La tarde en el hospital avanzaba a un ritmo frenético, pero mi cabeza seguía dividida. En mi bolsillo, el teléfono se sentía como una bomba de tiempo tras el mensaje manipulador de Gabriel. Sin embargo, al mirar el reloj y notar que se acercaba la hora de dormir de Martina, mi instinto de pediatra y el cariño que le estaba tomando a la pequeña ganaron la batalla. Sabía lo difícil que era para ella adaptarse a los cambios y temía que mi ausencia esa noche, debido a mi guardia de veinticuatro horas, la hiciera sentir insegura de nuevo.
Con los dedos un poco tensos por la indecisión, le escribí un mensaje a Nicolás: “Hola. Sé que hoy no voy a dormir allá por la guardia, pero conozco los miedos de Martina. ¿Te parece buena idea que hagamos una videollamada a la hora de su cuento? Así puede ver que cumplo mi palabra y que sigo presente aunque no esté físicamente”.
Bloqueé la pantalla, temerosa de haber cruzado una línea profesional, pero la respuesta no tardó ni dos minutos en llegar.
“Es el gesto más hermoso que alguien ha tenido con mi hija en años. Sí, por favor. Avísame en cuanto tengas un respiro y te llamamos”.
Leer esas palabras me dio un vuelco en el corazón. Me imaginé la expresión de Nicolás al leerlo, desarmado por completo, despojado por un segundo de su armadura de abogado implacable.
A las ocho y media de la noche, me encerré en el pequeño consultorio de descanso de la guardia y lo llamé. La pantalla parpadeó un segundo antes de mostrar la habitación de Martina. La niña estaba saltando en la cama con su pijama puesto, y en cuanto me vio, pegó la cara al teléfono.
—¡Meme! —gritó, con los ojos brillando—. ¡Papi dijo que estabas atrapada en el hospital curando niños pero que ibas a llamarme!
—¡Hola, mi princesa! —sonreí, sintiendo un alivio inmediato al verla tan feliz—. Te prometí que te cuidaría, ¿te acuerdas? No puedo estar ahí en persona, pero me quedaré a escucharte.
Nicolás apareció en el encuadre, sosteniendo el teléfono para que ambos cupieran en la pantalla. Llevaba ropa cómoda y, para mi sorpresa, tenía los lentes puestos. Nunca lo había visto así. El marco oscuro le enmarcaba la mirada de una forma que lo hacía ver increíblemente guapo, con un aire intelectual y relajado que me dio un vuelco en el estómago. Me dedicó una mirada tan suave, tan cargada de una ternura contenida y una gratitud profunda, que sentí un calorcito dulce extendiéndose por mi pecho.
—Hoy el cuento lo leo yo, princesa —anunció Nicolás, acomodando el teléfono en la mesita de noche para que yo pudiera verlos bien—. Pero Meme va a escucharnos desde el hospital para asegurarse de que no me salte ninguna página.
Durante quince minutos, su voz baja, profunda y pausada llenó el pequeño consultorio a través del altavoz mientras leía la historia. Martina escuchaba atenta, interrumpiendo para hacer preguntas y mirando la pantalla para buscar mi complicidad, hasta que el cansancio la venció y sus ojitos se cerraron. Nicolás se tomó el tiempo de acomodar las mantas con una delicadeza que siempre me conmovía, le dio un beso en la frente y salió de la habitación en puntas de pie, cerrando la puerta despacio.
Esperé que colgara en ese momento. El propósito de la llamada ya estaba cumplido. Pero no lo hizo.
La pantalla tembló un poco mientras él caminaba por el pasillo a oscuras. Lo vi entrar a su propio dormitorio, un espacio amplio y sobrio que solo conocía de pasada. Se sentó en el borde de la inmensa cama, apoyó el teléfono en la mesa de noche y me miró fijamente.
—Gracias, Mercedes —dijo, con esa voz baja y profunda que me erizaba la piel—. No tenías ninguna obligación de hacer esto en medio de tu guardia.
—No es una obligación, Nicolás. Me importa Martina, de verdad —respondí, acomodándome en la silla del consultorio—. ¿Cómo estuvo su día?
—Todo el día estuvo hablando de ti —soltó una risa suave, de esas que borraban por completo su fachada seria—. Ya le contó a Marta, a la cocinera y sospecho que a sus muñecos que tiene una mamá nueva y que somos novios. Mañana seguro se lo cuenta a sus maestras.
No pude evitar reír, contagiada por su diversión. El ambiente se sentía extrañamente cómodo, como si lleváramos años haciendo esto.
—Estamos en problemas si se lo dice a todo el mundo —bromeé, apoyando la barbilla en mi mano.
—De hecho, nos viene muy bien para el caso del tribunal —comentó, pero su sonrisa se desvaneció poco a poco, reemplazada por esa fijeza analítica que lo caracterizaba—. Aunque... ahora que te miro bien, te ves demasiado cansada, Mercedes. Y no creo que sea solo por el trabajo de la clínica. Tienes una tensión en los ojos que no estaba ayer.
Me tensé de inmediato en la silla. Intenté desviar la mirada, buscando una excusa tonta.
—Estoy bien, de verdad. Las guardias a veces son pesadas...
—Mercedes, soy abogado. Me gano la vida detectando cuando la gente oculta algo, y a ti te leo perfectamente —me interrumpió con suavidad, pero con una firmeza que no dejaba espacio a las evasivas—. Pasó algo hoy. ¿Qué es?
Sopesé mis opciones y entendí que mentirle era inútil. Además, ocultarlo se sentía como una tontería. Con un suspiro de derrota, miré directo a la cámara y decidí soltarlo.
—Recibí un mensaje de Gabriel hoy —confesé, sintiendo cómo se me apretaba la garganta—. Escribió desde un número desconocido porque lo tengo bloqueado. Dice que está arrepentido, que la casa está vacía y que quiere que nos veamos para darme explicaciones.