Su esposa por un año

Capítulo 25: Doble filo (POV Nicolás)

Mantener el control siempre ha sido mi mayor habilidad. En los tribunales, en los negocios y en la vida. Hasta esta noche.

Tener la mano apoyada en la cintura de Mercedes mientras caminábamos hacia la mesa principal del Ritz estaba poniendo a prueba toda mi maldita disciplina. La seda de su vestido azul parecía quemarme la palma, recordándome a cada paso la curva de su cadera. No la había defendido de su familia por el bendito contrato; lo había hecho porque ver la sombra de la humillación en sus ojos me había revuelto las entrañas. Ella no se arrodillaba ante nadie. No mientras estuviera conmigo.

Nos sentamos en la mesa de honor junto al presidente de la Cámara de Comercio y su familia. Frente a nosotros, con una sonrisa tan afilada como sus intenciones, se acomodó Valeria.

Hacía dos años que no la veía, desde que decidí cortar por lo sano lo que sea que hayamos tenido. Nunca fue nada serio, solo un par de encuentros convenientes que ella se había empeñado en sobredimensionar. Pero la forma en que miró a Mercedes de arriba abajo me advirtió que la cena no iba a ser pacífica.

—Debo confesar que sigo en shock, papá —soltó Valeria, clavando sus ojos en los míos con una falsa amabilidad—. Nicolás siempre ha sido un hombre tan calculador, tan predecible. Verlo anunciar un compromiso así, de la noche a la mañana, es una sorpresa. Nadie sabía que tuvieras espacio en tu agenda para el romance, Nicky.

El diminutivo me supo a veneno. Sentí el sutil cambio en la postura de Mercedes a mi lado. Se tensó apenas un milímetro, pero para mí fue evidente.

—Las mejores decisiones no se planifican, Valeria —respondí, manteniendo la voz neutra, implacable—. Simplemente ocurren cuando encuentras a la persona correcta.

—Por supuesto —sonrió ella, apoyando los codos en la mesa, destilando provocación—. Es solo que... conozco a Nicky desde hace años, doctora. Sé lo exigente que es. Solía decir que las mujeres de su entorno entendían mejor sus silencios. Supongo que las guardias en el hospital no dejan mucho tiempo para conocerse a fondo, ¿verdad?

Mercedes no se achicó. Sostuvo la copa de champaña con una elegancia impecable y miró a Valeria con una calma profesional que me hizo sonreír por dentro. Esta mujer era fascinante.

—El tiempo es relativo, Valeria —replicó Mercedes, con una voz suave pero firme—. Hay personas que pasan años juntas sin entenderse en absoluto, y otras que solo necesitan una mirada para saber exactamente dónde pertenecen.

Por debajo de la mesa, busqué su mano. No me limité a sostenerla; deslicé mis dedos entre los suyos, entrelándolos con una lentitud deliberada. Su piel estaba fría, pero reaccionó al instante a mi tacto. Apreté el agarre, rozando con el pulgar el dorso de su mano, transmitiéndole mi calor. El pulso en su muñeca iba acelerado, una vibración rápida que delataba lo que su rostro fingía ignorar. Estaba furiosa. Celosa. Y sentir esa reacción en su cuerpo me provocó una satisfacción jodidamente primitiva.

Cuando la orquesta comenzó a tocar una pieza más lenta, el presidente de la Cámara se levantó para invitar a su esposa. Valeria nos miró con fijeza, desafiante.

—¿No van a bailar los prometidos del año? —preguntó, arqueando una ceja—. Muero por ver qué tan coordinados están.

Miré a Mercedes. La farsa nos obligaba, pero la corriente que nos cruzó el cuerpo al ponernos de pie era real. La guie hacia la pista, rodeada de la crema y nata del sector judicial, pero para mí el salón se redujo a ella.

La atraje hacia mí. No deje la distancia de cortesía que dictaba el protocolo; la pegué a mi cuerpo lo suficiente como para sentir el calor que emanaba de su piel a través de la tela de mi esmoquin. Mi mano derecha se instaló directamente sobre su espalda desnuda, la seda del vestido terminaba justo debajo, permitiéndome el contacto directo con la suavidad de su piel. Un sutil estremecimiento la recorrió entera en cuanto mis dedos la tocaron. Ella apoyó su mano en mi hombro, pero sus dedos se hundieron imperceptiblemente en la tela, buscando apoyo. Su respiración, ahora más rápida, golpeaba directo en mi pecho.

Dimos los primeros pasos. Mercedes se movía con una fluidez natural, siguiendo mi ritmo sin dudar, pero la proximidad estaba volviendo el aire denso. El aroma de su perfume, una mezcla dulce y limpia, me estaba nublando el juicio.

—No sabía que se te daba tan bien el baile, Nicky... —murmuró de pronto en voz baja, mirándome de reojo con una ironía que no lograba ocultar el filo de sus celos.

Una media sonrisa se me escapó antes de que pudiera frenarla. Me incliné hacia ella, acortando la distancia hasta que mi aliento rozó el lóbulo de su oreja, hablando en un susurro que solo ella pudiera escuchar.

—¿Te molesta el nombre, doctora? —le pregunté, sintiendo cómo la piel de su cuello se erizaba ante la cercanía de mi boca—. ¿O te molesta la dueña?

—No me molesta nada, abogado —respondió de inmediato. Intentó mantener la voz firme, pero el tono le salió más grave, atrapado en la garganta, mientras sus dedos en mi hombro se tensaban—. Solo me sorprende tu... pasado. No me habías hablado de esa faceta tuya.

La risa me vibró en el pecho, un eco sordo que ella debió sentir contra el suyo. Mantuve el paso del baile, guiándola con firmeza, obligándola a encajar contra mí a cada movimiento. Bajé la mirada para clavar mis ojos en los suyos. Tenía las mejillas encendidas, las pupilas completamente dilatadas por la proximidad y los labios entreabiertos. Me encantaba verla así. Descolocada, sin el escudo de su profesionalismo, expuesta ante mí.




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