Había pasado las últimas cuatro horas rodeado de hombres con trajes a medida, sonrisas ensayadas y copas de coñac caras. La cena con los socios del bufete internacional y el juez de circuito se había extendido más de lo necesario, convirtiéndose en un tedioso ejercicio de diplomacia corporativa. En otro tiempo, me habría movido en ese ambiente como un tiburón en el agua. Pero esa noche, mientras escuchaba las proyecciones financieras para el próximo trimestre, mi mente insistía en regresar al silencio de mi residencia. O, más específicamente, a la calidez que se había instalado en ella desde hacía una semana.
Estacioné el auto, me quité la corbata con un gesto mecánico y crucé el recibidor a oscuras. Eran pasadas las dos de la mañana. Subí los peldaños de mármol en un silencio absoluto, disfrutando de la tregua de la noche, y caminé por el pasillo principal con la única intención de ir a mi habitación a quitarme el peso del día.
Sin embargo, al pasar frente al cuarto de Martina, noté que la puerta estaba entornada, dejando escapar una rendija de luz tenue proveniente de la lámpara con forma de estrella. Por puro instinto de padre, me detuve y empujé la madera con suavidad, queriendo asegurarme de que estuviera bien arropada.
Lo que vi al cruzar el umbral me congeló los pies en el suelo y me robó el aire de los pulmones.
Martina dormía profundamente, con su oso de peluche atrapado bajo el brazo. Pero no estaba sola. Acomodada a su lado, en el estrecho espacio de la camita infantil, se encontraba Mercedes. Tenía un brazo colocado de manera protectora sobre la cintura de mi hija y el rostro relajado, ajeno al mundo. Su cabello oscuro caía desordenado sobre la almohada de ositos y vestía una playera suave que le quedaba un poco grande.
Me quedé inmóvil en el marco de la puerta, incapaz de apartar los ojos de esa escena. Durante años, mi vida se había reducido a proteger a Martina detrás de paredes de cristal, contratos blindados y una frialdad legal que pretendía mantener el fango del mundo exterior lejos de nosotros. Me había convencido a mí mismo de que el amor era una debilidad procesal, un riesgo que no podía permitirme. Pero verlas ahí, unidas en una complicidad tan pura y ajena a cualquier cláusula monetaria, provocó un crujido nítido en mi pecho. Sentí una punzada punzante, una calidez desconocida que comenzó a derretir el hielo que tanto me había costado construir alrededor de mi corazón.
Mercedes no era un escudo legal. Ya no podías sostener esa mentira ni ante mí mismo.
Hice un movimiento mínimo para acomodar mi saco sobre el brazo, pero el sutil roce de la tela fue suficiente para romper el silencio. Mercedes se movió despacio. Sus pestañas vibraron antes de abrir los ojos, parpadeando con la confusión típica de quien despierta de un sueño profundo. Cuando su mirada se enfocó y me descubrió de pie en la penumbra, no se asustó. En su lugar, una sonrisa pequeña, perezosa y asombrosamente dulce se dibujó en sus labios.
Con un cuidado extremo para no alterar el sueño de la pequeña, Mercedes retiró su brazo, apartó la manta y se deslizó fuera de la cama con movimientos de bailarina. Caminó descalza hacia mí, deteniéndose a apenas unos centímetros en el umbral.
—Hola —susurró, con la voz un poco ronca por el sueño, un sonido que me aceleró el pulso al instante—. Llegaste tarde.
—Se complicó la negociación con los socios —respondí en el mismo tono bajo, cerrando la puerta del cuarto a nuestras espaldas para dejarnos solos en el pasillo a oscuras—. ¿Qué haces durmiendo en esa miniatura de cama? Vas a terminar con la espalda destrozada.
Mercedes soltó una risa ahogada, tapándose la boca con una mano, una imagen que me pareció peligrosamente encantadora.
—Martina tuvo una pesadilla terrible hace unas dos horas —explicó, mirándome hacia arriba. El pasillo estaba en penumbra, pero la luz de la luna que entraba por el ventanal bastaba para notar la suavidad de sus facciones—. Estaba llorando muchísimo, asustada con que unos monstruos se la llevaban. Me fue a buscar a mi habitación. Intenté regresarla a su cuarto cuando se calmó, pero me suplicó con esos ojos tuyos que no la dejara sola. No tuve corazón para irme.
Escucharla decir "esos ojos tuyos" provocó un vuelco extraño en mi estómago. Me pasé una mano por la nuca, sintiendo un peso de gratitud que las palabras no alcanzaban a cubrir.
—Normalmente me busca a mí cuando eso pasa —confesé, y por primera vez, no sentí celos, sino un alivio inmenso—. Marta suele tener paciencia, pero Martina es muy selectiva cuando tiene miedo. El hecho de que haya ido a buscarte a ti... significa que te siente como su refugio, Mercedes.
—Ella también es el mío —admitió en un hilo de voz, bajando la mirada por un segundo antes de volver a sostener me la fijeza de los ojos—. Tiene una luz muy especial, Nicolás. Es imposible no querer protegerla.
Nos quedamos en silencio en mitad del corredor. La formalidad del contrato que habíamos firmado parecía un recuerdo lejano y absurdo. Estábamos demasiado cerca, el aroma a madera de mi loción se mezclaba con el olor a limpio de su piel, y la tela delgada de su ropa me recordaba con una nitidez asfixiante que, antes que socios, éramos un hombre y una mujer compartiendo la madrugada. Mis ojos descendieron involuntariamente hacia sus labios, recordando el beso ficticio que nos habíamos lanzado a través de la pantalla del hospital días atrás, un gesto que me había tenido la cabeza al revés durante toda la semana.