonrisa involuntaria se me escapó de los labios al recordar la segunda parte de la cena. El ambiente tenso del reservado se había transformado en una mesa de negociación digna de un tribunal de alto nivel, pero extrañamente divertida.
—No, no me fui. Después de que firmé el documento principal, nos sentamos a repasar las cláusulas de convivencia —le conté, acomodándome en el sillón—. Le dije que si íbamos a hacer esto, necesitábamos reglas muy claras. Tomé el bolígrafo y redacté la primera cláusula en una hoja en blanco: habitaciones estrictamente separadas dentro de la residencia.
—Punto clave para la salud mental —aprobó Lucía, asintiendo con seriedad—. ¿Y qué dijo el señor Alfa?
—Dijo que le parecía perfecto, que su casa tenía espacio de sobra y que respetaría mi privacidad por completo. Pero luego agregué la segunda regla: nada de contacto físico íntimo de carácter involuntario. Quise dejar claro que fuera del ojo público, cada quien mantendría su distancia. Y fue ahí donde el gran e implacable abogado se permitió bromear.
Recordar el brillo divertido en los ojos oscuros de Nicolás me revolvió el estómago de una forma que no quise admitir.
—Se reclinó en su silla, me miró de esa forma tan magnética que tiene y me dijo: “Entendido, doctora. Anotado en el acta. Pero de carácter involuntario abarca un espectro muy amplio. Si tropiezas en la escalera y te sostengo, ¿cuenta como una infracción al contrato o como un acto de caballerosidad preventiva? Porque no quisiera que sus abogados me demanden por salvarle la vida”.
Lucía soltó una carcajada limpia, tapándose la boca con un cojín.
—¡No te creo! ¿De verdad te dijo eso? ¡El hombre de hielo tiene sentido del humor! ¿Y tú qué hiciste?
—Me puse roja como un tomate, obviamente —confesé, sintiendo el calor subir a mis mejillas otra vez—. Pero mantuve la compostura. Le respondí que los rescates en escaleras estaban exentos de multas, pero que cualquier otra aproximación requería consentimiento previo y por escrito. Él soltó una risa suave, de esas que le ablandan la mandíbula y lo hacen ver ridículamente guapo, y me dijo: “Muy bien, Mercedes. Tendré listo el formulario de autorización por si alguna noche se me ocurre pedirte que me pases la sal durante la cena”.
Ambas nos quedamos en silencio unos segundos. Lucía me miraba con una mezcla de picardía y una ternura profunda. Me tomó de las manos, apretándolas con cariño.
—Sé que tienes miedo, amiga. Sé que esto parece una locura gigantesca y que vienes de sufrir una traición horrible de la gente que debía cuidarte. Pero ese hombre te está ofreciendo un lugar seguro. Y por la forma en que me cuentas cómo habla de su hija y cómo te respeta... siento que esto, lejos de ser un error, va a ser el inicio de algo hermoso. Vas a salvar a esa niña, Meme, pero ellos también te van a salvar a ti.
Las palabras de mi amiga se me clavaron en el pecho. Miré el techo del departamento, suspirando con una mezcla de nerviosismo y una extraña expectación. La negociación había terminado con un apretón de manos formal y la promesa de que Nicolás pasaría por mí el fin de semana para iniciar la mudanza.