Su esposa por un año

Capítulo 18: La mesa de los secretos

La enorme casa de Nicolás se sentía todavía más gigante cuando entré al recibidor cargando una maleta pequeña y la única caja que traía conmigo. No tenía más pertenencias. Mis verdaderas cosas, mi ropa y los recuerdos de los últimos años se habían quedado en el departamento que compartía con Gabriel. No quise volver a pisar ese lugar; la sola idea de cruzarme con él me revolvía el estómago. Prefería empezar de cero antes que humillarme mendigando lo que era mío. Por suerte, Lucía se había ofrecido de inmediato a ir ella misma por mis cajas en los próximos días para que yo no tuviera que pasar por ese infierno.

Estaba de pie junto a la escalera, asimilando el imponente silencio del lugar, cuando unos pasos firmes capturaron mi atención. Nicolás apareció por el pasillo principal, vistiendo unos pantalones oscuros y un suéter gris de algodón. Sin el traje de abogado, se veía más accesible, pero no por eso menos imponente. Su mirada bajó de inmediato hacia mis pies, deteniéndose en el escaso equipaje.

—¿Eso es todo? —preguntó, deteniéndose a un par de pasos de mí. Arrugó ligeramente el entrecejo, claramente desconcertado.

—Es lo que necesito para empezar —respondí, acomodándome la correa del bolso sobre el hombro—. El resto de mis cosas están en el departamento de Gabriel. No quise ir.

Nicolás apretó la mandíbula. Sus ojos se oscurecieron por una fracción de segundo, mostrando esa faceta protectora que empezaba a volverse peligrosa para mi tranquilidad.

—Hiciste bien. No tienes por qué pasar un mal rato —sentenció con voz firme. Dio un paso al frente y, sin pedir permiso, tomó la maleta y la caja pesada con una facilidad pasmosa—. De las cosas que dejaste allá me puedo encargar yo. Puedo enviar a uno de mis asistentes legales mañana mismo con una orden para que desalojen tus pertenencias sin que tengas que cruzar una sola palabra con ese tipo.

—No, gracias —lo interrumpí de inmediato, dedicándole una sonrisa forzada—. Lucía va a ir en estos días. Ya lo coordinamos. Prefiero que sea algo entre nosotras, sin abogados ni notificaciones de por medio. Bastante drama tengo ya.

Nicolás me observó unos segundos en silencio, como si estuviera midiendo el tamaño de mi orgullo. Finalmente, asintió despacio, respetando mi decisión.

—Está bien. Conozco mis límites. Pero si ese infeliz te pone una sola traba o intenta retener algo, me lo dices. ¿Entendido, Mercedes?

—Entendido —murmuré, sintiendo un calor extraño en el pecho ante su insistencia.

—Sígueme. Te mostraré tu cuarto —indicó, girándose hacia las escaleras.

Lo seguí subiendo los peldaños de mármol. El pasillo del segundo piso era una galería larga y alfombrada, iluminada por ventanales que daban al jardín trasero. Caminamos un buen tramo en silencio hasta que se detuvo frente a una puerta de madera maciza.

—Cumpliendo la primera cláusula de nuestro contrato —dijo Nicolás, abriendo la puerta y haciéndose a un lado para dejarme pasar—. Tu habitación está en esta ala de la residencia. La mía queda exactamente en el extremo opuesto, al final del corredor. Tendrás privacidad absoluta, nadie va a molestarte aquí.

Entré al espacio y me quedé sin aliento. Era un cuarto hermoso, enorme, decorado en tonos neutros y con un ventanal gigante que inundaba el lugar de luz natural. Tenía una cama amplia, un vestidor vacío que parecía esperar por mis futuras compras y un baño propio impecable. Era un lugar de en sueño, pero la inmensa distancia física entre su habitación y la mía solo me recordaba la naturaleza real de mi presencia allí. Yo no era una esposa de verdad; era un escudo legal, una madre de mentira.

Nicolás dejó la caja y la maleta junto a la cama y se giró para mirarme, metiendo las manos en los bolsillos.

—¿Es de tu agrado? —preguntó, estudiándome—. Le pedí a Marta que preparara sábanas nuevas y que dejara todo listo. Si necesitas cualquier cambio, otro tipo de almohadas, o algún mueble extra para tus libros o tu ropa, solo pídelo.

—Está perfecto, Nicolás. De verdad, gracias. Es muchísimo más de lo que necesito —respondí, intentando mantener una distancia profesional mientras me cruzaba de brazos—. La formalidad entre nosotros me resulta un poco extraña ahora que vamos a compartir el mismo techo.

Él soltó una línea de risa suave, de esas que suavizaban sus facciones rígidas.

—Nos iremos acostumbrando, Mercedes. Solo recuerda que esta es tu casa ahora. Eres la dueña y señora del lugar ante cualquiera que mire desde afuera.

—Una dueña con contrato de vencimiento —comenté sin pensar, con una pizca de ironía.

La diversión en su rostro se desvaneció, reemplazada por una fijeza pesada y magnética que me aceleró el pulso de inmediato. Dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia en el cuarto vacío.

—Un año, Mercedes. Ese fue el trato. Pero mientras estés aquí, estás bajo mi protección. Y yo me tomo mis contratos muy en serio.

Pasé saliva con dificultad, sosteniéndole la mirada. La tensión que vibraba entre nosotros en ese cuarto cerrado era casi palpable.

—Bajaré a revisar que Martina esté lista para la cena —añadió él, rompiendo el contacto visual y dando un paso hacia la salida—. Te sugiero que te instales y descanses un poco. Te veo en el comedor en una hora.




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