La primera noche en la casa de Nicolás empezó con una calidez que no me esperaba. Justo cuando me disponía a subir a mi habitación para intentar procesar el caos de la cena, una manita se aferró a la mía. Martina, con su pijama de ositos ya puesto, me miró con esos ojos enormes que hacían imposible un no por respuesta.
—¿Me lees un cuento hoy, Meme? —me pidió, hamacando mi brazo—. Quiero que me acompañes a dormir.
Miré de reojo a Nicolás, que venía detrás de nosotros. Él soltó una risa suave y cruzó los brazos, fingiendo indignación.
—Vaya, creo que me acaban de quitar el puesto de manera oficial —bromeó, mirándome con una chispa divertida—. Me pongo celoso, Martina. Yo soy el que siempre lee los cuentos en esta casa.
La niña no se quedó atrás. Se dio la vuelta, lo tomó de la mano a él también y nos unió en el pasillo.
—¡Pero puedes acompañarnos, papi! Los dos me pueden cuidar hoy.
No tuvimos opción. Terminamos los tres sentados en la cama de Martina. Yo le leía la historia de un dragón amigable mientras la pequeña se acurrucaba contra mi costado, y Nicolás observaba desde el borde del colchón, lo suficientemente cerca como para que su presencia me mantuviera en un estado de alerta constante. Verlo en ese rol de padre, tan atento y blando con su hija, me revolvía las ideas. Desarmaba por completo al abogado frío que había firmado un contrato conmigo veinticuatro horas antes. Cuando Martina finalmente se quedó dormida, nos levantamos en un silencio absoluto. Nicolás me dedicó una mirada de agradecimiento en el pasillo antes de que cada quien tomara rumbo a su propia habitación.
El problema vino después.
Pasadas las tres de la mañana, el silencio de la casa se me volvió insoportable. Tenía el pulso alterado y dar vueltas en esa cama gigante solo me llenaba la cabeza de pensamientos sobre Gabriel, mi familia y la mentira que acabábamos de armar. Me puse una bata ligera sobre el pijama y decidí bajar a la cocina por un vaso de agua, necesitando aire o cualquier cosa que me apagara la mente.
Salí descalza. El pasillo estaba a oscuras, apenas iluminado por la luz de la luna. Di unos pocos pasos, intentando no hacer ruido, cuando un crujido seco me congeló la sangre. El miedo me cerró la garganta de inmediato; el recuerdo del acoso de Gabriel me puso a la defensiva. Avancé pegada a la pared, con el corazón dándome golpes salvajes en el pecho, y justo al doblar la esquina, una silueta enorme apareció de la nada.
Ahogué un grito y retrocedí por puro instinto, pero mis pies fallaron. Perdí el equilibrio por completo. Sentí ese vacío horrible de la caída, pero antes de tocar el suelo, unos brazos firmes me sujetaron de la cintura de un solo golpe.
El impacto contra su cuerpo fue seco. Me quedé sin aire, obligada a aferrarme a sus hombros para no irme de espaldas. Mis manos se estamparon directo contra la piel desnuda de su torso, y el calor que desprendía me sacudió por completo.
Era Nicolás.
Llevaba solo el pantalón del pijama. Sentir sus músculos tensos bajo mis palmas y su respiración acelerada chocando contra mi cuello me borró cualquier rastro de lógica. El alivio de saber que no era un peligro dio paso a una conciencia física que me resultó asfixiante. Su agarre en mi cintura no cedió; al contrario, sus dedos se enterraron en mi costado, manteniéndome pegada a él. Estábamos tan cerca que el olor a mentira y a negocio se esfumó. Éramos un hombre y una mujer a oscuras, y el aire entre los dos quemaba.
—Mercedes —murmuró. Su voz sonó rasposa, muy baja, vibrándome directo en el pecho.
—Nicolás... —apenas pude responder, con el corazón latiéndome en la garganta—. Escuché algo. Pensé que...
—Fui yo —me interrumpió sin soltarme. Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en los míos—. Fui a revisar que Martina siguiera dormida. El pestillo de su puerta hace ruido. Perdón por el susto.
—Está bien —mentí. No había nada bien en la forma en que mi cuerpo estaba reaccionando a su tacto.
Ninguno se movió. Ninguno dio el paso atrás que las cláusulas del contrato exigían. En ese corredor desierto, la farsa corporativa se cayó a pedazos. Notar la firmeza de su pecho contra la delgada tela de mi bata me dio una punzada de vértigo. Él bajó la mirada hacia mis labios por un segundo, y sentí un nudo tenso apretarse en mi estómago.
Nicolás levantó una mano lentamente. Me erizó la piel el roce de sus dedos cuando me apartó un mechón de pelo de la cara. Su toque era cálido, demasiado decidido para alguien que solo estaba cumpliendo un trato.
—¿Estás bien? —preguntó, y notar una pizca de preocupación real en su tono me desarmó—. Estás temblando.
—Es el frío del pasillo —aseguré en un hilo de voz, aunque por dentro me sentía arder.
Él soltó una exhalación corta, una especie de risa amarga que se sintió como una confesión de su propia frustración. No me quitaba los ojos de encima.
—Cláusula número dos, Mercedes —dijo en un susurro espeso—. Dijiste que los rescates en la escalera no tenían multa. ¿La letra chica del contrato cubre los rescates nocturnos en el pasillo?
Una chispa de nerviosismo me hizo sonreír apenas, intentando aferrarme a cualquier broma para no perderme en lo que estaba sintiendo.