Su esposa por un año

Capítulo 24: El escudo del alfa

El espejo de la habitación reflejaba a una mujer que apenas reconocía. La seda azul medianoche envolvía mi cuerpo hasta el suelo, dejando mis hombros al descubierto. Me toqué los pendientes discretos, respiré hondo frente al reflejo y me obligué a salir. Era hora de empezar la farsa.

Nicolás esperaba al pie de la escalera. El esmoquin negro hacía que su espalda se viera jodidamente enorme. Escuchó el roce de mi tela contra el mármol y se giró despacio.

Se quedó de piedra.

Sus manos se detuvieron a mitad del movimiento en sus gemelos. Sus ojos oscuros me atraparon antes de que pudiera dar el siguiente paso. Me recorrió entera. Despacio. Pasando por la línea de mi cuello expuesto, bajando por la cintura, siguiendo la caída de la seda. El aire en el vestíbulo se volvió espeso, casi pesado. Me detuve a dos escalones de él, incapaz de romperle la mirada. Ninguno de los dos respiraba.

—Mercedes... —Su voz bajó un tono, áspera, perdiendo por completo la postura—. Estás... espectacular.

El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas. Sentí el calor subiendo por mi piel bajo su escrutinio.

—Gracias, abogado —atiné a decir, tragando saliva—. Tú tampoco te quedas atrás. El negro te va bien.

Nicolás no apartó los ojos de mis labios. Dio un paso al frente, acortando la poca distancia que nos separaba, y me ofreció el brazo. Su cercanía me erizó los vellos de la nuca.

—Hagamos que se lo crean, doctora —susurró.

Apoyé la mano en su brazo, sintiendo la firmeza de su músculo debajo de la tela, y supe que la corriente eléctrica que nos cruzó en ese instante no tenía absolutamente nada que ver con el contrato.

Sin embargo, una vez que llegamos al hotel Ritz, la realidad nos separó temporalmente. El salón principal destilaba una opulencia sofocante. Nicolás había tenido que ausentarse unos minutos para saludar al presidente de la Cámara de Comercio en una sala privada, prometiéndome que no tardaría. Me quedé cerca de la barra, sosteniendo una copa de champaña, intentando controlar los nervios.

—Vaya, miren a la trabajadora del año. ¿Ahora entraste de mesera en los eventos, Mercedes? ¿O viniste a ver si pescas a algún cirujano que te mantenga?

Esa voz. Ese tono viperino me congeló la sangre.

Me giré despacio. Frente a mí, luciendo un vestido rojo estridente, estaba Camila, mi hermana. Sus ojos desbordaban pura malicia. A su lado, mi madre me barrió con una mirada de asco absoluto, ajena a cualquier lazo de sangre, antes de mirar hacia otro lado con total desprecio. Sin embargo, mi padre dio un paso al frente desmarcándose de ellas, con una expresión conciliadora que me tomó por sorpresa. Me miró con un afecto genuino y me tendió la mano.

—Mercedes, hija... Qué alegría verte aquí —dijo mi padre, suavizando las facciones—. Pero qué preciosa estás, mi amor. De verdad. ¿Cómo has estado? Hace tanto que no sabemos de ti.

Camila se tensó de inmediato, fulminándolo con la mirada, indignada por el elogio que me acababa de hacer. Mi madre soltó un bufido de desdén, acomodándose sus joyas sin dignarse a mirarme.

—No gastes saliva con ella, Alberto —dijo mi madre con una indiferencia helada—. Ya sabemos que a tu hija siempre le gustó aparentar lo que no es. Vámonos, no vale la pena que nos arruine la noche.

—Qué bajo has caído, arrastrada —escupió Camila, ignorando por completo la intervención de mi padre y dando un paso hacia mí con una agresividad contenida—. Mírate. Das lástima. Es patético que uses un vestido tan caro, que seguro te costó tres meses de sueldo y guardias eternas, solo para colarte en un lugar al que jamás vas a pertenecer. Nosotros estamos aquí invitados por la junta directiva; tú solo eres una empleada que se equivocó de puerta. ¿No te da vergüenza dárselas de gran señora cuando no eres nadie?

El veneno de mi hermana chocaba contra el silencio incómodo de mi padre, que agachó la cabeza sin saber cómo frenarla. Para completar la pesadilla, Gabriel apareció unos pasos más atrás, solo, sosteniendo una copa. Se adelantó aprovechando la tensión para invadir mi espacio personal. Me recorrió el cuerpo con una mirada lasciva que me revolvió el estómago.

—Estás hermosa, Mercedes... Realmente hermosa con ese azul —murmuró en voz baja, con una sonrisa engreída que pretendía ser seductora—. Vámonos de aquí un momento. Necesitamos hablar en privado, solos. Sé que estás desesperada y que me extrañas. Ven conmigo, sé que es lo que quieres.

Apreté los dedos alrededor del cristal de la copa para no temblar, asqueada por su cinismo. Ellos pensaban que yo seguía siendo la misma mujer rota que tiraron a la basura. No sabían nada de Nicolás.

—¿Problemas por aquí, mi amor?

La voz resonó a mi espalda como el estruendo de un trueno en una noche despejada. Era una vibración profunda, densa, cargada de una autoridad tan arrolladora que el murmullo del salón pareció apagarse de golpe.

Antes de que pudiera girarme, una mano enorme, firme y de una calidez abrasadora se posó en mi cintura. Nicolás me atrajo hacia su cuerpo con un movimiento fluido y posesivo, pegando mi espalda a su pecho. El aroma a madera cara y tabaco suave me inundó los sentidos, disipando el frío del pánico en un parpadeo.

Nicolás entró en escena de forma imponente. Sus ojos oscuros, gélidos y peligrosamente afilados, se clavaron en el grupo como los de un depredador evaluando a su presa. La sola presencia de su metro noventa de estatura, su mandíbula marcada y ese aura de poder absoluto bastaron para congelar la hostilidad de Camila.




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