Su esposa por un año

Capítulo 23: Tu escudo personal

Desperté con el cuerpo liviano y una extraña calidez en el pecho. Me quedé unos minutos mirando el techo, repasando la madrugada: Nicolás en la penumbra del pasillo, su voz ronca confesándome que prefería estar en casa antes que en su cena de negocios. El nudo en mi estómago ya no era de miedo, sino una expectativa que me aceleraba el pulso. Las paredes del contrato se estaban estrechando, pero por primera vez, no tenía ganas de huir.

Me di una ducha rápida, me puse unos jeans cómodos con una blusa sencilla y bajé al comedor, guiada por el aroma a café recién hecho.

Al cruzar el umbral, me topé con una postal tan doméstica que me obligó a detener el paso. Nicolás ya estaba sentado a la mesa, impecable en su traje gris a medida, con la corbata perfecta y los lentes puestos mientras leía en su tableta. A su lado, Martina derrochaba pura ebullición, balanceando las piernas y untando mermelada con un entusiasmo desmedido.

Me acerqué a la mesa con una sonrisa y me incliné para darle un beso en la mejilla a la pequeña.

—¡Buenos días, princesa! —le dije con cariño.

—¡Meme! —chilló Martina, abrazándome el cuello con sus manos pegajosas—. ¡Papi me dijo que me salvaste de los monstruos anoche! ¿Hoy también te quedas a dormir conmigo?

Antes de que pudiera responderle, la niña me miró con una chispa de picardía pura en los ojos, alternando la vista entre su padre y yo.

—Oye, Meme... ¿y a mi papi no le vas a dar un beso de buenos días? Los novios siempre se dan besos.

Me quedé congelada en mi lugar, sintiendo cómo las mejillas me ardían por completo. Miré a Nicolás sobre el borde de sus lentes, pidiéndole disculpas en silencio con la mirada por el aprieto en el que nos ponía su hija. Pero al verlo allí, tan ridículamente guapo y expectante, una oleada de audacia me recorrió el cuerpo.

—Claro que sí, mi amor —dije, intentando mantener la voz ligera.

Me incliné hacia él. Nicolás se tensó imperceptiblemente en su silla, clavando sus ojos oscuros en los míos a escasos centímetros de distancia. Sin darle tiempo a reaccionar, apoyé una de mis manos suavemente en su hombro y le dejé un beso tierno y pausado en la mejilla. Su piel estaba cálida, recién afeitada y olía a esa madera cara que me estaba volviendo loca.

Cuando me aparté para sentarme en mi lugar, Nicolás se había quedado completamente sin palabras. La rigidez de abogado se le había esfumado de la cara; parpadeó un par de veces, con las facciones desarmadas y un sutil brillo de sorpresa y fascinación en la mirada.

El desayuno transcurrió entre risas y charlas ligeras. Martina estaba feliz contándome sus planes para el jardín de niños, y yo disfrutaba cada segundo escuchándola, sabiendo que afortunadamente hoy tenía mi día libre en el hospital y no debía correr hacia la clínica. Nicolás se fue recuperando del impacto poco a poco, interviniendo con comentarios suaves y mirándome con una intensidad magnética cada vez que nuestras miradas se cruzaban sobre la mesa.

La burbuja familiar se rompió de golpe cuando la tableta de Nicolás empezó a vibrar con una llamada insistente. Él arrugó el entrecejo al ver el nombre en la pantalla, recuperando en un segundo su postura profesional.

—Habla Fernández... Sí, Marcelo, dime. ¿Ya tenemos la fecha? —Hizo una pausa, escuchando con atención mientras su mandíbula se tensaba paulatinamente—. Entendido. Prepárame los informes para el mediodía. Nos vemos en la oficina en una hora.

Cortó la llamada y dejó el dispositivo sobre la mesa. Miró a su hija con una sonrisa afectuosa y le dio un pequeño toque en la nariz.

—Princesa, ve a buscar a Marta para que te ayude a ponerte las zapatillas para el jardín, ¿sí? Papi tiene que hablar unas cosas de trabajo con Meme.

—¡Bueno! —Martina dio el último bocado a su tostada y se bajó de la silla a toda velocidad, saliendo del comedor entre risas.

En cuanto nos quedamos completamente solos, el eco de los pasos de la niña se desvaneció y la atmósfera cambió en un parpadeo. Nicolás cruzó las manos sobre la mesa y me miró fijamente, despojándose de cualquier rastro de diversión.

—Era mi asistente principal —explicó, bajando la voz—. El tribunal de familia acaba de fijar la fecha para la primera audiencia de control de la custodia de Martina. Es en tres semanas. Pero el verdadero problema es que la trabajadora social asignada va a empezar a indagar sobre nuestra relación mucho antes. Necesitamos que la farsa pública empiece ya.

Un frío repentino me recorrió la espalda. La realidad legal volvía a golpearme la cara de golpe.

—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó, intentando que mi voz sonara profesional.

—Hay una gala benéfica de la cámara de comercio este viernes por la noche. Toda la prensa local y el entorno judicial van a estar ahí. Es el escenario perfecto para presentarte oficialmente como mi prometida —sentenció Nicolás, con una fijeza absoluta en su mirada—. Nadie dudará de nuestro matrimonio si nos ven juntos en un evento de ese calibre.

Se reclinó un poco en su silla, mirándome con una calidez que me descolocó por completo.

—Sé que tienes un guardarropa hermoso, Mercedes, pero para este tipo de eventos la prensa suele ser despiadada. Mi asistente reservó un espacio exclusivo para ti esta tarde en una boutique del centro. Quiero que vayas, te relajes y elijas lo que te haga sentir cómoda y espectacular. Déjame encargarme de los detalles... Considera que es parte de mi inversión en nuestra tranquilidad. Además, tengo muchas ganas de verte esa noche.




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