El olor a desinfectante, el sonido de las camillas rodando por el pasillo y el timbre constante de la central de enfermería solían ser mi refugio, el único lugar donde lograba apagar mi vida personal. Pero esa mañana, ni ya la rutina de la guardia médica conseguía concentrarme. Tenía la mente estancada en la casa de Nicolás, en la risa de Martina al despertar y, sobre todo, en la quemadura invisible que me había dejado el roce de sus manos en el pasillo a mitad de la noche.
Aproveché un bache en las consultas de pediatría para salir al jardín interior de la clínica. No alcancé a sentarme en una de las bancas cuando la puerta de cristal se abrió y apareció Lucía, vistiendo su uniforme de enfermera azul oscuro, con dos cafés de máquina en las manos y esa sonrisa que siempre lograba aligerarme la carga.
—Tu cara me dice que necesitas cafeína pura y una buena confesión —dijo, extendiéndome uno de los vasos de plástico mientras se sentaba a mi lado—. Llevo toda la mañana esquivando al jefe de piso para encontrarte. Habla ya, Meme. Llevas dos días viviendo en la mansión del lobo y apenas me has mandado tres mensajes de texto. ¿Cómo fue todo? ¿Cómo te sientes?
Le di un sorbo al café, agradeciendo el calor entre mis manos, y solté un suspiro largo. Mirar a mi amiga, la única que conocía cada una de mis heridas, me dio el permiso que necesitaba para desarmarme.
—Es una locura, Lu —confesé, apoyando la cabeza en el respaldo de la banca—. La casa es gigante, hermosa, pero se siente irreal. Siento que estoy metida en una película donde en cualquier momento alguien va a gritar "corte".
—Bueno, pero cuéntame los detalles. ¿Cómo fue la primera cena? ¿La niña te aceptó? —preguntó Lucía, mirándome con esos ojos curiosos llenos de una complicidad hermosa.
—Martina es un ángel, de verdad. En cuanto me vio entrar al comedor se bajó corriendo de la silla para abrazarme. Es una niña tan dulce y compradora que me hace olvidar por qué firmé ese papel. Pero la cena... la cena casi me da un infarto.
Lucía se inclinó hacia delante, dejando su café a un lado, completamente atrapada por el chisme.
—¿Qué pasó? No me digas que el abogado se puso en plan insoportable.
—Al contrario —respondí, sintiendo cómo las mejillas se me calentaban solo de recordarlo—. Martina nos miró a los dos y nos preguntó si éramos novios. Se me paró el corazón, Lu. Casi me ahogo con el agua. Intenté decirle que solo éramos amigos, pero Nicolás se me adelantó. Miró a la niña y le dijo que sí, que éramos novios y que nos íbamos a casar.
—¡No te lo puedo creer! —Lucía ahogó un grito, tapándose la boca con las manos—. ¡Qué estratega! Claro, si la niña repite que solo son amigos, el caso del tribunal se le va al fango. ¿Anduviste con cuidado? ¿Qué más pasó?
—Martina le preguntó si nos dábamos besitos —continué, bajando la voz por puro pudor—. Y Nicolás... Dios, Lu. Me miró a los ojos sobre la mesa, como pidiéndome permiso en silencio, y me tomó de la mano. Sentí una corriente eléctrica horrible en el estómago. Le dijo a la niña que los besos los guardábamos para cuando estábamos solos, y que frente a los demás nos tomábamos de la mano. Estuvimos así varios segundos. Su mano es enorme, caliente... me descolocó por completo.
Lucía me observó en silencio, con una sonrisa pícara que se fue transformando en algo mucho más tierno. Me puso una mano en el hombro, dándome un apretón cariñoso.
—Meme... una farsa no genera esa cara de pánico que tienes ahora. Te conozco. Estás asustada porque ese hombre te está moviendo el piso, y tienes todo el derecho del mundo a tener miedo después del maldito parásito de Gabriel. Pero Nicolás te está respetando y está protegiendo lo que más ama. ¿Pasó algo más después de eso?
Pasé saliva con dificultad, debatiéndome entre guardarme el secreto o soltarlo. Con Lucía no había filtros.
—A mitad de la noche escuché un ruido en el pasillo —le conté, sintiendo un escalofrío en la piel—. Salí a revisar a oscuras y me tropecé. Iba a irme de cabeza contra el suelo, pero él me atrapó. Salía de revisar a Martina... estaba en pantalones de pijama, Lu. Sin camisa. El impacto contra su pecho desnudo me dejó sin aire. Me sostuvo de la cintura y nos quedamos congelados en la penumbra. Ninguno dio el paso atrás. Estábamos tan cerca que el aire quemaba. Me apartó un mechón de pelo con los dedos y me recordó una de las cláusulas de convivencia en tono de broma. Te juro que cuando me soltó, sentí un vacío horrible.
Lucía soltó un suspiro largo, de esos que hacen que te tiemble el pecho, y me miró con los ojos brillantes.
—Eso no es un contrato, Mercedes. Eso es química pura, de la que quema. Ese hombre se está muriendo por protegerte y tú estás buscando mil excusas lógicas para no aceptar que te encanta sentirte segura en sus brazos. Te mereces que te cuiden así, ¿lo entiendes? Te mereces que alguien borre todo el fango que te dejaron.
Sus palabras me calaron hondo, apretándome el pecho con una mezcla de esperanza y terror. Tenía razón. Me aterraba volver a confiar, me aterraba que el matrimonio por contrato se convirtiera en mi mayor debilidad.
Iba a responderle, a decirle que tenía que mantener la cabeza fría por el bien de todos, cuando el teléfono celular me vibró con insistencia dentro del bolsillo de mi bata.
Pensé que sería una alerta de urgencias o algún aviso del hospital, así que lo saqué de prisa. Al mirar la pantalla, vi que era un mensaje de texto de un número desconocido. Pero en cuanto empecé a leer las primeras líneas, el aire se me congeló en la garganta y el vaso de café me tembló en la mano. No necesitaba el nombre; reconocería esa forma de hablar en cualquier parte. Era Gabriel, escribiéndome desde otro teléfono porque yo lo tenía bloqueado en el suyo.